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[C]rítica: «A Village Romeo and Juliet» de Frederick Delius en el Concertgebouw de Ámsterdam

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18 de diciembre de 2018

Romeo y Julieta en Suiza

Por Raúl Chamorro Mena
Ámsterdam. 15-XII-2018. 13.30 horas. Concertgebouw. A Village Romeo and Juliet-Un Romeo y Julieta de aldea (Frederick Delius), Marina Costa-Jackson (Vreli), Mattheu Newlin (Sali), David Stout (El violinista tenebroso), Tim Kuypers (Manz), Callum Thorpe (Marti), Rik de Jong (Sali de niño), Lotte Cornel (Vreli de niña). Gran Coro y Orquesta Filarmónica de la Radio de Holanda. Dirección: Mark Elder.

   Interesantísima la doble cita musical que ofrecía Amsterdam este gélido sábado día 15, compuesta por dos títulos operísticos muy infrecuentes. El que se reseña en estas líneas y posteriormente, Oedipe de Enescu en la Opera Nacional. En primer lugar, regresé al histórico templo musical que es la Concertgebouw, recinto, que junto al de la orquesta matriz de la casa y que lleva su nombre, acoge diversos ciclos. Entre ellos, el que lleva por nombre NTR Zaterdagmatinee (en este caso el capítulo 2 de su Serie Ópera) a cargo de la Orquesta y Coro de la Radio de Holanda. Una orquesta de notable nivel, que ofrecía en esta matinée una ópera inusual, de insólita programación y que constituía su estreno en Holanda. Se trata de A Village Romeo and Juliet de Frederick Delius, estrenada en Berlín en 1907 con libreto de su esposa la pintora Jelka Rosen y que toma como base la tragedia de Shakespeare y la traslada a una aldea Suiza, terminando la pareja protagonista en un Liebestod, una muerte de amor conjunta, pues será en el más allá donde podrá cristalizar su pasión, que resulta imposible en la Tierra por culpa de la enemistad cainita de sus respectivos padres. La influencia de Wagner es clara, pero la música también contiene ecos de otras latitudes europeas, muy clara del impresionismo francés, dentro de una personalidad propia. La exquisita, muy rica y elaborada orquestación concita mayor interés que la escritura para las voces, lo que junto a un excesivo estatismo y una cierta falta de fuerza dramática puede explicar la controvertida aceptación de esta ópera y su escasa presencia en las programaciones de los teatros. Sir Thomas Beecham fue en su día el mayor valedor de las composiciones del músico inglés.


   La refinadísima orquestación de Delius fue perfectamente expuesta por Mark Elder en una elegante, cristalina y bien organizada labor al frente de una orquesta a muy apreciable nivel. Un ejemplo de la irreprochable impronta musical de la dirección de Elder fue la delicadísima y acrisolada interpretación (espléndidas las maderas) del fragmento más famoso de la obra, el bellísimo interludio The Walk to the Paradise Garden, que alguna que otra vez se hace hueco en las salas de conciertos. Bien también el coro, que sonó empastado y flexible.

   Del elenco vocal destacó especialmente la soprano nacida en Las Vegas, pero criada en Sicilia, Marina Costa-Jackson, que exhibió un atractivo material de lírica plena, de gran homogeneidad y hermoso timbre. El sonido, impecablemente emitido, bien apoyado sobre el aire, corrió estupendamente por la sala, mientras la cantante escanció, además, un fraseo compuesto, bien cuidado y musical, si bien un punto falto de variedad y contrastes. Demasiado liviano para su parte y con una expresión en exceso linfática el tenor Matthew Newlin, al que un canto correcto y cierta facilidad en la zona alta (notas de todos modos, ayunas de mordiente y penetración tímbrica), no le fueron suficientes para paliar la sensación de estar ante un Don Ottavio de Don Giovanni, al que la orquesta engullía en algunos momentos.

   El personaje diabólico del «Violinista tenebroso» entronca con la tradición operística de personajes satánicos, siniestros y que siempre están presentes, como ocurre en este caso, en los momentos más relevantes del devenir de la atribulada pareja protagonista. El barítono David Stout dotó de suficiente relieve a este interesante personaje apoyado en unos mínimos acentos y con una voz de cierto fuste, muy superior, desde luego a la muy modesta tímbricamente del barítono Tim Kuypers como Manz, padre de Sali. Un tanto engolado, pero con suficiente sonoridad el bajo Callum Thorpe como Martí, padre de Vreli. Cumplidores los demás secundarios, entre los que se encuentran dos voces blancas, que interpretan a la pareja de enamorados en su infancia. El público de la matinée, que disfrutó con la obra y la interpretación, dedicó sonoras ovaciones a todos los participantes, especialmente al director musical Mark Elder y a la orquesta y el coro de la Radio de Holanda.

Foto: Russell Hart

Autor:Raúl Chamorro Mena
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