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CRÍTICA: 'AINADAMAR' DE GOLIJOV EN EL TEATRO CAMPOAMOR DE OVIEDO. Por Aurelio M. Seco

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9 de diciembre de 2013
Foto: Cortesía Ópera de Oviedo
VERDE QUE NO TE QUIERO VERDE
 
     Lo peor que podemos hacer hoy en día es decir que sí a todo solo porque alguien haya hecho el esfuerzo de realizarlo. Es muy difícil restar valor a algo que en realidad no es tan valioso como propone su creador o quienes lo programan, porque siempre es fruto de un gran esfuerzo y parece una falta de respeto hacia el trabajo el desmentirlo. Pero no por trabajar mucho van a salir bien las cosas, ni por programarlas más veces ni porque se programen tienen que ser buenas o interesantes. A veces, el autor carece de perspectiva, o el público o los propios programadores. Demasiadas veces, la verdad. Nos encontramos en un momento peligroso en el que todo se justifica. Ya parece que cualquier espectáculo merece la pena. Siempre hay alguien dispuesto a soslayar lo evidente para buscar el interés en la anécdota que, como todo el mundo sabe, puede ser tan profunda como queramos adornarla. Existen tantos creadores que hacen cosas, tantos artistas con posibilidad de estrenar sus obras o trabajar en grandes teatros, -y no siempre por el valor objetivo de lo que ofrecen-, tantos gestores dispuestos a pasar a la historia por programar cosas siempre que sean novedosas, que nos hemos olvidado del por qué.

    Hoy, las razones que producen las cosas parecen perdidas en los caminos de quien transita por transitar, de quien compone por componer, de quien escribe para decir sus cosas o por dinero. A veces recuerdo las palabras de Ramón Barce, compositor de gran talento y de hoy, por más que le pese a quien prefiere ver en él más a un teórico que a un músico. Barce decía y con razón, que hay que necesitar las cosas, que hay que necesitar componer ópera para escribirla, como comer necesita quien tiene hambre. A veces tengo la impresión de que hoy se hace más favor a la música escribiendo un artículo que una nota en un pentagrama.
    Ainadamar es un espectáculo musical fruto de una época en la que ciertas obras se sobrevaloran. También es una palabra bonita, como modernista, mucho más bella que la obra que representa, que está compuesta como por convención, acudiendo a tópicos manidos, musicales y dramatúrgicos. Ainadamar es una obra de escasa calidad artística, que no aporta nada en absoluto al género pero que va de ello, porque muchos le siguen dando alas. Qué error tan grave. Por su parte, Golijov es un compositor que ha tenido la gran suerte de ver su obra muy representada en vida. De lo que no estamos tan seguros es de que el autor deba sentirse igual de orgulloso por la calidad de lo escrito, solo porque puede ilusionar a un tipo de público fácilmente impresionable. No todos los aficionados son iguales, aunque a veces lo parezcan. Y es quizás ésta la función de la verdadera música de hoy, la de pasar inadvertida ante los gustos del día a día, la de esconderse ante el horroroso suplicio que supone asistir al impetuoso y molesto ruido de sirenas que predomina en nuestros teatros y auditorios. Ainadamar o su "triunfo" me parecen hoy más que nunca el símbolo de la soledad y decadencia del arte moderno -o postmoderno-, que si no ha muerto, desde luego lo disimula muy bien.

     La Ópera de Oviedo programó "Ainadamar" para completar el cupo moderno de un año clasicorro y modernón. Hacía tiempo que no nos aburríamos tanto en el Campoamor, y en menos de hora y media. La obra se presentó amplificada, como si a Golijov no le importase perjudicar con esta decisión a siglos de canto emitido de forma natural, a millones de horas de enseñanza de la técnica de proyección vocal, tan difícil de objetivar y aplicar con pulcritud. Como si dijese que la amplificación es un futuro al que hay que subirse. Un poco lo de siempre. La amplificación sienta mal a las voces líricas -a las que emplean la tradicional técnica de proyección natural- porque enmascaran sus defectos y engalanan las virtudes y restan brillo a los instrumentos y a sus posibilidades sonoras.  En cualquier caso, las virtudes líricas de esta obra brillan por su ausencia. La línea vocal de los personajes no puede ser más gris, casi siempre emitida en un registro excesivamente grave, que tendrá todas las connotaciones simbólicas que se quiera y tal, pero que no gusta. El uso de la amplificación a veces no permitía distinguir las voces porque se oía demasiado a la orquesta. Hay que decir que, aunque en general no estemos ante una obra que requiera de grandes voces, se echó en falta mayor enjundia lírica.
    Marina Pardo realizó un buen trabajo como Federico García Lorca, vocal y escénicamente. Fue la suya una lectura limpia y depurada, llena de virtudes dramáticas. En realidad, y salvo por algún desliz lírico puntual, todo el reparto estuvo correcto, aunque, lo repetimos, se echaron en falta mejores voces. Destacó la voz y la presencia del cantaor flamenco Alfredo Tejada, al que hubiera gustado seguir oyendo en otro contexto. Fue lo más llamativo de una velada que, en lo lírico apenas tuvo relevancia. La puesta en escena de Luis de Tavira respiró profesionalidad y amor por el detalle, en una historia tan mal hilvanada en lo dramático que, para un director de escena, más parece un nudo gordiano que una ópera. En general, la lectura resultó demasiado convencional. El libreto cae en lo facilón y el melodramatismo. La escena del fusilamiento de Lorca no pudo ser más convencional y esperada, con el ruidoso y molesto susto de un disparo incluido que, odio decirlo, también se esperaba. Ponernos a elucubrar sobre los pormenores de la intencionalidad del compositor o en la simbología o deseos del director de escena nos parece una pérdida de tiempo innecesaria, en la que estamos seguros que otras plumas se sumergirán con gusto. Nosotros creemos que falla lo fundamental y que estamos ante una obra ciertamente discreta. La naturaleza de Aninadamar da mucha importancia a la coreografía, que es otra pata de una silla que aunque quiere parecer una ópera, insiste en no serlo a cada paso. Dirigió la velada Corrado Rovaris, que se puso al frente de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias para llevar de principio a fin una obra que tampoco parecía muy difícil de tocar ni dirigir. Al final se oyeron algunos bravos, un hecho inaudito habida cuenta de la discretísima calidad espectáculo, y un reflejo más del delicado estado de salud en que se encuentran hoy día las entendederas de una parte del público muy respetable, aunque esté más perdido que Golijov.
Autor:Aurelio M. Seco
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1 Comentario
1 Ivonne Diaz
21/12/2013 14:25:02
Soy aficionada, no melomanan entendida, y la verdad no encontre nada que me gustara, porque incluso el baile no me agrado. Despues del fusilamiento, solo queria que se acabara.
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