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CRÍTICA: RECITAL DE LA SOPRANO AMANDA ROOCROFT EN EL TEATRO DE LA ZARZUELA DE MADRID. Por Arian Ortega

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19 de diciembre de 2012
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 EMOTIVA AMANDA ROOCROFT

Teatro de la Zarzuela. Ciclo de Lied. Recital III. Amanda Roocroft, soprano. Malcolm Martineau, piano. 18/12/12. Obras de Brahms, Wagner, Duparc, Quilter y Howarth.

      Tres años después de aquellas intensas funciones de Jenufa en el Teatro Real, la soprano Amanda Roocroft volvía a la capital, una ciudad donde la propia artista asegura encontrarse muy cómoda y arropada por el público madrileño, ante el que ya se presentara en el histórico ciclo de Lied de la temporada 2005/06.
      Tradicionalmente, este género ha estado siempre unido a los cantantes líricos más reputados a nivel internacional, muchos de los cuales han visitado el Teatro de la Zarzuela en varias ocasiones. Si bien es cierto que este repertorio requiere una mayor introspección y comunicatividad entre el cantante y el público y que en todo momento hay que servir fidedignamente a los matices del texto, también lo es que requiere de intérpretes capaces de solventar sin problemas toda la tesitura. Así pues, cabe decir que el III concierto del ciclo ha seguido desarrollándose por el camino antes citado, pues nos encontramos ante una cantante que aborda habitualmente el género operístico, compaginándolo con recitales u oratorios y que es capaz de aunar un enorme gusto interpretativo con variedad de matices en el centro y una segurísima técnica en el agudo.
      La soprano británica, que se excusó ante el público alegando un leve resfriado, sirvió muy inteligentemente las primeras canciones de Brahms, Meine Liebe ist grün, Am Sonntag Morgen y An die Nachtigall, destacando especialmente en las dos últimas. Como muestra, la frase perfilada por la artista a media voz Wann der silberne Mond durch die Gesträuche blinkt en la pieza Noche de mayo. En contraposición, su interpretación de la tercera sección de Von ewiger Liebe resultó más intensa. En el fragmento pudimos apreciar un agudo radiante y luminoso, capaz de llenar toda la sala sin aparente esfuerzo. Además, la soprano interpoló un precioso trino sobre la palabra "trennet" que fue toda una delicia.
       El segundo bloque de la primera parte esrtuvo dedicado a los Wesendonck lieder de Richard Wagner, obras a las que otorgó un carácter mucho más lírico, como el ataque en piano sobre el comienzo "Von Engeln", que fue tersando en un crescendo progresivo. Algo similar ocurrió en la pieza Stehe Still, que nos trasladó de inmediato a la Kundry de Parsifal, una ópera que posteriormente influiría de manera clara en el ciclo de canciones de Gustav Mahler titulado Das lied von der Erde.
      Si hay una pieza especialmente emotiva en la producción wagneriana es sin duda Im Treibhaus, una página fascinante que muchas cantantes han logrado entender y plasmar de manera casi mística. Valgan de ejemplo los primeros compases (donde encontramos al mejor Malcolm Martineau, atentísimo y limpio al piano, aunque más irregular en el conjunto), que se convirtieron en un momento mágico que estuvo seguido de unas preciosas frases, aéreas, volátiles, casi impercibibles, que Roocroft supo dotar del aliento justo (emitió el comienzo en un solo fiato para, acto seguido, atacar el agudo en piano y ensancharlo, consiguiendo unos primeros segundos emocionantísimos) y una perfecta coordinación dinámica.

      La segunda parte de la velada esetuvo dedicada a la chanson francesa e inglesa. Se abrió con cuatro canciones de Henri Duparc (Chanson triste, L'invitation au Voyage, Soupir y Phidylé). Al innegable gusto y musicalidad derrochado, cabe sumar aquí algunas impurezas en la articulación y dicción del francés, que hicieron difícil entender la pieza si no se disponía del texto. Roocroft dio cierto color y calor el timbre, pero también mostró alguna nota roma y temblorosa a medida que la partitura comenzaba a bajar hacia la franja grave, nasalizando la voz, imaginamos que todo ello a causa del proceso gripal por el que estaba atravesando.
      Hubo una mayor compostura en Soupir, delicadísima siempre que recitaba Toujours l'aimer, casi sobre una sfumatura. Resultaron interesantísimas las menos conocidas canciones de Roger Quilter, de las que destacamos especialmente dos, Weep you no more, sad fountains, en la que prevaleció un buen control respiratorio y un matizado fraseo y Fair house of joy. El recital se cerró con las Folk songs del trompetista y compositor Elgar Howarth, que supusieron su estreno en España. De las cinco canciones previstas se ofrecieron únicamente tres, de tintes eminentemente ingleses, en la vertiente más tradicional y folclórica de la música británitca. De las tres, Golden slumbers, Bobby Shaftoe y Soldier, soldier, la última proporcionó el toque humorístico a la noche, al estar dedicado el texto a expresar las extenuantes insinuaciones de una muchacha a un joven soldado que, tras ponerle mil impedimentos (inmediatamente solventados por la chica), resulta tener a su mujer esperándole en casa.
      Tras los aplausos finales se ofreció una propina, la canción de la Luna de Rusalka,Měsíčku na nebi hlubokém, irreprochablemente cantada, con una impecable y emotiva línea de canto y una fidelidad al texto fascinante desde el punto de vista interpretativo.

Autor:Arian Ortega
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