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Crítica: Recital de Andras Schiff en las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» de Oviedo

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Autor: F. Jaime Pantín
17 de enero de 2020

Un Bach prodigioso

Por F. Jaime Pantín
Oviedo. 12-I-2020. Auditorio Príncipe Felipe. Jornadas de Piano Luis G. Iberni. András Schiff, piano. Obras de J.S.Bach

   Un recital  de András Schiff es una de las experiencias más interesantes, cautivadoras e intensamente estéticas que cualquier auditorio puede albergar en nuestros días. El gran pianista húngaro continúa impartiendo en ya su espléndida madurez un magisterio único en su género, que se inició ya hace cuatro décadas y que se proyecta a través de un repertorio de amplitud excepcional que combina lo enciclopédico con lo selectivo. Si, además, ese recital se dedica de manera íntegra a la obra de Juan Sebastián Bach, el público tendrá la absoluta seguridad de poder admirar las versiones de uno de los máximos exponentes de esta música entre los pocos pianistas bachianos que en el mundo han sido. Si, aún más allá, en el programa figura el «Aria con algunas variaciones para clave a dos teclados», obra  comúnmente conocida por Variaciones Goldberg, nos encontraremos con la versión de quien podríamos considerar como el máximo exponente de la historia de la interpretación al piano de esta obra inconmensurable, lo que terminaría de corroborar la excepcionalidad de una sesión musical que trasciende el ámbito de un concierto para convertirse en acontecimiento.


   Ello motivó la asistencia casi masiva de un público muy heterogéneo, a pesar de la dificultad que entraña la audición de un programa de alta complejidad intelectual en el que, además de las Variaciones Goldberg, figuraban el Concierto al estilo italiano BWV971 y la Obertura en estilo francés BWV 831. Más de dos horas de una música que, por su propia naturaleza, exige un importante esfuerzo de concentración para ser asimilada en todas sus posibilidades.

   El Bach de András Schiff exhibe una riqueza inusual, dentro de una gama de recursos sonoros sorprendentes, sobre todo si se tiene en cuenta la actitud apriorística, rayana en la ascesis, con la que el pianista aborda estos pentagramas. El pedal de resonancia se economiza al máximo, en la búsqueda de la pureza, tanto en la producción del sonido como en la exposición contrapuntística, mientras que la renuncia absoluta a la utilización del pedal izquierdo- uno de los más importantes recursos del piano en la obtención de la variedad tímbrica- confirma una visión fundamentalista del elemento sonoro, tan solo asumible desde unos recursos técnicos de nivel estratosférico que permiten el milagro de una sonoridad de belleza sublime y una sensorialidad  desprovista de sensualidad. Unos atributos técnicos aparentemente fáciles y fluidos que se  subordinan a un concepto estético que parece tener en la modestia, la discreción, la musicalidad sencilla y la amabilidad- entendida desde el prisma humanista- sus objetivos esenciales.


   Una presencia discreta en el escenario, un gesto adusto, casi inexistente en lo pianístico, un cerebro privilegiado, memoria portentosa y un temperamento al margen totalmente de lo que cabría esperar de un solista de multitudes, revelan la personalidad de un artista que se coloca claramente al servicio de una música que desgrana imperturbable, con una casi total ausencia de tensión y vocación claramente iluminista, consiguiendo a través de estos mimbres, sencillos en apariencia, una interpretación hipnótica y subyugante, producto de una inteligencia de orden superior capaz de ordenar y yuxtaponer los distintos géneros y caracteres- de variedad infinita en su sutileza- que nos permiten admirar todo el esplendor de ua música extrañamente fascinante.

   Su concepción estilística muestra una dimensión infinitamente más elevada que la consabida «interpretación históricamente informada» y va mucho más allá del conocimiento de un conjunto de estilemas que cualquier intérprete puede conocer, aprender y aplicar con mejor o peor criterio. Schiff se mueve con total naturalidad en esta música y el rigor de las reglas al uso no significa gran cosa para un intérprete totalmente integrado en una estética que parece emanar de su propia manera de pensar, respirar y vivir.


   La versión de las Variaciones Goldberg escuchada el pasado domingo nos revela a un pianista en constante renovación. Su ejecución sigue siendo increíblemente perfecta, rozando lo prodigioso en los casi imposibles cruzamientos y superposiciones digitales de las 10 variaciones virtuosísticas, que además toca siempre en su redacción literal, prescindiendo de distribuciones alternativas que podrían facilitar la labor de los dedos a costa de alterar la disposición polifónica. El tratamiento de los nueve cánones, dispuestos en relación interválica creciente, transciende de la simple disección contrapuntística para explorar novedosas e insospechadas relaciones entre las voces que los conforman y tanto en el Aria como en las variaciones de mayor posibilidad de introspección, el pianista utiliza un tempo sumamente fluido, en una clara apuesta por el lirismo en detrimento de posibles elementos dramatizadores, avanzando hacia un final en el que la repetición de un Aria que se muestra ahora en toda su desnudez, desprovista de ornamentación- en lo que pudiera representar un símbolo de la limpidez y pureza imperantes a lo largo de esta imponente interpretación-  conforma una liturgia no entendida ni compartida por todos, con el consiguiente desencanto de un Andras Schiff tan cercano como inaccesible.

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