Crítica de Óscar del Saz del concierto de la Orquesta y Coro de RTVE bajo la dirección de Andrey Boreyko, con Alexei Volodin como solista
Deslumbrantes Volodin y Boreyko
Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 28-XI-2025. Teatro Monumental. Orquesta y Coro de RTVE. Sinfónico A/7 de «In crescendo». Obras de Johannes Brahms (1833-1897) e Igor Stravinsky (1882-1971). Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE. Marc Korovitch, director del coro. Alexei Volodin, piano. Andrey Boreyko, director.
Con un lleno a rebosar en el Teatro Monumental, en una tarde donde el «Viernes Negro», de frenéticas compras, querría haberse llevado a todo el público, asistimos a un nuevo concierto de la temporada de la Sinfónica y Coro de RTVE -titulada en genérico como «in crescendo»-, que tuvo como principales protagonistas al interesantísimo director Andrey Boreyko (1957) y al extraordinario pianista Alexei Volodin (1977), ambos de procedencia rusa.
El programa, muy atractivo, enfrentó en la primera parte al romanticismo y al neoclasicismo, con el «Canto fúnebre [Begräbnisgesang]» y espiritual de Brahms, con una visión claramente trascendente, y a la rigurosa modernidad de la «Sinfonía de los Salmos», de Stravinsky, de carácter mucho más analítico-teológico, ya que arma su discurso en explicar -musical y textualmente- las bondades de la caridad, la esperanza y la fe. En la segunda parte, surgió la monumentalidad pianística de la mano del muy exigente y bello «Concierto para piano y orquesta n.º 2», Op. 83, de Brahms.
Durante la velada comprobamos que el maestro Boreyko posee las virtudes de los directores esencialmente técnicos y transparentes, con una visión que nunca se excede en los estereotipos estilísticos de las obras, sirviendo al discurso sonoro con expresividad, gestos claros y rigor en el sonido y en el color orquestal.
Por su lado, Alexei Volodin es uno de los pocos pianistas que combinan muy eficientemente una técnica impecable, el mimbre lírico y la profundidad expresiva, pudiendo transitar de lo íntimo -lo poético- a lo grandilocuente -sin excesos- por mor de su controlado poderío físico frente al instrumento.
Desde luego, las prestaciones obtenidas por este intérprete en la segunda parte para este dificilísimo concierto para piano y orquesta fueron arrebatadoras en resistencia y control, así como en delicadeza y fuerza. Siempre se notó al artista muy metido en el concierto, casi como un segundo director, disfrutando del entorno sonoro incluso cuando no intervenía. Todo ello fue contemporizado magistralmente en los 50 minutos que dura la obra, integrando perfectamente el instrumento en la orquesta y colaborando muy estrechamente con las órdenes dadas por Boreyko a la batuta. La orquesta de RTVE también estuvo muy inspirada en todas las secciones, destacando la sección de cuerdas graves y agudas.
En el primer movimiento -«Allegro non troppo»-, observamos en el intérprete un gran equilibrio entre el virtuosismo -nunca mecanicismo- y el lirismo, con arpegios que se desgranaron velozmente por todo el teclado, evitando la brillantez de notas exclusivamente percutidas y cuidando la articulación, así como las notas polifónicas, sin abusos del pedal, en pos de la claridad. Como contraste a este movimiento, en el segundo -«Allegro appassionato»-, reinó un carácter netamente tempestuoso y virtuoso, de poderío muy bien administrado por el pianista, al igual que la compleja y veloz parte fugada. En el «Andante», Volodin mantuvo un precioso e íntimo diálogo con el violonchelo solista, con maestría en el pedal para equilibrar los «legati» de ambos y crear una atmósfera de calidez.
Finalmente, en el «Allegretto grazioso», el instrumentista consiguió un verdadero desapego con las densidades previas y exhibió frescura y agilidad, sin caer en la pérdida de refinamiento, en los pasajes «staccati». Desde luego, una interpretación de esta difícil obra a una grandísima altura, digna de un gran maestro, como lo es Volodin, y que enardeció al público congregado, obligándole a saludar en varias ocasiones, lo que le hizo acreedor de corresponder con sendas y gratificantes propinas.
En la primera parte se comenzó con Brahms, cuyo bello «Canto fúnebre» fue escrito para coro mixto y conjunto de vientos, con textos luteranos del siglo XVI. Su carácter es majestuoso, sobrio y tradicional, mezclando corales renacentistas y contrapunto imitativo, no descartando claros tonos eclesiásticos. Todo ello fue dibujado por Boreyko muy apropiadamente con gestos de dirección claros y fluidos.
El Coro de RTVE, preparado por Marc Korovitch, cantó en una disposición de células en cuarteto, distribuidas de forma aleatoria en sus bancadas, lo cual produjo dos efectos indeseados: se notó demasiado, en esta ocasión, el canto excesivamente abierto de las sopranos y, además, la dicción general de los textos alemanes, en todas las cuerdas, resultó borrosa.
Mejor estuvieron los contrastes expresivos y los dinámicos, pasando del tono sombrío inicial -ya que la obra comienza por las voces graves- a los episodios más centrales, donde se modula hacia la transparencia y la esperanza de un humanismo interior. También bien estuvo la respiración y el talante coral necesario para mantener la tensión interna de una marcha fúnebre que resultó -como es deseable- bastante adelgazada en pesantez.
Con Stravinsky, y su impactante «Sinfonía de los Salmos», con textos en latín al modo eclesiástico (salmos 38, 39 y 150), y con una orquestación sin violas y violines para alejar cualquier atisbo de lirismo, se añadieron en su concepción dos pianos y percusión para crear sonoridades más lacerantes, fusionando austeridad litúrgica con la modernidad de la época.
El ritmo y la precisión -salvo en alguna entrada del coro- estuvieron en su sitio tanto en la orquesta como en el coro. Este último cantó con articulaciones muy claras y excelente afinación, con crescendos espirituales colectivos -con fortes robustísimos- y con una culminación íntima, sobria, representando a las claras una fe que pasa por el tamiz de la razón.
Ni que decir tiene que la Orquesta Sinfónica de RTVE demostró en todas sus secciones -y así lo hicieron entender en los saludos ambos artistas rusos- una compenetración ejemplar tanto con la batuta de Boreyko como con el virtuosismo de Volodin. Deseamos desde aquí a la Orquesta y Coro de RTVE, y a nuestros amables lectores, unas felices fiestas navideñas.
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