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Crítica: 'Ariodante'' de Haendel en la Ópera de Stuttgart

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21 de abril de 2017

Ariodante en el ring

   Por José Amador Morales
Stuttgart. Staatstheater. 11-IV-2017. Georg Friedrich Haendel: Ariodante. Diana Haller (Ariodante), Ana Durlovski (Ginevra), Matthew Brook (Rey de Escocia), Josefin Feiler (Dalinda), Sebastian Kohlhepp (Lucarnio), Gerald Thompson (Polinesso), Philipp Nicklaus (Odoardo). Staatsoperorchester Stuttgart. Giuliano Carella, dirección musical. Jossi Wieler y Sergio Morabito, dirección escénica.

   La Ópera de Stuttgart (cuya bella sala es uno de las pocos edificios de la ciudad que sobrevivieron a sendas guerras mundiales) presentaba hace un mes esta divertidísima, original y cuidada producción del Ariodante de Haendel firmada por Wieler y Morabito que podrá juzgarse de una manera u otra, pero no cabe duda de que al final hay un sentir general entre los asistentes de haber disfrutado como pocas veces de sus tres horas largas de bellísima música.

   Todo se desarrolla en el ámbito de un ring de boxeo en el que, ya en la obertura, van saliendo de uno en uno los protagonistas encapuchados con sus correspondientes albornoces y atuendos para el combate, haciendo gestos retadores al público mientras aparecen sus nombres y su icono correspondiente en una pantalla de cuatro caras situada encima como suele aparecer en dicho deporte. Polinesso es un mecánico encargado de la iluminación de este cuadrilátero al que vemos continuamente utilizar su acceso a las estructuras eléctricas y demás espacios, incluso fuera del escenario, para urdir sus artimañas. Para ello se hace valer de todo medio tecnológico a su alcance, grabando y fotografiando furtivamente al resto de personajes e incluso leyendo textos de Rousseau que hablan del comportamiento incoherente de las actrices en lo que parece ser su manual de cabecera. Una presencia continua sobre las tablas de multitud de personajes interactuando entre sí, incluso en las arias solistas, y una sucesión de elementales cambios de vestuario según el carácter cada situación, completan los rasgos de esta propuesta escénica. Ya en el tercer acto se monta el ring propiamente dicho donde se baten a duelo, al más puro estilo pressing catch, Lucarnio y Polinesso para, finalmente,  vestidos - esta vez sí - por primera y única vez con atuendos dieciochescos, comprobamos que todo ha sido una ensoñación de Ginevra.

   El apartado musical fue defendido con solvencia y brillantez por un Giuliano Carella que ofreció una versión, tal vez no apta para puristas extremos dada su rotundidad sonora y utilización expresiva del color, pero que, apoyado en un continuo sólido y musicalísimo, supo dotar de agilidad y un punto de chispa muy apropiado para lo que se veía sobre la escena. Para ello contaba con una orquesta extraordinaria, tan maleable como compacta.

   A nivel vocal, sin duda el nivel más alto lo marcó Ana Durlovski con una inolvidable creación de Ginevra.  La soprano macedonia mostró su importante técnica y atractiva voz progresando desde el hedonismo de “Volate amori” hasta lo más sensible y conmovedor de “Il crudel martoro” y “Io ti bacio, o mano augusta”. Ariodante fue una impecable Diana Haller, de voz homogénea dotada de importante volumen, aunque tal vez un tanto lineal en la caracterización de su parte. Sin embargo, conmovió en “Scherza infida” y sorteó con cierta holgura los pasajes de mayor coloratura.  

   Por su parte, el contratenor Gerald Thompson debutaba el papel de Polinesso con una linea de canto muy natural y timbre de cierto atractivo en su registro central pero con evidentes problemas técnicos, especialmente en lo que respecta a los momentos que exigen cierto virtuosismo y a los extremos de su tesitura. El veterano Matthew Brook dio vida a un más divertido de lo habitual Rey de Escocia, con un instrumento no especialmente bello pero suficiente y demostrando un gran talento como actor. Y, finalmente, muy interesante el Lucarnio de Sebastian Kohlhepp y algo bisoño Philipp Nicklaus como Odoardo.

Autor:José Amador Morales
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