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Audio / Opinión: «Una noticia mala y otra peor». Por Juan José Silguero

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13 de febrero de 2020

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Una noticia mala y otra peor

Por Juan José Silguero

   Prefiero ser rey de mi silencio que esclavo de mis palabras.

     W. Shakespeare

   Yo estoy convencido, no busco convencer.

     E. A. Poe

   El pasado siete de Febrero, precedido de una expectación enorme y ante un Auditorio Nacional lleno a reventar, comparecía en Madrid el célebre tenor mexicano Javier Camarena, artista reverenciado por el público, adulado por la crítica y capaz de despertar entre algunos la sospecha, pese a su juventud, de tratarse de uno de los grandes.

   Pues bien, justo antes de dar comienzo su actuación el idolatrado tenor se dirigía a su público para argumentar que, de hecho, no se encontraba nada bien… pero que, aún así, haría todo lo que buenamente pudiera.

   Ya de entrada, el regalo psicológico que se hacía Camarena a sí mismo no era pequeño. Es fácil imaginar la cara de cualquier artista allí presente, acostumbrados desde siempre a actuar «sin red», y más aún si tenemos en cuenta que unos días atrás, en Valencia, el artista había procedido exactamente de igual manera. Pero no contento con eso, el dicharachero Camarena volvía a tomar el micrófono en la segunda parte para anunciar esta vez que tenía «una noticia mala y otra peor»… y que, básicamente, consistía en cambiar todo el programa de la segunda parte por completo, es decir, aquello que había llevado allí a buena parte de los presentes.

   Es algo así como si uno hubiese reservado (y pagado) cordero para comer, y finalmente le pusiesen pollo.

   Un pollo en un estado dudoso.

   Pues bien, por sorprendente que pueda parecer, el público, la crítica y hasta sus propios colegas se apresuraban a disculparle y justificarle desde el primer momento y también en los días sucesivos, de forma que Camarena no solo no fue censurado por su proceder sino aún más generosamente aplaudido, elogiado por su actitud, admirado por su abnegación, y, en definitiva, ensalzado por su denodado esfuerzo, como si fuese el puro altruismo lo que le hubiese llevado ante todos ellos.

   El buenismo se ha trasladado definitivamente a nuestras salas de concierto. También a la radio, también a las revistas especializadas. Actuar encontrándose en malas condiciones no demuestra compromiso, sino falta de profesionalidad. Hasta los niños saben que cuando uno se pone enfermo no se acude al trabajo, por el bien de uno mismo, pero también por el bien del propio trabajo. No así en España, ese pintoresco país capaz de normalizar lo inormalizable, en el que la picaresca se presupone casi siempre, y el jugador de fútbol más «listo», aquel que mejor sabe engañar al árbitro, es el más aplaudido…

   En un lugar así, el que acude a su trabajo estando enfermo despierta la admiración de todos.

   En este sentido llama mucho la atención el contraste con otros países más civilizados, por ejemplo Japón, donde, de hecho, está bien visto encontrar a un albañil durmiendo en una zanja.

   Todo el mundo comprende que si ese trabajador se encuentra descansando es porque ha trabajado hasta la extenuación.

   ¿Qué es eso de que «tengo una noticia mala y otra peor»? Son palabras de vendedor de coches usados. Y para eso ya está el Rodhes. Cuando Sviatoslav Richter no se encontraba bien, cancelaba el concierto. Punto. O Horowitz. O Michelangeli. Por eso, entre otras cosas, siguen siendo una referencia de honestidad artística después de tantos años. Obviamente les criticaban por ello, pero poco les importaba. No es asunto del artista la logística del evento, sino la calidad del mismo, y lo único que revela el afán por mantener los compromisos adquiridos a cualquier precio es falta de compromiso hacia el propio arte.

   La gente puede permitirse decir tonterías; es un derecho que se adquiere con la misma entrada. La crítica por lo visto también.

   El artista honesto no.

   Pero es que no se trata de eso.

   Se trata de dinero.

   El prestigio, la agenda, incluso el propio caché pueden verse muy trastocados para aquel que se le ocurra anteponer sus intereses artísticos a los intereses generales. Ser honesto no está bien visto. Es una actitud ingrata, solitaria, que solo encontrará el rechazo de todos los implicados: organizadores, crítica y hasta del mismo público, quienes, curiosamente, tildarán su actitud de «falta de profesionalidad».

   A la inversa, en cambio, no pasa nada.

   O sí que pasa: los aplausos se redoblan.

   Y hay demasiados «artistas» como para andarse con tonterías.

   Es responsabilidad del artista educar a su público. No con palabras, sino con la influencia que provoca su propia devoción hacia su arte. Si hay algo que precisamente siempre ha distinguido al artista es la presencia de un código moral diferente al resto –su propio código moral–, un código que afecta a todos y cada uno de los parámetros que rigen su vida y que influye, como las mareas y el viento, sobre las vidas de aquellos que lo contemplan. No se trata solo de apariencia… sino de valor personal, de riqueza espiritual, y de algo más; y se proyecta a través de aquello en lo que cree por encima de todo:

   El arte.

   Un artista de verdad no rompe esos códigos por nada del mundo.

   Salvo que carezca de ellos.

   El que es honesto no siente la necesidad de explicarse, ni antes ni después del concierto. Hay algo que se llama dignidad artística, y su influjo, aunque invisible, se eleva muy por encima de compromisos adquiridos, entradas reservadas, públicos expectantes…

   O, por lo menos, se elevaba.

   Es ingrato, necesariamente solitario, y su falta de aplicación práctica desconcierta a los promotores, que no encuentran relación entre su anodina presencia y sus propios fines comerciales.

   Además tiene un nombre…

   Integridad.

Fotografía: Spinto.

Autor:Juan José Silguero
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