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Crítica: El Bach Collegium Japan interpreta música de Bach en Oviedo, bajo la dirección de Suzuki

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Autor: Mario Guada
21 de marzo de 2014

El conjunto nipón presenta un Bach sin fisuras, en la línea de la excelencia a la que sus grabaciones nos tienen habituados

Masaaki Suzuki

BACH NIPÓN: UN CAMINO INVERSO

Por Mario Guada
17-III-2014, 20:00. Oviedo. Auditorio – Palacio de Congresos Príncipe Felipe.Ciclo Conciertos del Auditorio. Entrada 30 y 26 €uros. Obras de Johann Sebastian Bach. Joanne Lunn, Clint van der Linde, Gerd Türk, Peter Kooij. Bach Collegium Japan – Masaaki Suzuki.

   Para muchos, decir Bach Collegium Japan y Masaaki Suzuki es sinónimo de excelencia, unida de manera indisoluble a la figura de Johann Sebastian Bach [1685-1750]. No obstante, puede que para gran parte del público que asistía a dicho concierto el pasado lunes el nombre de este conjunto le resultase absolutamente ignoto, a la par que exótico –sobre si tenemos en cuenta que el público ovetense y asturiano no es, verdaderamente, experto en el repertorio barroco. En cualquier caso, hablamos de unos intérpretes que llevan la nada desdeñable cifra de veinticuatro años llevando la música del «Kantor» por buena parte del mundo, especialmente en Asia. El mérito de Suzuki fue fundar allá por 1990 un conjunto barroco que dedicase la mayor parte de su tiempo a interpretar la obra de Bach, lo que no tenía precedente alguno en el país del sol naciente hasta ese momento. Formado en gran medida en Europa, Suzuki, que era hijo de padres cristianos, estudió clave y órgano con Ton Koopman –otro de los grandes especialistas en Bach–, por lo que es relativamente sencillo obtener el patrón maestro en el que el intérprete de Kobe se apoyó. Tras terminar sus estudios en Amsterdam, Suzuki regresó a Japón, y fue entonces, empezando a trabajar en la Kōbe Shōin Joshi Gakuin Daigaku –Universidad Femenina Kobe Shoin–, cuando formó el BCJ. Rápidamente fueron apoyados por BIS Records, discográfica sueca de potente y marcada línea de excelencia en el campo de la música antigua. Así comenzó esta impecable trayectoria, que años después les trae a Oviedo para demostrar de lo que son capaces.

   Comenzaba el concierto con la interpretación de la cantata Alles nur nacht Gottes Willen BWV 72, magnífico ejemplo de la creación semanal del «Kantor» para las necesidades de la Thomaskirche de Leipzig. Estrenada el 27 de enero de 1726, requiere en su plantilla solos de soprano, alto y bajo, coro a 4, oboe I/II, violín I/II, viola y bajo continuo. Compuesta en seis movimientos, destacan su virtuosístico coro inicial, que es seguido por un recitativo y un «arioso» de alto una hondura expresiva considerable, remarcada por el «adusto» acompañamiento del continuo; tras los que viene una aria para alto con un carácter contenido, en el que las partes a solo de los violines I/II establecen un magnífico diálogo con el solista vocal. Un recitativo de bajo con tono severo precede al aria de soprano, que es acompañada oboe solista, además de la cuerda y el continuo, precioso terreno para el fraseo delicado y elegante de toda soprano. Finaliza la cantata con un breve y exquisito «choral», repleto del más puro sabor luterano que siempre tiñe las obras «bachianas».

   La primer parte concluía con la interpretación de la cantata Mit Fried und Freud ich fahr dahin BWV 125, compuesta para el 2 de febrero de 1725, con solo de alto, tenor y bajo, coro a cuatro, corno –aparece en la prescripción de plantilla original, aunque aquí no se utilizó–, traverso, oboe, oboe d’amore, violín I/II, viola y bajo continuo. También estructurada en seis movimientos, comienza con un subyugante coro  en el que la soprano entona el «choral» que lo inspira, mientras las otras tres voces desarrollan el fascinante contrapunto, acompañadas por un delicado y casi etéreo acompañamiento del traverso solista, oboes al unísono, cuerda y el continuo. A este le sigue una larga aria de alto, con traverso y oboe «obbligatti», de tono melancólico y honda belleza, tras la cual hace su aparición el bajo, que interpreta un «recitativo accompagnato» y un «choral» a solo a la manera más puramente «bachiana», que es continuada por un exquisito dúo de tenor y bajo, en el que los violines solistas I/II ayudan a componer casi un diálogo múltiple que convertiría el dúo en cuarteto. Un íntimo recitativo de alto da paso al «choral» conclusivo, en el que todos los efectivos de plantilla toman parte, poniendo así el broche de oro a una composición repleta de momentos variopintos que son marca de la casa del «Kantor».

   Tras un breve intermedio continuó el concierto con el aria para alto Bekennen will ich seinen Namen BWV 200, que parece ser el comienzo de una cantata que se ha perdido. Bello ejemplo de la escritura más camerística posible –con violín I/II y continuo como acompañamiento–, el tono intimista de esta la hace ideal para ser interpretada por un instrumento por parte, como así tuvieron a bien realizar los miembros del BCJ, esta vez con el propio Suzuki al órgano.

   Para terminar la velada se interpretó la Missa BWV 236, en la tonalidad de sol mayor, una de las cuatros misas de corte luterano que Bach compusiera en vida, datadas en 1735.Escrita para soprano, alto, tenor y bajo solistas, además de coro a cuatro, oboe I/II, violín I/II, viola y continuo, es una de las más hermosas composiciones sobre texto latino que el «Kantor» legara a la humanidad. El dominio de la escritura para coro se aprecia de manera espectacular en el Kyrie inicial, una maravillosa y calmada fuga, repleta de maestría contrapuntística, que da paso a un Gloria in excelsis Deo algo más agitado, en el que la orquesta tiene un peso más específico. El aria de bajo Gratias agimus tibi es una verdadera obra maestra, cargada de obstáculos técnicos, en una búsqueda de colorido de registro realmente compleja, tras los cuáles se aprecia un desarrollo fraseológico fascinante. Le sigue el dúo de soprano y alto sobre el Domine Deus, de nuevo en un juego de casi cuarteto, que suma los violines I//II –esta vez en el «tutti»– a la pareja de solistas vocales. Cierran la misa la preciosa aria de tenor sobre el Quoniam tu solus sanctus, maravilloso ejemplo de aria con oboe «obbligatto», a la que sucede el coro final Cum sancto Spiritus, dechado de contraste barroco, con un breve comienzo calmado al que sigue una espectacular fuga que concluye en un Amen absolutamente estratosférico.

   Las interpretaciones ofrecidas por el Bach Collegium Japan y los solistas vocales fueron de absoluto primer orden, poniendo, sin duda, en ese momento a Oviedo en la cima de la interpretación «bachiana» a nivel mundial. Joanne Lunn, soprano inglesa de exquisita trayectoria, estuvo realmente soberbia, sobre todo en su aria de la BWV 72 y el dúo con el alto de la Missa BWV 236, merced a su hermoso timbre, delicadísimo fraseo y emisión en el punto justo de potencia. El contratenor sudafricano Clint van der Linden, que fue quien más espacio como solista tuvo a lo largo de la noche, además de quien encontró más ímpetu en los aplausos finales, fue, en mi opinión, el solista más flojo de los cuatro, aun rindiendo a un nivel notable; su emisión resultaba algo indolente por momentos y se detectaron algunos problemas evidentes en el registro más agudo, en los que el timbre se veía notablemente afectado, convirtiéndose en una arista vocal peligrosa, sin destacar además por su habilidad para la expresividad ni la dicción textual. Gerd Türk, uno de los grandes tenores «bachianos» de finales del siglo XX y principios del XXI, sin estar quizá en su mejor momento vocal, dio clara muestra de porqué es uno de esos grandes referentes en su cuerda, pues solventó con brillantez los escollos e hizo gala de un timbre y una línea de canto ejemplares. Peter Kooy, que es para muchos–junto a Klaus Mertens–, el mejor bajo «bachiano» de la historia –con todo lo arriesgada que resulta aseveración–, demostró que a pesar de que los años pasan sigue en una forma apabullante, siempre contundente, elegante, expresivo, ofreciendo una auténtica clase magistral en cada una de sus actuaciones, paladeando y dando sentido al texto, y mostrando una naturalidad y fluidez casi increíbles aún en los pasajes más arduos, que parecen inconcebibles.

   Mención especial merece, en mi opinión, el coro del BCJ, formado por tan solo 17 miembros –incluyendo a los cuatro solistas–, que ha logrado obtener un nivel de cohesión tan elevado, que realmente apabulla. La vocalidad tan personal de los asiáticos no se aprecia ni por un momento en sus voces, exquisitamente escogidas y trabajadas de una manera menos oriental, quizá por el marcado occidentalismo de Suzuki. La dicción y escrupulosidad a la hora de pronunciar el latín no tiene nada que envidiar a las de cualquier conjunto a nivel mundial, incluso superando con creces a la de algunos conjuntos franceses o británicos. El color del coro es espectacular, y no se aprecian fisuras en ningún punto. Contando tan solo con cinco mujeres –las cuatro sopranos y una alto–, y cuatro cantores por línea –excepción de los bajos, con un miembro más–, destacó por su cuidado sonido, su empaste casi irreal, un balance realmente conseguido y un homogeneidad pasmosa para la articulación, el fraseo y la dinámica.

  La orquesta del BCJ, que se presentaba en Oviedo con los efectivos justos [3/3/2/2/1], destaca por su sonoridad pulcra, especialmente en el cuidado de la cuerda, cuya afinación y empaste en el «tutti» resultan admirables. Más problemas, aunque nada grave, tuvieron los solistas, pudiendo decirse que transitaron con relativa excelencia por el tortuoso camino al que Bach expone siempre a los instrumentistas. Muy bien Ryo Terakado y Yukie Yamaguchi en la defensa de sus complejas líneas de violín solista, con un hermoso sonido y un «feedback» considerable, aunque sufriendo con la afinación en ciertos momentos. Realmente fabulosa la intervención de Kiyomi Suga al traverso barroco, plena de sonido y elegancia interpretativa. Masamitsu San’Nomiya destacó por unas lecturas con ciertos claroscuros, mostrándose solvente pero sin alardes en algunos puntos, mientras en otros se volvió soberbio. Muy bien la línea del continuo, especialmente en el trabajo del gran Emmanuel Balssa [cello barroco], bien respaldado por Frank Coppieters [violone] y Masato Suzuki [órgano positivo].

   En cuanto a la dirección de Masaaki Suzuki, lo cierto es que puede añadirse a lo que ya se ve reflejado en el impresionante trabajo y rendimiento de todo su conjunto, que obviamente no es una casualidad. Su escrupulosidad, talento y tributo al trabajo incansable son marca de la casa. Fascina realmente comprobar cómo alguien de tan lejos puede comprender la música de Bach de una manera tan profunda. Nota para la reflexión. Los «tempi» son justos, la hondura interpretativa es siempre reflejo de la compositiva, y cada detalle está mimado de una manera casi devocional. Desde luego, el BCJ y Suzuki están en el Olimpo de los grandes conjuntos «bachianos» del siglo XXI.

   Oviedo fue testigo de un viaje de ida y vuelta, de un Bach asiático que casi es una referencia para los europeos. Cabe felicitarse por poder escuchar en una ciudad como Oviedo un concierto de una excelencia tan destacada en el campo de la música «bachiana», algo que estaba relativamente sin explorar en la programación de la ciudad. Aún quedarán dos oportunidades más de disfrutar de la mejor música del «Kantor», con dos propuestas de sus dos pasiones bien distintas, pero para eso quedan unos días. En cualquier caso, el listón está puesto realmente alto para los que vienen detrás, porque en este concierto pudimos asistir a una lección interpretativa de las que marcan.

Foto: Marco Borggreve

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