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CRÍTICA: PLÁCIDO DOMINGO Y DANIEL BARENBOIM, PROTAGONISTAS EN LA 'GALA WAGNER' DE BERLÍN. Por Marina Hervás

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24 de febrero de 2013
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 APASIONANTE GALA WAGNER
 
 
      El pasado miércoles 13 de febrero se celebró en la Philharmonie de Berlín la Gala Wagner, donde se interpretó el tercer acto de Parsifal  en versión de concierto. Bajo la dirección de Daniel Barenboim, Plácido Domingo en el papel de Parsifal, Kwangchul Youn como Gurnemanz y Wolgang Koch como Amfortas, así como el coro de la Staatsoper y la Staatskapelle-Berlin, ofrecieron una velada apasionante. Parsifal es una de las obras más especiales del repertorio wagneriano, bien por su profundidad filosófica -la profundización en la lectura de Schopenhauer y del budismo era muy reciente cuando comenzó a concebir la obra-, bien por los veinte años que transcurrieron entre su concepción y su desarrollo final (1857-1877). Eso la dota de una complejidad y de un interés analítico aún más acusado que en el resto de obras de Wagner.  En palabras de Adorno, "el sobrio contorno, la yuxtaposición estático de los sonidos, el colorido velado, la imbricación de arcaísmo y modernidad -la Edad Media como pre-mundo-, todo eso viene de ahí [...] El ritmo del motivo de Parsifal acecha al inicio de la nueva música occidental [...] Es a través de Parsifal como la fuerza de Wagner penetró en la generación abjuró de él. Con Parsifal su escuela fue más allá de sí misma».
      De entrada, el director argentino, avalado por sus celebradas incursiones discográficas en esta obra, obtuvo un rendimiento prácticamente impecable de la orquesta, con un destacado papel de la sección de vientos, en general, y de las trompas y clarinetes en particular. Lo que impidió que fuese realmente impecable,  sin aristas, fue la descompensación del volumen orquestal con respecto a los solistas en algunos momentos. En cualquier caso, el profundo conocimiento de la obra por parte de Barenboim fue palpable desde el principio, gracias a su recreación de la atmósfera que sugiere el libreto: un bosque que se abre, en paralelismo con el primer acto, pero en él no aparece ya un Gurnemanz fuerte y vigoroso, sino que ahora se encuentra envejecido, con un ropaje de ermitaño. La gravedad y la solemnidad de la atmósfera de duelo que supone el tercer acto de Parsifal, marcado por la experiencia de la contradicción de la necesidad de morir para redimirse, fue iluminada por momentos como el bellísimo «Du siehst, das ist nicht so» de Gurnemanz.
      Además, Youn es actualmente uno de los grandes intérpretes del papel del viejo caballero del Grial, tal y como demostró en la pasada edición del Festival de Bayreuth. Su voz, oscura, profunda y delicada al mismo tiempo, dejó el sabor de los monólogos de Hamlet y Segismundo: el mundo se derrumbaba mientras él seguía cantando. Sin embargo, su situación tras la orquesta le impidió expresarse corporalmente, lo cual fue en detrimento de las necesidades del personaje.
      Wolgang Koch, próximo Amfortas en Salzburgo, Hamburgo y Dresde, destacó menos a nivel vocal, seguramente por la relativa brevedad de su parte en este tercer acto. En cambio, Plácido Domingo, el más aclamado de la noche junto a Youn, estuvo sensacional. Es hoy uno de los tenores fundamentales en Wagner, en concreto en Parsifal, y eso queda demostrado, sobre todo, en este tipo de conciertos, pues no le exponen a un cansancio tanto vocal como corporal. Pese a su calidad como cantante y a su todavía saludable estado vocal, fue nuevamente criticado por su dicción alemana en los círculos berlineses, peso que lleva a sus espaldas desde el inicio de su carrera.
      Ante la evidente calidad del concierto, aparecen pocas voces críticas. Sin embargo, no se puede pasar por alto el momento de traición a Wagner que suponen estos conciertos. La publicidad anunciaba a los músicos como highlights. Era un concierto que se sabía iba a gustar de antemano, con el peligro que eso tiene para el respeto a la música. Su sabor a «apto para todos los públicos» firma la paz con aquello contra lo que la música querría luchar: su cosificación y su reducción a objeto mercantil. Por eso, aunque los músicos sean grandes intérpretes y su carrera les avale como modelos de referencia, algo se desprende de ellos ante el bombo y platillo de la tentación publicitaria. Los escaparates de Dussmann, la tienda más importante de objetos culturales de Berlín, estaba plagada de los discos y los libros sobre Wagner, Domingo y Barenboim. Sus nombres brillaban como lo hacían los de las estrellas de la Berlinale, celebrada en los mismos días. El regusto de lo que podría ser de otro modo eclipsó el resultado de aquella noche. En cierto modo, es algo que subyace desde la misma idea de hacer una versión de concierto de una obra del músico del Gesamtkunstwerk.
Autor:Marina Hervás Muñoz
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