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Crítica: Bernard Haitink dirige la 'Novena sinfonía' de Mahler en la temporada de la Filarmónica de Nueva York

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19 de abril de 2016

OJO, TENGO 87 AÑOS, PERO ESTOY HECHO UN CHAVAL

Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. David Geffen Hall. 15/4/2016. Temporada de abono de la Orquesta Filarmónica de Nueva York (NYPO). Director musical: Bernard Haitink. Sinfonía n° 9de Gustav Mahler.

   Hace un par de meses, como colofón a la crítica sobre la Sexta sinfonía de Gustav Mahler dirigida por Semyon Bychkov, comenté que nos quedábamos a la espera del próximo Mahler de la orquesta, que a priori era aún más prometedor con el siempre agradable reencuentro con Bernard Haitink.

   El prestigioso director holandés no ha sido un asiduo de la Filarmónica. Tras un par de visitas con dos programas diferentes cada vez a mediados de la década de los 70, ni siquiera su salida de Amsterdam y sus muchos conciertos en Chicago y Boston estos años atrás le acercaron a la “gran manzana”. Tuvieron que pasar más de 30 años hasta su regreso en 2011 y 2014.

   Personalmente siempre he querido verle dirigir Mahler. Aunque su ciclo oficial para Phillips no es de los que me dijeran mucho, el de las “Kerstmatinees” con la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam, grabado en vivo a lo largo de los conciertos del día de navidad  entre 1975 y 1987, me parece de los más intensos, líricos, detallistas y emotivos que se han grabado. Nada que ver con las versiones exquisitamente interpretadas pero faltas de alma de muchas de sus grabaciones en estudio. Quizás esa imagen que yo mismo tenía en mente era una de las causas para que no fuera uno de los directores que más apreciara en el pasado. Un par de conciertos con obras de Anton Bruckner (7ª con la Staatskapelle de Dresde en 1991 y 5ª con Filarmónica de Viena en 2003), uno de sus caballos de batalla tradicionales, por uno u otro motivo no me convencieron del todo. No porque no fueran grandes versiones, que lo fueron, sino porque ante un director de este calibre solo esperas lo mejor, y eso no llegó. Las tornas empezaron a cambiar no en el podio sino en el foso. Dos memorables interpretaciones wagnerianas en el Covent Garden, Los maestros cantores de Nuremberg con los que el coliseo londinense echó el cierre en el año 2000 para la reforma, y el Parsifal de 2007 lo elevaron a lo más alto de mi pedestal personal, junto a una discutible 8ª de Bruckner ese mismo año en los PROMS, pero con un Finale de los que se recuerdan siempre.

   Mi anhelo de poder ver un Mahler en vivo dirigido por él se ha cumplido con creces este fin de semana. Además con la Novena, la sinfonía con la que yo me quedaría si tuviera que elegir solamente una. Si la idea de la muerte acompañó a Gustav Mahler a lo largo de toda su vida, en su última etapa, la veía muy cercana. Desde mediados de 1907, el deceso de su hija Maria, su despedida de la Opera Imperial de Viena, y la confirmación de la “endocarditis lenta” que le llevará a la tumba cuatro años después, fueron muchos indicios para una persona supersticiosa como él, que al terminar el verano, le llevó a cerrar su villa veraniega de Maiernigg, donde no volvería.

   En esos años finales ocurren más cosas. Pasa los veranos en la villa tirolesa de Toblach componiendo, pasa los inviernos en Nueva York dirigiendo primero en el MET y luego también en la Filarmónica, compone su Novena sinfonía (“La canción de la tierra”) a la que no le pone el nombre de sinfonía en parte para evitar “la maldición de la novena”, y tiene constancia del adulterio de su esposa Alma con el arquitecto Walter Gropius. En fin, demasiadas cosas para su endeble corazón, que a estas alturas funciona a golpe de arritmia. Aunque él no quiera que su, ahora sí, Novena sinfonía sea su canto del cisne, es evidente que el resultado final va por esos tiros. La obra se estrenó en 1912 en Viena con su discípulo Bruno Walter a la batuta, quién también dirigió la primera interpretación de la NYPO, treinta y tres años después, en 1945.  

   Bernard Haitink, a sus 87 años, hizo una versión sorprendente de principio a fin. Cálida pero no arrebatada, emocionante pero no sensiblera, profunda y transparente a la vez, de trazo fino. Los tempi fueron en general lentos, pero siempre justos, adecuados al fraseo que buscaba en cada momento. El andante inicial, empezó con una claridad orquestal deliciosa, aunque el primer clímax lo atacó muy rápido. Las aguas volvieron a su cauce ralentizando el tempo a partir de ahí, dejando frases memorables en la media hora que duró. El segundo movimiento fue excelente. Las transiciones entre los distintos landler fueron de otra época. Ligadas con gusto, atentas a cada detalle. En el rondo-burleske, también de tempo amplio, siguió mostrando el magisterio y la profundidad propios de una persona que ama esta música como si fuera suya.

   Una vez llegados al adagio final, volvió a sorprendernos. Esperábamos un final a lo “Giulini” o a lo “Abbado”. Un adiós a la vida, un triunfo del espíritu del hombre, más que del hombre en sí mismo, como con el que, algunos aficionados madrileños recordarán, el grandísimo director ruso Yevgeni Svetlanov nos dejó de piedra hace 20 años en el ciclo de Ibermúsica. Y no. Haitink arrancó ahí con un tempo algo más vivo, con delicadeza, pero también con energía, como queriendo decirnos: “Ojo, tengo 87 años, pero estoy hecho un chaval”. Así fue hasta el primer crescendo, a partir del cual, ahora sí, volvió a reposar la versión, dejándola respirar lentamente, dibujándola con una claridad meridiana, pidiéndole a las cuerdas algo más de intensidad y ensamblando el resto de secciones para crear un doble clímax intermedio sobrecogedor, y a continuación, relajar de nuevo el tiempo para ir diluyendo la música gradualmente hasta el final.

   La respuesta que obtuvo de los profesores de la Filarmónica se puede calificar de 10. En esta temporada llevamos bastantes conciertos de un altísimo nivel pero personalmente, creo que hasta ahora, éste se lleva la palma. Los metales estuvieron excelsos. A nivel solista, no hubo una sola pifia, y por familias sonaron empastados y coloristas. Las cuerdas, brillantes y tocando con una claridad meridiana, crearon el tejido orquestal sobre el que la música fluía y fluía, galvanizados los músicos por la batuta del maestro holandés. Por destacar aún más a alguno de ellos, si hubiera que establecer un podio, tanto el concertino Frank Huang, el cello solista Carter Bray y sobre todos ellos el trompa solista Philip Myers subirían a él.

   Fue emotivo ver como entre las ovaciones y bravos del público puesto en pié, los miembros de la orquesta no se limitaron como en otras ocasiones a dar golpes de arco sobre el atril, sino que aplaudieron de manera sonora al Sr. Haitink. Y él, no dio muestras de estar más emocionado que el resto. Recogió con agradecimiento las muestras de cariño y nos vino a decir: “Nos vemos pronto”

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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