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Crítica: 'Bomarzo' de Ginastera en el Teatro Real

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Autor: Raúl Chamorro Mena
26 de abril de 2017

“Los monstruos no mueren. Sí mueren”

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 24-IV-2017, Teatro Real. Bomarzo (Alberto Ginastera). John Dazsak (Pier Francesco Orsini), Nicola Beller Carbone (Julia Farnese), Miljana Nikolic (Pantasilea), Hillary Summers (Diana Orsini), Thomas Oliemans (Silvio de Narni), Germán Olovera (Girolamo), Damíán del Castillo (Maerbale), James Creswell (Gian Corrado Orsini), Albert Casals (Nicolás Orsini). Dirección musical: David Afkham. Dirección de escena: Pierre Audi.

   En un pasaje de Bomarzo, la fascinante novela del argentino Manuel Mujica Laínez, Gian Corrado Orsini, gran condottiero –señor de la guerra- y cabeza de una de las familias italianas de más rancia estirpe, le cuenta, entusiasmado, a sus hijos el traslado por las calles de Florencia del David de Michelangelo Buonarroti, desde su taller a la Piazza della Signoria, entre el clamor de sus admiradores y el rechazo de sus detractores. Este será el mejor recuerdo que conserve Pier Francesco Orsini de su autoritario padre (que le aborrece) y simboliza muy bien lo que fue el Renacimiento. Una combinación entre las mayores cotas artísticas que ha alcanzado el ser humano con la corrupción y degenación moral. El asesinato, la total libertad y ambivalencia sexual, la traición, la crueldad, el abuso de poder… todo ello compaginado con la más profunda admiración por la belleza y la estética más sublime.

   El escritor bonaerense mediante una prosa soberbia y un castellano deslumbrante, no sólo crea un magnífico retrato de este período renacentista con apariciones de personajes y sucesos históricos como Benvenuto Cellini, Carlos V y su coronación en Bolonia, Giorgio Vasari, Lorenzo Lotto, Paracelso, la Batalla de Lepanto… sino que construye un grandísimo personaje, Pier Francesco Orsini, Duque de Bomarzo, giboso, contrahecho, obsesionado por la inmortalidad, a quien se atribuye la idea de la creación del  Bosque Sagrado de los Monstruos situado a un centenar de Kilómetros de Roma y cuyas criaturas de piedra, deformes, excesivas, reflejan la tortura interior y reverso más tenebroso de quien mandó realizarlas. La visita de este lugar inspiró a Mujica Laínez a crear su novela, es preciso insistir, una cumbre de la literatura castellana en opinión de quien suscribe.

   Alberto Ginastera (Buenos Aires 1916-Ginebra 1983) en plena colaboración con el autor del relato, que confecciona el libreto, compone la segunda de las tres óperas de su producción -las otras dos serían “Don Rodrigo” (1964) y “Beatrix Cenci” (1971)-, una obra que se estrena en el Lisner Auditorium de Washington DC el 16 de mayo de 1967 con gran éxito. Sin embargo, su presentación subsiguiente en el Teatro Colón de Buenos Aires no pudo producirse, al ser prohibida por el gobierno de facto de la junta militar presidida por el General Onganía, a causa de que la obra y su puesta en escena “revelan hallarse reñidos con elementos principios morales en materia de pudor sexual”. Dado que no pesó ninguna prohibición sobre la obra literaria de Laínez, tanto escritor como músico manifestaron humorísticamente, que lo inmoral debería ser la música. Hasta 1972 y tras su paso por diversas ciudades, no vio la luz “Bomarzo” en la capital de Argentina.

   Ginastera crea una ópera con un lenguaje musical muy complejo -fundamentalmente atonal- en que predomina el aspecto sinfónico con una fabulosa, trabajídisma, orquestación, una gran fuerza e intensidad teatral y un magnífico personaje central con toda su riqueza psicológica. La tortura interior y el complejo por su deformidad, por los asesinatos que ha ordenado; la obsesión por la inmortalidad anunciada en su horóscopo al nacer y que espera conseguir mediante la profundización en la magia y la astrología, sus conflictos familiares con padres y hermanos que lo rechazan desde su nacimiento, el amor por su abuela Diana Orsini, única que le quiere  y ampara, su compeja relación con la sexualidad (bisexualidad, impotencia puntual) …  Quizas, en opinión del que suscribe, lo menos satisfactorio de esta obra sea el tratamiento vocal, un tanto árido y repetitivo, con presencia de algún que otro momento de lirismo, otros de parlato y alguno que recuerda al madrigal y la música antigua.

   Estimable, inteligente, vistosa y muy bien trabajada, la producción de Pierre Audi sobre una estupenda escenografía de Urs Schönebaum, que con un hábil y bien dosificado uso de proyecciones, expone magníficamente la atmósfera de todas y cada una de las 15 escenas en que está estructurada la obra desarrolladas a modo de flashback desde la inicial en que el protagonista ingiere un veneno, cuando creer estar tomando la pócima que le conferirá la inmortalidad. Lo onírico, lo sobrenatural, la sensualidad, el misterio y, sobretodo, el ambiente oscuro y opresivo que simboliza el tormento y la perversión del alma del protagonista. Bien trabajada la dirección escénica, así como la caracterización de los personajes en un montaje de un indiscutible y genuino vigor teatral. Discutible, eso sí,  y contrario a lo que sucede en la novela, que Diana Orsini asesine con sus propias manos a Girolamo.

   Notable, asismimo, la dirección musical de David Afkham en su debut en el Teatro Real. Sin dejar de exponer la deslumbrante orquestación –con abundante presencia de la percusión- de Ginastera, con su esplendorosa paleta de colores y sonoridades orquestales -destacando esos 14 interludios orquestales que dividen cada escena-, puso aún mayor acento en la intensidad y tensión teatral, que no decayó en ningún momento. Bien es verdad que faltó un punto de pulimiento tímbrico y claridad en las texturas, pero la orquesta rindió a muy buen nivel –también el coro- y seguramente irá a más en las siguientes funciones.  

   En el equilibrado reparto es obligatorio destacar el enorme esfuerzo tanto musical como escénico de John Dazsak, que ya realizó una buena interpretación en el Real en “Muerte en Venecia” de Britten. Estimable su pronunciación del castellano, su entrega interpretativa y la superación de una tesitura espinosa en algunos pasajes. Buen contraste entre la sensualidad explícita con un punto de vulgaridad de la Pantasilea de Miljana Nikolic y la más sutil y sugerida de la Julia Farnese de Nicola Beller Carbone, -aquí en el repertorio donde más rinde- en una atractiva y refinadamente señorial creación de la esposa del Duque de Bomarzo. Engoladísima, con emisión propia de un ventrilocuo Hillary Summers como Diana Orsini. Sólido el Silvio de Narni de Thomas Oliemans con una pronunciación mejorable, aunque mucho mejor que la de James Creswell como Gian Corrado Orsini. Cumplidores, además de lógicamente idiomáticos, Germán Olvera, Damián del Castillo y Albert Casals.

   Cierto es que hubo muchas deserciones en el descanso, pero el público que se mantuvo hasta el final ovacionó con entusiasmo, especialmente a John Dazsak, David Afkham y los responsables del montaje escénico.

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