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Crítica: Brad Mehldau y su trío visitan el Ciclo Jazz del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM)

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23 de febrero de 2017

LA FÓRMULA DEMOCRATIZADORA DE BRAN MEHLDAU

   Por Juan Carlos Justiniano
Madrid. 19-II-2017. Ciclo de Jazz del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). Auditorio Nacional de Música. Sala Sinfónica. Brad Mehldau Trío: Brad Mehldau (piano), Larry Grenadier (contrabajo) y Jeff Ballard (batería).

   En la particular ceremonia de la música, salas como la Sinfónica del Auditorio Nacional de Madrid asumen las funciones del templo. Dentro de ellas todo se muestra sagrado, inviolable: su disposición, la oscuridad, el silencio, el órgano… Y sobre todo las lecturas del rito que se oficia entre sus paredes, que parecen componerse, y estirando mucho, de lo que va de Bach a Debussy exclusivamente. Lo que vino antes del primero y la «degeneración» que siguió al segundo históricamente quedó desplazado a los márgenes del templo, casi siempre marginales. Afortunadamente (¿?) en los últimos años esto está cambiando. Precisamente a instancias de programaciones como las del Ciclo Jazz del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM), géneros de tradición no culta comienzan a tener cabida en espacios sinfónicos cada vez con más frecuencia, de manera más regular y con mayor éxito. Para la presente temporada 16/17 –como pasó con Chick Corea o Wayne Shorter en anteriores ediciones– estaba previsto que la puerta grande, la de la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional, se abriera para recibir a Brad Mehldau y su trío. La ocasión del pasado domingo lo merecía. No sólo por calidad, también por cuestiones de cantidad, porque la capacidad de convocatoria de quien ha hecho de su apellido un adjetivo aplicable a muchas músicas y de uno los principales responsables de esa revolución democrática que están viviendo músicas como el jazz, está a la altura de pocos.

   Desde luego, esa tarea democratizadora de Brad Mehldau también requiere difundir el mensaje e internacionalizar la palabra. Por eso no es extraño encontrarnos al pianista, que vive en un continuo viaje alrededor del mundo, por nuestro país ya sea a solo –como en la última ocasión que visitó la misma sala en noviembre de 2013– o con Mehliana, ese proyecto junto a Mark Guiliana donde explota su faceta más vanguardista, eléctrica y ruidista con la que visitó el pasado mes de julio el festival Noches del Botánico. Sin embargo, el pasado domingo Mehldau se presentó en la sala madrileña en formato a tres, registro del que siempre huye pero al que siempre vuelve después de excursiones de toda índole. Porque si no es su coincidencia con Larry Grenadier al contrabajo y Jeff Ballard a la batería la agrupación preferida del músico, resulta al menos con la que más lo identifica el gran público, el mismo que llenó una sala de 2.400 localidades y el mismo que esperaba disfrutar del verdadero gesto mehldiano: ese que consiste en afrontar el jazz como si fuera pop o de encarar simplemente cualquier música –ya sea rock, blue grass o los sonidos brasileños– a través del lenguaje jazzístico, del que se sirve como punto de partida o de llegada pero nunca como un fin en sí mismo. Y esto es lo que representa Brad Mehldau sobre todo cuando se pone al frente de su trío.

   En formato a tres, Brad Mehldau es responsable de algunos títulos canónicos de la historia discográfica del jazz más reciente. Hace apenas unos meses fue publicado Blues and ballads (Nonesuch Records / Warner, 2016), pero destacan en la discografía del trío grabaciones como Ode (Nonesuch Records / Warner, 2011), Where Do You Start (Nonesuch Records / Warner, 2012), varios registros en directo y, sobre todo, The Art of the Trio, una saga de varios volúmenes grabados entre 1997 y 2011 cuyo título abiertamente alude a que Mehldau reconoce a la conjunción de piano, contrabajo y batería como el más sublime de los vehículos para plasmar su pensamiento jazzístico. Por supuesto que en su visita a Madrid sonaron algunas de las páginas habituales que acompañan a Mehldau tanto a trío como a solo: standards del Great American Songbook, de Thelonius Monk o relecturas de los Beatles. Sin embargo, el grueso del repertorio estuvo dedicado a material nuevo, a temas inéditos que, aun careciendo de título, rebosaban de ese gesto mehldiano: melodías que vuelan construidas sobre ostinatos que rugen, progresiones armónicas con más influencia directa de Radiohead que del pianismo francés de finales de siglo –son esas armonías las que más enriquecieron el lenguaje del jazz– y una visión global y orgánica del devenir de los coros. Y así, durante casi dos horas de música, el trío –dejando Mehldau de lado la expansión orquestal de cuando actúa a solo y el derroche extremo de Mehliana– corrió al encuentro de la emoción y el lirismo en baladas y tempos medios, los verdaderos centros a los que volver después de coquetear con el bop o con texturas más clásicas.

   Pero tanto en estas digresiones como en la línea mehldiana, el trío respiraba de la misma forma en cualquier compás. Porque la relación de Grenadier y Ballard con Mehldau es de naturaleza mimética y, sobre todo, se origina desde una similar concepción del trío de jazz: abiertamente camerístico, unitario, horizontal, que parte de la premisa de que todos han de asumir una voz protagónica que, sin embargo, sólo puede construirse coralmente. Y precisamente por arrostrar y solucionar esta paradoja con coherencia y fluidez podría decirse que el trío de Mehldau es un trío evansiano –por poco que le guste al pianista que lo relacionen con Bill Evans–, si bien decantado por el espíritu de la posmodernidad, tamizado por la estética de la nueva simplicidad y marcado por una liberación definitiva de cualquier prejuicio a la hora de combinar tradiciones musicales clásicas como populares. Porque es hijo de su época y en esta prima la contención frente a la explosividad, Mehldau prefiere mantenerse lejos de toda grandilocuencia y no alzar excesivamente la voz. Al igual que el contrabajo de Grenadier, que bebe directamente en las fuentes de Scott LaFaro o Eddie Gómez pero prefiere interpretar las capacidades expeditivas de un instrumento que llegó a ser altamente virtuosístico en manos de ambos –siempre entre dos aguas: el ritmo y la melodía– asumiendo un papel más discreto. Ballard, por su parte, contribuye al resultado general de igual manera: dejándose de pretensiones, mediante la economía de medios y reuniendo un compendio de lo que es la batería de jazz en la búsqueda callada de la belleza. Con paso corto, a mid-tempo y con el afán justo para no poetizar en exceso.

   Pocos dudan de que la fórmula de Brad Mehldau a estas alturas ya ha adquirido la magnitud y la entidad de un subgénero. Y, desde luego, nadie le puede negar al pianista su posición de pionero abriendo el camino a varias generaciones de músicos o consolidando un espacio para su música en el catálogo de las multinacionales discográficas. En definitiva, el pianista es uno de los principales responsables de la democratización del jazz y de que estos sonidos ya hayan colonizado fuera de su hábitat natural. El club se le ha quedado pequeño a Brad Mehldau, por eso su música conquista espacios sinfónicos y salas que, por otra parte, acústicamente no le hacen justicia en muchas ocasiones. Porque lo mehldiano no sólo se basa en conjugar la belleza que traspira el sonido inconfundible del pianista, sino en la capacidad asombrosa que posee Mehldau para que esa belleza la pueda compartir un número creciente de público.

Autor:Juan Carlos Justiniano
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