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Crítica: Comienza el ciclo sinfónico de Bruckner con Daniel Barenboim y la Staatskapelle de Berlín en el Carnegie Hall

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22 de enero de 2017

Arrancamos con un Mozart controvertido, aunque absolutamente delicioso, y un Bruckner ganando enteros.

EL COMIENZO DE UN CICLO HISTÓRICO

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Carnegie Hall. 19 y 20-I-2017. Staatskapelle Berlin. Piano y Director musical: Daniel Barenboim. Conciertos para piano y orquesta nº 27 en Si bemol mayor, K. 595 y nº 20 en Re menor, K. 566  de Wolfgang Amadeus Mozart; Sinfonías nº 1 en Do menor (Versión de Linz, 1866) y Nº 2 en Do menor (Versión revisada de 1877, edición Leopold Nowak) de Anton Bruckner.

   Desde que a finales de enero de 2016 se anunció la presente temporada del Carnegie Hall, estas fechas estaban marcadas por la presencia de Daniel Barenboim y su Staatskapelle de Berlin para dar el ciclo sinfónico completo de Anton Bruckner. Se publicitó como un acontecimiento histórico y efectivamente, así lo es. Nunca hasta hoy se habían dado en América las nueve sinfonías del compositor de Ansfelden en una misma temporada, y menos aún de manera consecutiva en once días. Pero me atrevería a decir, que ni en América ni en ningún otro sitio. Y si alguna vez se ha hecho, no por ello dejaría de ser histórico. Este mismo año, Barenboim y sus músicos han dado varias sinfonías en Paris, Viena y Berlín, pero en varias fases de tres o cuatro conciertos cada vez. Recordemos que en España, el primer ciclo completo se dio en Madrid en 1994 en los añorados Ciclos Sinfónicos de la Fundación Cajamadrid, pero se dio como en habitual en una mezcla de orquestas (seis) y directores (siete) a lo largo de cuatro meses.

   Daniel Barenboim también conmemora el sexagésimo aniversario de su debut en el Carnegie Hall. Fue el 20 de enero de 1957, cuando con catorce años se presentó aquí de la mano de Leopold Stokowski interpretando el Primer concierto para piano de Sergei Prokofiev, como el propio Barenboim nos contó ayer tras el segundo concierto de la serie. Desde entonces, más de 140 visitas al escenario más emblemático de los EE.UU. y como recordó el Presidente del Carnegie Hall, es la primera vez que cualquier artista celebra aquí sesenta años en escena.

   Para ello, la Staatskapelle de Berlin ha dejado durante un par de semanas las tablas del Teatro Schiller berlinés a René Jacobs y la Academia de Musica Antigua de Berlín, y se ha instalado en Nueva York junto a su “Director musical de por vida”. Los conciertos siguen el mismo patrón. En las primeras partes seis de los últimos siete conciertos para piano y las dos sinfonías concertantes de Mozart y en la segunda parte las sinfonías brucknerianas. Solo la monumental Octava se toca sola.

   No vamos a descubrir a estas alturas el Mozart de Daniel Barenboim. Desde los años 60 cuando comenzó su primera grabación con la English Chamber Orchestra, Barenboim ha seguido la misma pauta en unas obras que ama e interpreta sin cesar durante su larga carrera. Estos dos primeros conciertos neoyorquinos no han sido una excepción. Un enfoque que claramente nos anticipa a Beethoven con ataques precisos, una tremenda atención a la dirección orquestal que se vuelve densa e intensa y un empleo -a veces excesivo– del rubato que obviamente no es del gusto de todos. Sobre todo porque choca de manera radical con el tipo de interpretaciones que se han impuesto en las últimas décadas a partir de los postulados de los Harnoncourt o Minkowski y al que se han sumado la mayor parte de los intérpretes actuales.

   Estos dos días hemos visto los dos extremos. El jueves fue el último de la serie, el Concierto en Si bemol mayor, compuesto y estrenado el año de su muerte, 1791. Daniel Barenboim mostró las dos caras de la moneda. Una vehemente, intensa y dura en la dirección orquestal, dando prácticamente todas las entradas a sus músicos, “fraseando” las melodías de la orquesta con su mano izquierda, y estando más pendiente de sus músicos que del piano. Otra con el piano, donde aúna una extrema atención al detalle en cada frase –preferentemente con su mano derecha- con una musicalidad exquisita. Hubo algún debe como varias notas abiertas y algún problema técnico en ambas cadenzas, pero se impuso la calidez de su pulsación, la naturalidad de su discurso, el toque legato y la convicción que despliega en músicos y audiencia de que la suya es “la interpretación correcta”.

   El viernes tuvimos el Concierto en Re menor y la interpretación corrió por senderos paralelos. Una musicalidad pasmosa y una naturalidad a flor de piel. Barenboim estuvo más suelto de dedos que el día anterior y se notó no solo en las frases aterciopeladas de la Romanza o en los acentos de cada frase del Allegro assai conclusivo sino también en las dos cadenzasque en su día compuso Beethoven para este concierto, dichas con expresividad y elegancia. Lo único, que este concierto, compuesto y estrenado seis años antes, en 1785, aunque también de intensidad pre-romántica, bebe de fuentes más clásicas, y nos mostró alguno de los problemas técnicos que han acompañado al bonaerense desde sus comienzos con la batuta. Esa sensación de confusión en momentos puntuales de sus interpretaciones, donde los planos sonoros no están claramente delimitados y nos llegan a la audiencia de manera borrosa. Ocurrió aquí en casi todo el primer movimiento donde el balance de las cuerdas – esas frases sincopadas de violines y violas en la “tormenta” que bebe de las mismas fuentes que el Don Giovanni – se resintió.

   La controversia del Mozart de Daniel Barenboim se disipa cuando hablamos de Anton Bruckner. Nos encontramos ante versiones que gustarán más o menos, que estarán más o menos conseguidas, pero que beben de las fuentes del Bruckner más tradicional.

   Las dos primeras sinfonías –publicadas, ya que compuso otras dos previamente, la 0 y la 00 que no llegaron a ver la luz- del compositor austriaco están compuestas en la tonalidad de Do menor. Hay en ellas muchas características que veremos en el Bruckner maduro como los tres temas en los movimientos primero y último o la energía contagiosa del scherzo, pero no dejan de ser obras de juventud, que no llegan al nivel de sus grandes sinfonías. Aunque la tonalidad es la misma y son bastante académicas, ambas son muy diferentes. La primera es un torbellino de un compositor que se sentía muy joven a pesar de los más de cuarenta años con tenía cuando la compuso en 1865. La segunda se aleja del drama y se caracteriza por una fuerte emotividad, una mayor contención –son esenciales sus silencios– y está llena de motivos evocadores de la vida en campestre propia de Ansfelden o de San Florián.

   También hubo paralelismos entre ambas interpretaciones, donde hubo de todo “como en botica”. La dos de alto nivel, los primeros movimientos fueron los menos conseguidos, y por contra, ambos Scherzos fueron antológicos.

   Para la Primera Sinfonía, Daniel Barenboim eligió la versión “original” de Linz de 1866, la que cada día más se va imponiendo sobre la “revisada” en 1892. Planteó una versión impetuosa, de gran energía, de tempi rápidos y exigiendo a la orquesta. En el Allegro inicial hubo bastantes desajustes en el tema inicial, en parte corregido en el segundo, tocado con intensidad por las maderas. Mejoró el balance orquestal en el Adagio, donde la calidez de las cuerdas empezó a hacer justicia a la obra, sobre todo en el bellísimo segundo tema continuado por la re-exposición del primero. Soberbio el enérgico Scherzo tanto en el “cantábile ländler” como en el trío posterior, tan vienés y tan bailable. La orquesta por fin, a un gran nivel, culminó con éxito la excelente coda. En el arranque del Finale, con el salto interválico que nos lleva al clímax inicial, volvimos a tener varios desajustes y algún problema de balance entre secciones, pero en los dos temas posteriores y en las re-exposiciones, Barenboim obtuvo de su orquesta todo lo que les estaba demandando: belleza orquestal, ímpetu juvenil y fraseo excelente. Lástima que en la coda se notara el “cansancio” de los músicos y el resultado final no llegó al nivel que apuntaba. Buena versión de esta obra tan poco tocada y que pocos maestros tienen en tanta consideración como el argentino.

   Las cosas fueron mucho mejor en la Segunda sinfonía, a la que solo se la puede poner el pero de un Moderato inicial que no terminó de coger vuelo. La orquesta, mucho más centrada que el día anterior, respiró más, fraseó de manera más coordinada, y aunque lejos de una interpretación redonda, subió varios enteros. Con tempi más relajados, el excepcional sentido musical de Daniel Barenboim se desplegó de manera definitiva en el Andante que aunque empezó con una pequeña caída de tensión, empezó a “volar” en la segunda sección, con el espléndido solo de trompa sobre los pizzicatti de las cuerdas. De ahí al final, la versión,de una gran expresividad, fue imponente. El Andante terminó, tras el clímax previo que nos lleva al pianísimo final, de manera soberbia y el Scherzo, al igual que el día anterior, fue excepcional. En el Finale, orquesta y director dieron lo mejor de sí mismo en el continuo ir y venir de “tuttis” y pausas. El resultado final, mucho más redondo que el primer día, empieza a acercarse a lo que esperábamos. En cualquier caso, debemos ser pacientes. Aún nos quedan siete conciertos.

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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