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Crítica: Cecilia Bartoli protagoniza 'La Cenerentola' en Zurich

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6 de enero de 2015

VEINTE AÑOS NO ES NADA

Por Alejandro Martínez

04/01/2015 Zurich: Opernhaus Zurich. Rossini: La Cenerentola. Cecilia Bartoli, Lawrence Brownlee, Carlos Chausson, Olivier Widmer y otros. Giancarlo Andretta, dir. musical. Cesare Lievi, dir. de escena.

   Dice la letra de un conocido tango popularizado por Gardel que “veinte años no es nada”, algo que Cecila Bartoli bien podría suscribir habida cuenta de la forma francamente admirable con la que sigue prestando su voz al rol protagonista de La cenerentola de Rossini, más de veinte años después de sus primeros acercamientos al rol, allá por 1992 en Bologna con Riccardo Chailly. Bartoli, que se asoma ya a los cincuenta años de edad, se ha formado una trayectoria propia, sostenida sobre su carisma, sobre el magnetismo que destila en escena y sobre la inquietud constante con que ha labrado su hacer discográfico. Además, si hay un teatro ideal para escuchar a Cecilia Bartoli ese es precisamente la Ópera de Zúrich, una pequeña bombonera, de dimensiones ideales para valorar sus medios, limitados sí, pero administrados con gusto y sabiduría.

   El timbre es grato, reconocible, homogéneo y la emisión, aunque un tanto ventrílocua de tanto en tanto, como elaborada en exceso, con esas muecas, se antoja infalible. Bartoli, con un control absoluto sobre su instrumento, lleva en ocasiones el ornato hasta la extravagancia, pero asombra el virtuosismo con el que maneja lo mismo los pasajes de coloratura como las páginas de canto spianato, creíble por igual al mostrar un temperamento dulce que al dar voz a un carácter airado. El rondó final, el consabido "Nacqui all’affanno" fue una muestra incuestionable de que Bartoli sabe perfectamente lo que se hace, con un dominio irreprochable del estilo. Sólo cabe pues quitarse el sombrero ante quien veinte años después sigue cantando a este nivel un rol que ya ha hecho suyo en perspectiva histórica por méritos propios.

   Durante el último lustro tenor estadounidense Lawrence Brownlee viene reclamando un hueco entre los Flórez, Camarena, Albelo y compañía, con un material quizá no tan arrebatador pero con una labor vocal que convence sobremanera, con una emisión limpia, una dicción clara, con un sonido homogéneo y con una resolución natural y fácil de las agilidades, con variaciones incluidas, en un hacer que recuerda, por su insultante seguridad y firmeza, y salvando todas las distancias que ustedes quieran, al canto del mítico Rockwell Blake. Los medios de Brownlee, por la claridad del timbre, son los propios de un contraltino más que de un tenor lírico propiamente dicho; es decir, en su caso, un tenor ideal para esta parte del Ramiro rossiniano que nos ocupa. El fraseo elegante y aunque no es un actor que derroche soltura, la labor en su conjunto durante esta función sólo admite aplausos. Su voz tiene una extensión cómoda y timbrada hasta el Re4.

   El bajo buffo zaragozano Carlos Chausson hizo honor al nombre de su personaje y estuvo francamente magnífico, como cabía esperar con un papel que le cae como un guante y que ha paseado por los escenarios de todo el mundo con un magisterio admirable. Con una entrega sin reservas, dominó a placer no sólo los recitativos sino también ese ágil sillabato que Rossini demanda con insistencia en esta partitura. Su desparpajo en escena brindó una memorable recreación de la décima escena, con el “Noi, Don Magnifico”, antes del Finale primo. Verdaderamente referencial, asimismo, la recreación de sus dos grandes escenas, el  "Miei rampolli femminili" y el "Sia qualunque delle figlie”, con una autoridad intachable. Así las cosas, nadie diría que Chausson. vaya a retirarse de los escenarios en menos de dos años. Bravo.

   A pesar de su indudable esmero, el suizo Olivier Widmer no terminó de hacer méritos suficientes para ser tenido en cuenta como mucho más que el esposo de Cecilia Bartoli. Completaban el reparto Liliana Nikiteanu como Tisbe y Marina Janková como Clorinda, ambas más esmeradas como actrices que como cantantes. A destacar la labor, por último, del coreano Shenyang como Alidoro.

   En el foso el italiano Giancarlo Andretta hizo gala de una batuta de pocos quilates, ciertamente genérica, sostenida la función más bien en el espléndido rendimiento de la orquesta titular de teatro que en su pulso. Gran trabajo asimismo del coro titular en sus variadas intervenciones a lo largo de la partitura. La producción de Cesare Lieve, con escenografía y vestuario de Luigi Perego, de corte clásico, presenta una realización limpia, derrocha buen gusto y ofrece una esmerada y divertida dirección de actores. También de Lievi, aunque con decorados y figurines de Maurizio Balò, es la producción de La Cenerentola que se puede ver en el Met de Nueva York. Son dos producciones con distinta realización pero con casi idéntico concepto.

Fotos: Opernhaus Zurich

Autor:Alejandro Martínez
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