Crítica de Raúl Chamorro Mena de la ópera Orfeo y Eurídice de Gluck en Madrid dentro del ciclo Impacta, con Cecilia Bartoli en el programa
Triunfo absoluto del Orfeo de Cecilia Bartoli
Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 27-XI-2025, Auditorio Nacional. Ciclo de conciertos Impacta. Orfeo y Eurídice (Christoph Willibald Gluck), versión Parma 1769. Cecilia Bartoli (Orfeo), Mélissa Petit (Amor y Eurídice). Il Canto di Orfeo. Les Musiciens du Prince-Monaco. Director: Gianluca Capuano. Versión semiescenificada. producción de la Opéra de Monte-Carlo.
Cecilia Bartoli es una estrella indudable de la ópera con ya más de 35 años de carrera a sus espaldas. Artista muy inteligente y sagaz ha sabido esconder sus defectos e impulsar sus virtudes, entre las que se encuentra una indudable labor de investigación musicológica y recuperación de amplio repertorio. La Bartoli ha evitado los teatros de amplias proporciones y ha sabido rodearse de músicos y agrupaciones orquestales a su servicio, apropiadas a sus medios vocales.
En esta ocasión, en el ámbito de una gira por diversas ciudades, comparecía la mezzo romana en el Auditorio Nacional en el ciclo Impacta, que ha dado un fuerte impulso a su programación esta temporada, con una obra tan emblemática como el Orfeo de Gluck sobre libreto de Raniero di Calzabigi. La obra con la que el músico alemán revitalizó la esclerotizada ópera seria llena de corsés y rigideces, sometida al capricho y excesivo exhibicionismo de los divos, especialmente sopranos y castrati. Gluck destaca el drama, la concisión y cohesión teatral, con una escritura vocal más austera y expresiva, despojada de virtuosismo, dotando de mayor protagonismo al coro, al ballet y los pasajes orquestales, además de sustituir el recitativo secco por el stromentato, es decir con acompañamiento orquestal. Existen variadas versiones de Orfeo y Eurídice, desde la original de Viena 1762 protagonizada por un castrato hasta la que prevé un barítono como protagonista, pasando por versión contralto y la destinada a haute-contre, especie de equivalente del tenor contraltino italiano, en la versión francesa.
Cecilia Bartoli, en una muestra más de su inteligencia, interpreta la versión de Parma 1769 destinada a un castrato soprano y, de esta forma, poder superar sus carencias en el grave y la falta de redondez, carne y terciopelo en el centro para abordar la versión contralto.
Nadie puede dudar que la diva romana no iba a ofrecer “cualquier cosa” y, efectivamente, comparece con un espectáculo serio, bien planificado, en el que la versión semiescenificada sustentatada en un más que eficaz movimiento escénico combinado con hábiles juegos de luces, encauza una apreciable teatralidad. En la misma juega un importante papel la constante presencia de la protagonista, que pone en juego su carisma moviéndose por los más diversos espacios de la sala sinfónica del Auditorio Nacional. En lo vocal, la Bartoli presenta su emisión de siempre, sin liberar, hueca, en la que el sonido no está apoyado sul fiato y resulta limitado de presencia y expansión tímbrica. La pérdida de brillo se compensa actualmente con un interesante sombreado que se añade al timbre siempre reconocible.
Bartoli desgranó su variado y personal fraseo, canto de escuela y legato de factura con estupendos momentos como la segunda estrofa de “Chiamo il mio ben” a media voz, la efusiva evocación de “Che puro ciel” y el singular “Cha farò senza Euridice” con un sorprendente comienzo rápido contrastado con la segunda estrofa lenta, de indudable efecto. Nunca había escuchado el célebre fragmento de tal manera. A ello hay que sumar los acentos en los recitativos y la expresividad contenida, sin excesos, de un Orfeo de indudable interés. A destacar la carga dramática de pasajes como el recibimiento a Orfeo en los infiernos, aria “Deh placatevi con me”, respondido por las furias con vehemencia y un No! rotundo de gran efecto. Igualmente, la fibra dramática del encuentro del protagonista con Eurídice, a la que no puede mirar y la reacción de ésta dolida por la actitud de Orfeo. Notable la Eurídice de Mélissa Petit, musicalísima y de timbre lozano y atractivo, que, además mostró impecable compenetración con una Bartoli rodeada de buenos artistas. Entre ellos, fundamental, Les Musiciens de Prince-Monaco, agrupación especialista con instrumentos de época, que bajo la dirección de Gianluca Capuano y una cuerda pletórica de brillo, tersura y empaste capitaneada por el concertino Thibault Noally, logró, por un lado, ponerse al servicio de la Bartoli, arropándola con un sonido mórbido, recogido y transparente, además de someterse a sus exigencias de tempi.
Por otro, orquesta y batuta lograron contrastar magníficamente los momentos más líricos con los más dramáticos, creando apropiadas atmósferas y estupendos contrastes dinámicos. A destacar una incandescente danza de las furias, la hermosísima escena del Elíseo con un espléndido ballet de los espíritus felices -fabulosa la flauta solista a la que se le unió el oboe posteriormente- y la belleza evocadora de la introducción al aria “Che puro ciel”.
Realmente espléndido el coro Il Canto di Orfeo cuya formación de veinte miembros bajo la dirección de Japoco Facchini mostró asombroso empaste, musicalidad, ductilidad y gama dinámica casi infinita.
Éxito apabullante para todos, pero especialmente para Cecilia Bartoli recibida con braveos y vítores más que sonoros, desaforados.
Fotos: Impacta / David Mudarra
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