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Crítica: Gerhaher canta Mahler en el Ciclo de Lied del CNDM

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25 de diciembre de 2014

LIEB UND LEID

Por Alejandro Martínez

21/12/2014 Madrid: Teatro de la Zarzuela. Ciclo de Lied del CNDM. Christian Gerhaher, barítono. Gerold Huber, piano. Obras de Gustav Mahler.

   Premiado precisamente por su anterior paso por el Ciclo de Lied del CNDM, el barítono alemán Christian Gerhaher regresaba una vez más al Teatro de la Zarzuela de Madrid para hacer gala de su arte refinado, meditado y ciertamente personal con la canción de concierto, en una velada dedicada íntegramente a composiciones de Gustav Mahler, con el respaldo de Gerold Huber al piano.

   Hay en la voz del barítono alemán Christian Gerhaher algo especial, reconocible y único: un sonido etéreo, al tiempo que flexible y cargado de una paradójica voluptuosidad. Un poesía evidente, ligada a un cierto distanciamiento, a un enfoque por lo general más analítico que visceral. Así las cosas, Mahler es seguramente el compositor al que mejor se pliega su material, por su color y por su partícular suma de emisión y acentos. Por otro lado, a pesar de la indudable sombra de Fischer-Dieskau, tanto por la afinidad tímbrica como por la consonancia en un mismo enfoque analítico, Gerhaher encuentra sin embargo un sonido propio, reconocible en el acento y que contrasta por cierto con lo declarado algunas veces por el propio barítono, en torno a su concepción del lied como algo digamos inefable, que no cabe expresarse en palabras, por mucho que gire en torno a un texto, como bien nos apuntaba recientemente nuestra colega Silvia Pujalte, experta en estas lides, al hilo de una entrevista con Gerhaher publicada este verano en el Frankfurter Allgemeine.

   Seguramente se refiera Gerhaher con esas declaraciones a que el lied demanda encontrar el camino entre cierta teatralización estrechamente ligada al texto de los poemas que le sirven de soporte y cierto distanciamiento entre intelectual y analítico más atento a la partitura como tal. ¿Prima la musica e poi le parole? El camino intermedio está en el acento, en trabajar con el color y la emisión antes que con el puro énfasis en la pronunciación propiamente dicha del texto. En estas lides, Gerhaher es un verdadero maestro, capaz de llevarnos con igual magisterio por la senda de la pesadumbre que por el camino de la serenidad. Su canto es escrupuloso, detallista y hay en él una introspección natural que porta una densidad espléndida a su enfoque.

   Nos gusta singularmente para Mahler encontrar un enfoque liviano, que no cargue las tintas en demasía sobre una música pluscuamperfecta que en sí misma lo expresa ya casi todo, con esa teatralidad tan particular, con ese sentido trágico tan único y tan amalgamado de lirismo. Por otro lado, no por analítico se antoja su enfoque distante. Al contrario, la riqueza de matices que Gerhaher incorpora se diría precisamente fruto de ese meditado acercamiento, elaborado precisamente para servir con tan amplia paleta de colores, carácteres y acentos a toda esta panoplia mahleriana. Gerhaher lo hizo todo para conmover al espectador en una primera mitad del concierto francamente brillante, con una variedad de intensidades en su emisión digna de elogio. La voz es ciertamente ágil (admirable la limpieza con al que Gerhaher resolvió esas endiabladas escalas ascendentes y descendentes en Wer hat dies Liedlein erdacht) y fascina esa forma tan liviana pero firme de ascender al agudo que ha consolidado, como etéreo, aligerando el sonido sin perder un ápice la colocación. El desfile de sentimientos a los que Gerhaher supo poner voz nos llevó desde la fuerza casi brutal que aguarda en Ich hab’ ein glühend Messer, el tercero de los Lieder eines fahrenden Gesellen, al desasosiego que se desgrana en Die Zwei blauen Augen, la última canción de este ciclo, sin olvidar ese carácter dialogado y ese matiz marcial que se introduce en no pocas canciones de Des Knaben Wunderhorn. De ese extenso catálogo Gerhaher y Huber presentaron una selección no tan frecuentada de diez canciones, seis cerrando la primera parte y cuatro abriendo la segunda mitad del concierto: Wer hat dies Liedlein erdacht, Ablösung im Sommer, Ich ging mit Lust durch einen grünen Wald, Um schlimme Kinder artig zu machen, Rheinlegendchen, Der Schildwache Nachtlied, Lied des Verfolgten im Turm, Das irdische Leben, Zu Straßburg auf der Schanz, Wo die schönen Trompeten blasen.

   En la segunda parte del concierto tuvimos la sensación de que esa magia antes citada se desinfló un tanto, no sabemos si por una leve indisposición que quizá arrastrase el barítono, que venía de cancelar algunas representaciones como Papageno en Múnich; lo cierto es que le encontramos menos cómodo en general con su instrumento en esta segunda mitad, menos templado. Quizá simplemente sucediera que la magia no puede sostenerse a placer sino que comparece sin avisar. Fue en todo caso igualmente notable el trabajo de Gerhaher y Huber aquí. El barítono alemán decidió por cierto cambiar el contenido de esta mitad del recital, sustituyendo los anunciados Rückert-Lieder por el ciclo con los Kindertotenlieder. La noche se cerró con una única propina, un memorable Ulricht. Durante toda la velada brilló con luz propia el espléndido trabajo de Gerold Huber al piano, con un sonido intenso, de color atractivo, casi teatral, en una comunicación intachable con Gerhaher. En suma, una noche de Lieb und Lied, de amor y dolor en la voz de Gerhaher, como reza en su transcurso el cuarto lied de los Lieder eines Fahrenden Gesellen, el descorazonador “Die zwei blauen Augen”.

Autor:Alejandro Martínez
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