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Crítica: Christian Thielemann completa el 'canon' de Bayreuth con un 'Lohengrin' inolvidable

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18 de agosto de 2018

Inolvidable Lohengrin

   José Amador Morales
Alemania. Bayreuth. Festpielhaus. 10-VIII-2018. Richard Wagner: Lohengrin. Piotr Beczala (Lohengrin), Anja Harteros (Elsa von Brabant), Waltraud Meier (Ortrud), Tomasz Konieczny (Friedrich von Telramund), Georg Zeppenfeld (Heinrich der Vogler), Egils Silins (Heerrufer des Königs). Coro y Orquesta del Festival de Bayreuth. Christian Thielemann, dirección musical. Yuval Sharon, dirección escénica.

   Lohengrin debe traer electricidad a la oscuridad de Brabante, como Lenin electrificó Rusia. Lohengrin y Lenin: modelos de líderes visionarios que encarnan un ideal y sin embargo son desgarrados por sus propias contradicciones (...) Habla valientemente de sus virtuosas intenciones y visiones proponiendo una sociedad no muy diferente a la de Lenin, con igualdad social entre hombres y mujeres. Una intención muy loable y necesaria, pero desafortunadamente difícil de realizar y ni Lenin ni Lohengrin tampoco podrían llevarla a cabo en sus vidas privadas (...) La tragedia no es el fracaso de Elsa sino de Lohengrin...". Estas son algunas frases extraídas del artículo firmado por Yuval Sharon, responsable de esta nueva producción de Lohengrin en el Festival de Bayreuth, cual imprescindible manual o tutorial para entender la idea paralela, sobre-idea o "das Konzept" que encierra la propuesta escénica de turno. Eso sobre el papel, porque lo que vimos sobre el escenario fue un diseño de viñetas bastante desabrido, con un monótono colorido azulón (para evidenciar el status quo dominante, a diferencia del naranja que adquiere Elsa cuando decide preguntar por sí misma o el hombrecillo verde que aparece al final, una suerte de ecológico Gottfried), un montón de cables y generadores eléctricos, alas en lugar de capas (¿para las polillas?), una ausencia general de ideas realmente interesantes a nivel dramático (en particular exasperante en el segundo acto) y una dirección de actores francamente insulsa.

   Ciertamente Yuval Sharon ha heredado esta producción hace poco más de año y medio ante la renuncia de Alvis Hermanis, principal ideólogo de la misma, si bien conservando los diseñadores Neo Rausch en la escenografía y Rosa Loy en el vestuario. Lo cual nos lleva a pensar en los avatares que ha sufrido este Lohengrin también en lo musical pues en su día se habló del regreso de Daniel Barenboim, de Anna Netrebko y de Roberto Alagna, este último acaso el más sonado pues renunció (o seguramente "lo renunciaron") apenas comenzados los ensayos este mismo verano.

   Afortunadamente en lo musical esta representación, la última de la presente edición, rayó a una gran altura. Y es que Christian Thielemann demostró su gran afinidad no ya con la obra de Wagner, desde luego, sino con este título en particular con el que completa el llamado "canon" wagneriano de Bayreuth, esto es, todas las obras de madurez de Wagner, desde Die fliegende Höllander hasta Parsifal; algo sólo logrado hasta hora por el austríaco Felix Mottl hace más de un siglo. Ya desde el bellísimo preludio asistimos a una sabia progresión de las intensidades y un sonido cálido en las cuerdas, especialmente los chelos. Su dirección puso de manifiesto un logrado equilibrio entre la transparencia y densidad de las texturas así como un enorme sentido expresivo del color y del fraseo (aristocrático en los pasajes "cortesanos" y de alto vuelo lírico en los protagonistas). Al mismo tiempo demostró una gran eficacia a la hora de ciertos énfasis dramáticos, tremendamente musicales y alejados del efecto gratuito. Es el caso, por citar algún ejemplo, de las figuras melódicas que exponen las maderas tras la segunda llamada del heraldo para que comparezca Lohengrin en el primer acto; el silencio tensísimo tras la pregunta irónica de Ortrud "Gott?" en su dúo con Telramund; la hermosísima paráfrasis orquestal de la melodía de Elsa al final de su dúo con Ortrud, etc.

   Piotr Beczala ha debutado en la Colina Verde con este Lohengrin al que aporta un timbre de cierto atractivo y un perfil ideal para el personaje. Su voz, a la que dota de nobleza en el fraseo y gran musicalidad, se proyectó excelentemente por toda la sala del Festpielhaus. Aunque no siempre se mostró versátil en lo expresivo y de vez en cuando, en su celo por cubrir y proteger la emisión, tendió a ahuecar la voz, el tenor polaco supo dosificar fuerzas hasta ofrecer un "In fernem Land" de gran envergadura, cincelado con reguladores y eficaz en lo dramático como corresponde a este gran momento de la obra. A su lado también debutaba en Bayreuth una Anja Harteros, igualmente de afinidad vocal incuestionable con esta Elsa. El importante brillo de su voz (bien que algo descubierto en los tirantes sobreagudos), su natural lirismo y el impacto comunicativo de su canto compensaron una recreación algo lineal que seguramente desarrollará con futuras aproximaciones.

   Waltraud Meier tiene la voz resquebrajada con serios problemas en la franja grave y agudos tirantes aunque emitidos con cierta holgura. Sin embargo su registro central aún le permite lucir sus extraordinarias dotes de cantante-actriz y sacar adelante una Ortrud impresionante en lo expresivo. Aunque apenas cante un puñado de frases en el primer acto, su actuación escénica fue aquí todo un derroche de infinitos recursos dramáticos y de una caracterización caleidoscópica. Resultó fantástico en este sentido su segundo acto, transmitiendo con la voz y con los gestos su autoridad frente al marido y su doble juego con Elsa o la impactante afectación en "der kluge Held" (astuto héroe) al final de su invectiva hacia Elsa al final del segundo acto. En definitiva, una actuación de alto voltaje que vino a redondear a nivel emotivo la presente velada pues, no en vano, disfrutar del arte de la mejor cantante wagneriana de las últimas décadas y además en Bayreuth no tiene precio y así pareció entenderlo un público que se rindió ante ella en los aplausos finales. Tomasz Konieczny compuso un Telramund de volumen espectacular si bien tendente a lo vociferante y con un fraseo no especialmente elegante. No obstante, logró una recreación convincente destacando, obviamente, lo primario y rudo del personaje. Por su parte Georg Zeppenfeld, excelente Gurnemanz y Hunding el pasado año (también Marke en este), aportó su fraseo señorial y de gran nobleza a despecho de una voz clara y no particularmente ancha. Egils Silins completó el reparto con un Heraldo de notable empaque y proyección vocal.

   El público, de suyo tan generoso en Bayreuth, respondió con aclamaciones realmente entusiastas, comparables en intensidad tan sólo a las del Tristan también dirigido por Thielemann. Todos los protagonistas fueron vitoreados pero, como hemos adelantado, fue especialmente agasajada Waltraud Meier en cada una de sus salidas, incluida la última que protagonizó al final, ya sola y contra el protocolo que establece la jerarquía de los roles. Algo debido probablemente al ser la última función (esperemos que no suponga su despedida definitiva del Festpielhaus como algún periodista insinuaba a la salida), con la lógica liberación de tensiones y emociones: el cariñoso abrazo con el que la sorprendió un Thielemann saliendo a hurtadillas del telón fue una muestra más de ello, haciendo las delicias de los asistentes, a esas alturas ya rendidos a sus pies.

Foto: Festival de Bayreuth

Autor:José Amador Morales
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