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Crítica: Christian Thielemann dirige 'Tristán e Isolda' de Wagner en el Festival de Bayreuth

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Autor: José Amador Morales
23 de agosto de 2018

El Tristán de Thielemann

    Por José Amador Morales
Alemania. Bayreuth. Festspielhaus. 13-VIII-2018. Richard Wagner: Tristan und Isolde. Stephen Gould (Tristan), Georg Zeppenfeld (Rey Marke), Petra Lang (Isolde), Iain Paterson (Kurwenal), Raimund Nolte (Melot), Christa Mayer (Brangäne), Tansel Akzeybek (Un pastor/ Un joven marino), Kay Stiefermann (Un timonel). Coro y Orquesta del Festival de Bayreuth. Christian Thielemann, dirección musical. Katharina Wagner, dirección escénica.

   La atinada producción de Tristan und Isolde firmada por Katharina Wagner y estrenada en 2015 es probablemente lo más redondo que se ha visto (y escuchado) en Bayreuth desde entonces. Una propuesta escénica ciertamente moderna y conceptual pero convincente, como tuvimos ocasión de describir el pasado año. Y desde luego en absoluto provocadora o antimusical. La idea central parte del hecho, por otra parte plausible, de que Tristan e Isolda ya se atraen y se buscan desesperadamente desde antes de tomar el filtro (algo ya concebido por ejemplo por Patrice Chereau, como puede leerse en su mano a mano con Daniel Barenboim “Diálogos sobre música y teatro: Tristan e Isolda” de reciente publicación en nuestro país), pero la sociedad -representada por Kurwenal, Brangane y por supuesto el rey Marke- no les permite el encuentro en ese laberinto de escaleras incomunicadas: una vez cometido dicho "delito" al final del primer acto, son encerrados bajo constante vigilancia en el segundo, donde la dialéctica luz-oscuridad es tratada con gran acierto visual. Una vez muerto Tristan ella es retenida y llevada (¿de nuevo?) con Marke. En esta ocasión volvimos a comprobar que el tercer acto nos sigue pareciendo el más logrado desde el punto de vista dramático, pues consigue plasmar con esa escenografía escalofriante en su nihilismo (aquí con un lacerante preludio desde el foso) las pesadillas y delirios de Tristan de forma muy sugerente y expresiva.

   Christian Thielemann volvió a embelesar con un Tristan pleno de poesía, progresión dramática, finura el fraseo, hábil juego de tensión-distensión, sutilísimo manejo del rubato y extraordinario cuidado de los cantantes. Por citar un ejemplo entre muchos posibles, esta vez nos llamó la atención el impresionante pianissimo, atacado desde mucho antes de lo habitual, con el consabido ritenuto desmenuzado exquisitamente hasta el posterior clímax en pleno Liebestod, provocando una increíble acumulación de intensidad. El director alemán fue justamente el más aclamado junto a Gould durante los aplausos finales, siendo aquí memorable (y sorprendente) la alzada de telón “a la berlinesa” de Thielemann junto a todos los músicos de la orquesta (vestidos cómodamente de sport para soportar las incomodidades del particular foso embutido bajo el escenario del Festpielhaus): algo insólito que provocó el lógico delirium tremens en la sala.

   Stephen Gould firmó una actuación que fue a más después de ciertos titubeos en primer acto. Su voz ancha de enorme potencia y proyección no enmascaran una interpretación cada vez más sutil y sensible de Tristan. Prueba de ello es el comienzo susurrado del célebre tema “So starben wir, um ungetrennt” del dúo de amor, con un largo y precioso crescendo sabiamente dosificado; también resultó muy hermosa la media voz al atacar “O König” en su respuesta a Marke, estableciendo un arco expresivo en el fraseo que culminó con un delicado pianissimo en “das sag' ihm nun Isold'”. De la misma forma, el tenor estadounidense remató esta gran representación con un tercer acto donde cinceló interpretativamente unos monólogos también desahogados en lo vocal.    

   Si el pasado año asistimos a la sorprendente sustitución de Petra Lang por parte de una Ricarda Merbeth que acababa de debutar el rol apenas unos meses antes pero que aún así ofreció una lectura bellísima e inolvidable de Isolda, esta vez la soprano alemana no faltó a la cita. Ciertamente la voz de Lang es más bien mate, abierta en la franja aguda (con sobreagudos prácticamente gritados) y con un centro demasiado inconsistente que la lleva a prodigar sonidos fijos y entubados de discutible gusto. Sin poseer, por otra parte, unos recursos escénicos apabullantes, saca adelante el personaje a base de entrega y profesionalidad si bien su aproximación, aunque plausible, queda lejos de incluso de recientes y grandes creaciones del mismo.

   Completaron el reparto la fantástica y contundente Brangane de Christa Mayer, el un tanto apocado pero eficaz Kurwenal de Ian Paterson y un Rey Marke de línea de canto señorial y noble como la de Georg Zeppendelf, aunque no a la altura de su Hunding, Gurnemanz o Heinrich.

   El Coro y Orquesta del Festival de Bayreuth, ésta justamente vitoreada al salir sobre el escenario al final de la función como hemos señalado más arriba, rindieron bajo la batuta de Christian Thielemann al máximo nivel escuchado estos días, ofreciendo un sonido y una articulación de una belleza y expresividad difícilmente superable en este repertorio.

Foto: Festival de Bayreuth

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