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[C]rítica: Concierto de Navidad en el Teatro de la Zarzuela

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4 de enero de 2018

Feliz Zarzuela en Navidad

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 29-XII-2018. Teatro de la Zarzuela. Concierto de Navidad. Obras de Ruperto Chapí, Francisco Asenjo Barbieri, Federico Moreno Torroba, Gerónimo Giménez, Pablo Luna, Reveriano Soutullo y Juan Vert, Federico Chueca y Joaquín Valverde, Pablo Sorozábal, Manuel Fernández Caballero y Manuel Penella. Isabel Rey (soprano), María José Montiel (mezzosoprano), Juan Jesús Rodríguez (barítono). Coro y orquesta titulares del Teatro de la Zarzuela. Dirección musical: Ramón Tebar.

   A diferencia de la ofrecida el pasado año, esta edición del concierto de Navidad que se celebra tradicionalmente los últimos años en el Teatro de la Zarzuela, no tuvo ningún hilo conductor. Si en el 2017, con el título «Zarzuela en plural», se intentó plasmar toda la variedad del género con representación de, prácticamente, todas las partes de España, en esta ocasión, se puede decir, que fue una Gala convencional, a la que quizás faltaron piezas de carácter más festivo acordes con el carácter de evento navideño. Únicamente el villancico perteneciente a El mismo diablo (Ruperto Chapí), zarzuela en dos actos de 1891, que, asimismo, constituyó la única rareza del concierto y que se interpretó en dos ocasiones.  

   El habitual control y rigor musical de la batuta de Ramón Tebar presidió el evento, que comenzó con un preludio de El tambor de granaderos de Chapí interpretado con pulso y vivacidad, si bien quedó en evidencia, una vez más, esa falta de cuerpo y redondez en la cuerda de una orquesta, que por lo demás, sonó aceptablemente. El preludio de El Bateo aunó viveza rítmica y lámina musical, pero faltó algo de vuelo, de garbo y desenfado, igualmente a la «Ensalada madrileña» de Don Manolito (¿cuándo podremos ver representada esta magnífica composición de Sorozábal?) y al chotis de La chulapona, en los que el coro titular compensó una limitada presencia sonora con flexibilidad y acentos, destacando en este aspecto, su intervención en el chotis del Eliseo de La Gran Vía y, sobretodo, en la Ronda de los enamorados La del soto del parral.

   Sin presencia tenoril, un trío formado por soprano, mezzo y barítono abordó la parte vocal del evento. La valenciana Isabel Rey, de presencia eternamente juvenil, detenta el material vocal más modesto de los tres en cuanto a riqueza tímbrica, mordiente, caudal y extensión, pero la ya avezada soprano lo compensó con sentido del decir, fraseo bien torneado, desenvoltura y comunicatividad. El registro agudo ha perdido desahogo y lozanía, pero el centro, además de ganar algo de cuerpo, conserva tersura. El repertorio que abordó la Rey le viene grande, pero fue capaz de sacar adelante una pieza que le va tan grave como la romanza y vals de La tempranica de Giménez sin forzar en ningún momento y con irreprochable musicalidad.

   Si en las carceleras de Las hijas del Zebedeo acentuó con mucha intención, además de pisar el escenario con mucho desparpajo y abundante lenguaje gestual, en un papel tan dramático como la Aurora de La del soto del parral tuvo que sacar a relucir toda su experiencia y habilidad fraseadora para intentar equilibrar la falta de anchura y metal en el fabuloso dúo «Ten pena de mis amores» ante el arrollador torrente baritonal de Juan Jesús Rodríguez. El barítono de Cartaya es la otra cara de la moneda, pues luce una de las voces baritonales de mayor belleza, calidad y nobleza de todo el circuito internacional. Muy pocos barítonos actuales, -uno sería Carlos Álvarez-, pueden lucir un instrumento de esa calidad y tenemos la suerte de que dos de ellos sean españoles. Rodríguez fue a por todas desde el comienzo, con una romanza tan complicada, de espinoso registro agudo, como es «Amor, vida de mi vida» de Maravilla de Moreno Torroba en la que superó las exigencias en la zona alta y exhibió todo el poderío, robustez y recia sonoridad baritonal que le caracterizan. Cierto es que uno agradecería mayores matices y sutilidades, pero disfrutar en directo de una voz como la del Sr. Rodríguez es todo un placer. Algún sonido entubado en la zona de primer agudo pudo escucharse en la famosísima «En una dehesa de la Extremadura» de Luisa Fernanda, además de lamentar que, teniendo en cuenta que Rodríguez cantó hace unos años en el mismo recinto varias funciones como Vidal Hernando en la obra maestra de Moreno Torroba, no escogiera alguna otra romanza menos trillada de las muchísimas para barítono que atesora nuestra zarzuela.

   Pasadas más de dos decadas de su Salud de La vida Breve de Falla y Pepita Jiménez de Albéniz interpretadas ambas en el Teatro de la Zarzuela en 1996, la madrileña María José Montiel mantiene timbre sano y de apreciable resonancia. Las tablas, la experiencia, le han hecho ganar en expresividad y arrojo, como pudo comprobarse en «De España vengo» de El niño judío de Pablo Luna. Alguna nota calante y ascensos algo duros y esforzados pudieron escucharse en la referida pieza y en el chotis del Eliseo madrileño de La Gran vía de Chueca y Valverde (uno, la inspiración genial, el otro, la siempre necesaria técnica), pero el buen gusto que siempre ha atesorado Montiel se enriqueció con unos acentos más intencionados de lo que era habitual. Hubo complicidad entre Montiel y Rey en el dúo de La Viejecita de Manuel Fernández Caballero, en el que la cantante madrileña abordó el papel que estrenara la mítica contralto Lucrecia Arana en una pieza, en la que la ambigüedad sexual de esta obra de 1897 llega a su culminación, pues Don Carlos, papel confiado a voz femenina in travesti, disfrazado a su vez de viejecita, corteja a Luisa, la soprano. Muy lanzada, quizás en exceso, -incuido un desliz en letra y música-, se mostró Montiel en esa joya que es el archifamoso dúo de La Revoltosa frente a un Felipe viril y de tan potente como noble empaste baritonal interpretado por Juan Jesús Rodríguez.

   El villancico «En el portal de Belén» de El mismo demonio de Chapí, se interpretó antes que la última obra consignada en el programa, la habanera «Todas las mañanitas» de Don Gil de Alcalá de Manuel Penella, que cantaron los tres solistas junto al público, que invitado por Tebar, cantó de forma contenida y bien disciplinada. Ante las ovaciones del público, los tres solistas, orquesta y coro volvieron a interpretar el villancico de Chapí.  

Autor:Raúl Chamorro Mena
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