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Crítica: 'I puritani', de Vincenzo Bellini, desde Staatstheater Stuttgart

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26 de julio de 2018

Puritanos en el lago

   Por José Amador Morales
Stuttgart. 24-VII-2018. Staatstheater. Vincenzo Bellini: I puritani. Roland Bracht (Lord Gualtiero), Adam Palka (Sir Giorgio), René Barbera (Lord Arturo), Ana Durlovski (Elvira), Gezim Myshketa (Sir Riccardo), Heinz Göhrig (Sir Bruno), Diana Haller (Enrichetta). Staatsopernchor Stuttgart (Christoph Heil, director del coro). Staatsoperorchester Stuttgart. Manlio Benzi, dirección musical. Jossi Wieler y Sergio Morabito, dirección escénica.

   Si a propósito de nuestra última visita a la Ópera de Stuttgart destacábamos en qué medida se vive en esta ciudad la música en general –y la ópera en particular– como una experiencia cotidiana, en esta ocasión volvimos a comprobarlo al estar enmarcada la representación que comentamos dentro del proyecto “Ópera en el lago” que tradicionalmente retransmite en directo el final de la temporada mediante una pantalla gigantesca colocada para la ocasión en el precioso parque que hay frente al Staatstheater, del que sólo le separa un agradable estanque. Nada más llegar comprobamos multitud de personas de toda condición y familias enteras cómodamente sentadas con sus refrigerios sobre el césped, bicicletas, kioskos y hasta un gran globo con la imagen de lo que parecía un fragmento de la partitura autógrafa del Così fan tutte mozartiano. Todo un acontecimiento social y musical en definitiva.

   Una alzado el telón dentro, nos sorprendió gratamente esta producción que Jossi Wieler y Sergio Morabito de 2016 (justo al mismo tiempo que la más aburrida de Emilio Sagi para el Teatro Real de Madrid), después de asistir a otras reinterpretaciones operísticas mucho más discutibles de su misma firma (Fidelio y Don Pasquale sin ir más lejos). Un sugerente antiguo templo reconvertido en una suerte nave industrial –la viga metálica que la atraviesa es bastante expresiva en ese sentido– es la omnipresente escenografía sobre la que se desarrolla la trama: en ella ocupan un lugar primordial la “secta” puritana, ultrarreligiosa y machista a la que pertenece Elvira y de la que sólo puede salir a través de su enlace con Arturo. De ahí su inmensa felicidad y también su irremediable locura posterior al tener que volver “al redil”. Además, Elvira es tan infantil y débil que no podrá salir de su estado por más que el propio Arturo y las buenas nuevas finales le indiquen lo contrario, permaneciendo en su casa de muñecas y su cuento de hadas. Así pues, un lieto fine a medias pero en una propuesta bastante coherente y con una muy cuidada dirección de actores. Eso sí, aquí y allá encontramos detalles antimusicales como un “A te o cara” cuya primera parte obligaba al tenor a cantar desde el fondo del escenario, o cuando Sir Giorgio canta al resto de hombres de la congregación sentados en círculo justo en la silla que queda de espaldas al público, o en el dúo final con el tenor cantando encerrado en la casa de muñecas... Aunque en mucha menor medida que en su Don Pasquale, volvemos a toparnos con esa desagradable costumbre de ridiculizar ciertos fragmentos de coloratura belcantista con aspavientos, pantomimas (aquí con un muñeco de ventrílocuo) o bailecitos “a lo moderno” infumables.

   Musicalmente a nivel global el resultado fue bastante digno en una producción completísima que abría todos los cortes añadiendo también el final de la versión Malibrán. Salvo el tenor, prácticamente todos los cantantes pertenecían al equipo habitual de la Ópera de Stuttgart. A la cabeza, la soprano lírico-ligera (más lo segundo que lo primero) de la casa, Anna Durlovsky que hizo una convincente recreación de Elvira. A pesar del volumen precario y de no recrearse demasiado en un registro agudo y sobreagudo donde, por otra parte, se desenvuelve con evidente comodidad, evidenció una canónica coloratura, fraseo elegante y extraordinarias dotes como actriz. René Barberá no tiene un timbre especialmente atractivo pero triunfó con un Arturo dotado de una bellísima línea de canto, delicado legato y generoso en reguladores que desgranaba con buen gusto. Al igual que sus agudos, un punto abiertos pero abordados con entrega y valentía, incluido el temido fa del dúo final.

   Gezim Myshketa tiene una materia prima importante a la que intenta moldear con interesantes matices y buenas intenciones artísticas aunque no siempre la técnica le responde; algo que puso de manifiesto en un “Ah, per sempre io ti perdei” donde cortó varias frases al quedarse sin resuello. Así que su actuación fue un quiero y no puedo si bien es justo señalar que mejoró de forma progresiva a lo largo de la velada. Adam Palka tal vez no daba el perfil maduro que requiere Sir Giorgio; aquí lució su imponente voz de bajo típicamente eslavo y por ello un punto gutural, con un enorme volumen que en demasiadas ocasiones resultó desorbitado. No obstante, el cantante polaco supo mostrarse algo más refinado en otros momentos como en “Cinta di fiori”. Muy correcto el resto del reparto en el que destacó el Diana Haller como una Enrichetta de lujo, cuyo rol se ve siempre gratamente beneficiado con la apertura de los cortes tradicionales.

   Extraordinario el coro y sobre todo la orquesta de la Ópera de Stuttgart, de sonido mórbido y brillantísimo. Tal vez motivado por ello, la dirección de Manlio Benzi fue demasiado densa, por momentos casi wagneriana en cuanto a trazo sonoro y poco sutil a nivel dinámico; de otra parte, acertó al imprimir una adecuada intensidad, agilidad dramática y un apropiado fraseo.

Fotografía: Staatsoper Stuttgart/Martin Sigmund.

Autor:José Amador Morales
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