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Crítica: Recital de Angela Meade para la Philadelphia Chamber Music Society

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13 de enero de 2018

VIRTUOSISMO VOCAL ANTE UN PUBLICO ENTREGADO

   Por David Yllanes Mosquera
   Philadelphia. 7-I-2018. Kimmel Center – Perelman Theater. Obras de Meyerbeer, Bellini, Beethoven, Mahler y Rossini. Angela Meade, Soprano. Danielle Orlando, piano.

   La Philadelphia Chamber Music Society lleva ya unos 30 años de actividad, en la actualidad presentando unos 50-60 conciertos al año, entre música de cámara y recitales vocales, además de multitud de programas educativos. Su variada oferta, además de su empeño en ofrecer precios asequibles, la han convertido sin duda en una referencia en los EE.UU. Entre los platos fuertes de su presente temporada vocal se encontraba este recital de Angela Meade.

   En efecto, la soprano norteamericana, que arrastró varios años la etiqueta de «promesa», con un ascenso más lento que el de alguna otra estrella más mediática, hoy en día está plenamente consolidada como una de las voces más importantes del panorama internacional. Gran actriz vocal, su popularidad está asentada en una técnica muy bien desarrollada, que le permite emitir potentes agudos y jugar con la coloratura, además de en una voz amplia y carnosa. En el debe, quizás, podríamos hablar de una cierta falta de garra, de temperamento escénico que en alguna ocasión le ha impedido hacer totalmente suyo el papel (pienso, por ejemplo, en su Alcina del pasado diciembre en Washington). En cualquier, caso, sin duda, una cantante tan dotada y preparada técnicamente supone un gran reclamo para un recital de este tipo, en el que se espera que el artista aborde obras de diferentes autores y estilos.

   En esta ocasión, a la expectación generada por el gran nivel de Meade se unía su condición de estrella local. No en vano es antigua alumna de la famosa Academy of Vocal Arts de Filadelfia, institución actualmente dominante en el panorama estadounidense (han pasado por ella aproximadamente la mitad de los ganadores de los premios Richard Tucker y Beverly Sills de los últimos diez años). Además, su acompañante en este recital era su colaboradora habitual Danielle Orlando, quien, como vocal coach de la AVA, también tiene una especial relación con la ciudad. Todo ello contribuyó a generar un ambiente muy entusiasta, con un público entregado que recompensó en todo momento a ambas artistas con sentidas ovaciones.

   El programa, con obras en tres idiomas, incluyó tanto piezas en un repertorio familiar a Meade (Bellini y Rossini), como excursiones en un campo en el que se ha prodigado menos (lieder de Mahler). Todo ello atacado desde una concepción belcantista y melódica. Se inició el recital con cuatro canciones de Meyerbeer («Le voeu pendant l’orage», «La fille de l’air», «La barque légère» y «Siciliènne»). En todas ellas se mostró cómoda con la traicionera fonética francesa y presentó una dicción clara. Quien no estuviera familiarizado con la cantante no debió esperar mucho para empezar a apreciar sus cualidades vocales: ya desde la primera canción exhibió un legato de factura y una voz de gran presencia pero bien controlada, como exige el íntimo entorno del Perelman Theater. A ello unimos un fraseo variado, que le permitió matizar y presentar de manera muy diferente las palabras finales de cada una de las tres estrofas («appaisez/ a calmé les vents orageux»). Resultaron igualmente atractivas las restantes tres canciones de este segmento, que culminaron en «Siciliènne» con un bello filado final.

   A continuación Meade se dirigió al público para presentar las canciones del que definió como su compositor preferido: Bellini. No es para menos, ya que el siciliano (y su Norma en particular) la han propulsado toda su carrera, desde que venciera en las National Council Auditions del Met con «Casta diva» a su triunfo reciente en el papel en el mismo teatro (sin olvidar una función de concierto en el festival de Caramoor de 2010, claro punto de inflexión de su carrera que prácticamente la puso en el mapa operístico). Cabe mencionar también su Imogene en Il pirata de Caramoor el pasado julio, papel que esperemos repita en más ocasiones, pues es esta una ópera que merece más popularidad de la que tiene. Como no podía ser menos, dada esta gran afinidad y trayectoria, las cuatro canciones bellinianas elegidas («Il fervido desiderio», «Dolente immagini di Fille mia», «Vaga luna, che inargenti» y «Ma rendi pur contento») se recrearon de manera detallista y precisa. De nuevo su excelente control de la respiración le permitió lidiar con largas frases sin problemas. Asimismo, en el final de «Ma rendi pur contento» dio un claro aviso de la potencia de la que es capaz, con un agudo percutiente en «più vivo in lei».

   Hasta este punto, el recital había transcurrido como una gran demostración de virtuosismo vocal, pero se advertía quizás un cierta falta de energía o dirección. ¿Tendrían razón quienes acusan a Meade de frialdad escénica? La siguiente pieza, el aria «Ah, perfido» de Beethoven, despejaría estas dudas. Por fin Meade se soltó y nos ofreció en menos de quince minutos un intenso viaje, desde la furia de los versos iniciales («Ah, perfido, spergiuro, barbaro traditor, tu parti?»), al arrepentimiento y súplica finales («Non son degna di pietà»). En esta pieza, con la considerable ayuda de Orlando, que dotó de gran dramatismo a su acompañamiento, Meade se mostró como una verdadera estrella.

   La segunda parte del recital empezó de manera más sosegada con los Rückert-Lieder mahlerianos. Siempre es de admirar que los cantantes experimenten en un recital con repertorios fuera de su zona de confort y hubo de hecho muchas cosas que apreciar en la lectura que hizo la soprano de este famoso ciclo. En conjunto, sin embargo, dio la sensación de que, pese a estar musicalmente sobrada para la tarea, su conexión con el texto no es aún completa.

   El concierto se cerró con una arrolladora interpretación de «Bel raggio lusinghier» de Semiramide. Esta aria era una elección obvia, pues Meade va a cantar esta ópera rossiniana en el Met a partir del próximo mes, junto con Elizabeth DeShong y Javier Camarena, en lo que sin duda es una de las producciones más atractivas de la temporada metropolitana. Su coloratura de factura y amplio legato crearon enormes expectativas y la reafirmaron una vez más como una de las grandes belcantistas del momento. El sobreagudo final, impactante y emitido con la aparente facilidad que resulta de una técnica bien asentada, enloqueció al público, que se puso en pie como un resorte nada más terminar la última nota. Se cerró así una muy satisfactoria función con un clímax memorable y una entusiasta y prolongada ovación.

Fotografía: angelameade.com

Autor:David Yllanes
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