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Crítica: 'Aida' de Verdi en la Arena de Verona, con producción de 'La fura'

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Autor: Raúl Chamorro Mena
15 de julio de 2014

"Para qué hablar del vestuario horroroso e incomprensible. Huelga mencionar que ni rastro de dirección escénica y carazterización de personajes. Nada de teatro".

MEJOR SIN "LA FURA"

Por Raúl Chamorro Mena

6-7-2014. Arena di Verona Opera Festival. AIDA (Giusepppe Verdi)  Hui He (Aida), Fabio Sartori (Radamés), Violeta Urmana (Amneris), Raymond Aceto (Ramfis), Gennadi Vashchenko (Amonasro), Sergej Artamonov (Il Re). Dirección musical: Julian Kovatchev. Dirección de escena: Carlus Padrissa y Álex Ollé/La fura dels Baus.

   Aida es el buque insignia del Festival de Arena de Verona desde aquel lejano 1913 en que, por iniciativa del gran tenor de la ciudad, Giovanni Zenatello, comenzó su andadura. El pasado año y con ocasión del centenario se decidió alternar la reposición de la antigua producción de 1913, a cargo de Gianfranco de Bosio y encargar una nueva, “La Aida del Centenario” a La fura del Baus con la intención de que realizaran una producción “futurista” y rompedora con la tradición. A pesar de que muchos expresaron y expresan que la Arena de Verona no puede ni debe experimentar con Aida (un argumento muy sólido, bien es verdad), la propuesta parecía razonable en su planteamiento. El problema es que el trabajo de La fura dels Baus ha resultado un desastre, quedando cada vez más de relieve, que tras unos éxitos iniciales sus producciones son reiterativas, carecen de ideas, de profundidad alguna, así como de dirección escénica y de actores digna de tal nombre.

   Entrar en el enorme y siempre fascinante espacio areniano y encontrarse unas grúas en el escenario y una especie de dunas desparramadas en la grada ya no invitaba a nada bueno, pero es que el montaje reproduce una y otra vez las mismas fórmulas de este equipo teatral, y lo que es más grave, considera la música, en este caso la genial ópera de Verdi, una mera banda sonora que no importa molestar con continuas distracciones, parones que distorsionan la fluidez de la representación y, sobre todo, perceptibles y constantes ruidos en escena. Tampoco faltó esta vez, la moda tan extendida actualmente de comenzar las óperas veinte minutos antes con una acción en escena. En esta ocasión, desfilan los miembros de un equipo de excavación arqueológica en tierras egipcias que descubren una extraña estatua con un hombre y un amujer besándose, que se supone simboliza el amor de Aida y Radamés.

   Los habituales arneses por doquier, señores vestidos a modo de espeleológos, gente que se reboza por el suelo. Con estupor vemos como las dunas se hinchan con un ruido aparatoso ¡mientras la soprano intepreta el aria “Ritorna vincitor”! y en la escena del templo de Vulcano una equilibrista emula a Pinito del Oro en presencia de una gran Luna, mientras aparecen figurantes por todo el recinto (no está visto y repetido ni nada) sujetando unas lámparas de luces. En la escena de la toeletta de Amneris encontramos unos juegos de sombras manidos donde los haya y que producen risas como si estuviéramos ante una ópera buffa. En fin, todo un record que en la Arena de Verona no se aplauda la gran escena de la marcha triunfal, en la que, con un gran bullicio, se construye pieza a pieza una especie de espejo solar que no aporta absolutamente nada, al igual que la presencia de bidones radiactivos e ingenios varios en aluvión. En el concertante los protagonistas subidos a los típicos artefactos mecánicos propios de todas las producciones de La fura y totalmente estáticos.

   El colmo de lo grotesco llega en el acto tercero. En primer lugar, un escenario lleno de charcos de agua que representan el Nilo, un barquito que cruza el escenario con Amneris y Ramfis en medio de un ruido molestísimo, chirriante.  Unos figurantes encarnando a cocodrilos invaden el escenario y mientras la sufrida soprano entona “Oh patria mia” se escuchan chapoteos varios, ya que nos encontramos una acción paralela en la que unas figurantes juegan a salpicarse con los referidos reptiles, los cuales rodean a Aida, Amonasro y Radamés que han de cantar pisando el agua y rodeados por los cocodrilos que terminan persiguiendo de forma risible a Amonasro y su hija cuando huyen al final del acto. Para qué hablar del vestuario horroroso e incomprensible. Huelga mencionar que ni rastro de dirección escénica y carazterización de personajes. Nada de teatro.

   Mérito tiene, sin duda, poder cantar unas partituras tan difíciles y no digamos interpretar algo creíble, con semejante montaje. La soprano Hui He cantó con mucha corrección y ortodoxia. El timbre no es bello, pero sí bien emitido y goza de un centro pleno y sonoro, además de resultar muy segura en los ascensos al agudo. La cantante china, asimismo, regula bien el sonido y consigue piani y filati de buena factura. En el lado negativo, la falta de calor, de incisividad, de vibración en los acentos, en definitiva de un fraseo más personal, contrastado y más genuinamente verdiano. Fabio Sartori tiene un buen material de lírico pleno con posibilidades spinto, pero carece de un respaldo técnico totalmente asentado. De este modo, las notas de pasaje y agudas, quedan muchas veces apretadas, cogidas a la gola. Cuando consigue colocar alguna, el sonido tiene calidad y expansión. Su línea de canto es plausible, aunque poco fantasiosa y como intérprete resulta envarado, prácticamente nulo.

   Violeta Urmana volvió a demostrar en su Amneris el claro declive vocal en el que se encuentra. Con cada vez más problemas para lograr una emisión firme, los agudos son ya puro alarido y los graves, broncos  y en los que la cantante busca exagaradamente resonancias de pecho para intentar conferirles sonoridad y timbre. Las partes de canto propio de gran dama, de gran princesa hija de Faraones, estuvieron bien expuestas por la cantante Lituana que conserva la clase, pero debido a su frialdad y falta de garra, toda la parte de la Amneris celosa, agitada, fiera y temperamental no aparece en ningún momento.

   Realmente inadmisible Gennadi Vashchenko en el papel del caudillo etíope y padre de Aida. Timbre horrísono y desigual donde los haya, cada sonido emitido de una manera y colocado en un sitio distinto. Una serie de sonidos amorfos que constituyeron un auténtico tratado del anti-canto. Imposible encontrar asomo de legato, morbidez o despliegue genuinamente canoro en frases tan memorables como “Rivedrai le foreste inbalsamate” o “Pensa che un popolo vinto straziato…”. Raymond Aceto tiene volumen y graves e incluso intenta emitir alguna frase en piano, aunque nunca debidamente apoyada sul fiato, mientras los agudos son muy problemáticos. Julian Kovatchev ofreció una dirección pulcra, bien hilvanada, pero monótona, plana, falta de tensiones y progresión dramática. Ni creó afmósferas, ni realzó como se merece la magnífica orquestación de este Verdi ya maduro y en pleno dominio de su conciencia artística. Enérgico y potente como siempre el coro que, de todos modos, rinde más en la otra producción, la reposición de 1913.

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