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Crítica: Segundo reparto de 'Don Pasquale' en el Teatro del Liceo de Barcelona

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Autor: Jordi Maddaleno
26 de junio de 2015

COMMEDIA A MEDIO GAS

Por Jordi Maddaleno

Barcelona. 19/06/2015. Gran Teatro del Liceu. Donizetti: Don Pasquale. Roberto de Candia (Don Pasquale), Pretty Yende (Norina), Antonino Siragusa (Ernesto), G. Bermúdez (Malatesta), M. Pujol (Notaro). Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu. Dirección Musical: Diego Matheuz. Dirección de escena: Laurent Pelly. Coro del Gran Teatre del Liceu. Dir. coro: Conxita García.

   Don Pasquale (1843) podría considerarse la última gran obra maestra en el repertorio de la ópera bufa italiana, si Giuseppe Verdi no hubiera escrito en 1893 ese milagro llamado Falstaff. Aún así, en su aparente amabilidad compositiva y su trama asequible y simpática, la ópera de Donizetti esconde dificultades notables en las partes solistas sobretodo para la pareja de enamorados Norina-Ernesto y también en el papel solista de Don Pasquale, donde se exige una talla actoral y un carisma al alcance de pocos. En un arco histórico que podría abarcar desde la primigenia Serva Padrona de Pergolesi (1781), en realidad un intermezzo pero de una importancia histórica y de una influencia capital en el género, pasando por Il matrimonio segreto de Cimarosa (1792), Il barbiere di Siviglia de Rossini (1816), y del propio Donizetti con L’elisir d’amore (1832), todas ellas obras que a uno le vienen a la cabeza escuchando y disfrutando de Don Pasquale. Se da la circunstancia además de que el público barcelonés ha podido disfrutar esta temporada de dos de estos títulos, el propio Barbiere en el inicio de la temporada liceista y la Serva Padrona en el reformado y flamante Teatre de Sarrià, presentado por los novísimos y entusiastas Amics de l’òpera de Sarrià con gran éxito. Estos precedentes en la siempre viva e inquieta vida lírica de la Ciudad Condal,  y el destacado de debut en el Liceu y en España de nombres como los del joven director venezolano Diego Matheuz y la no menos emergente soprano sudafricana Pretty Yende, hacía prever de este Don Pasquale una agradable fiesta lírica que sin embargo no alcanzó a alzar el vuelo del todo.

   El director de escena francés Laurent Pelly volviá por cuarta vez al Liceu, después de haber dejado muy buen sabor de boca con su afamada e internacionalmente aplaudida Fille du Régiment, vista en marzo del 2010, y también con Cendrillon de Massenet (dic. 2013- enero 2014), aunque algo menos con sus Contes d’Hoffmann vistos en febrero del 2013. Desgraciadamente a pesar de las buenas intenciones que explica en el programa de mano, Pelly no convence en su intento de acercar la trama a las películas de la commedia all’italiana de los años cincuenta y sesenta y tampoco descolla en su pretendido acercamiento a beber de los arquetipos de la commedia dell’arte, firmando su trabajo más flojo y modesto de los citados. Un mundo al revés del todo anecdótico, momentos musicales en bandeja de plata como el dúo Don Pasquale-Malatesta totalmente desaprovechados, dejaron la sensación de falta de ideas e imaginación a pesar de la funcionalidad de una escenografía móvil con infinidad de puertas y ventanas, que fueron un estorbo escénico en el endiablado final del segundo acto, en resumen, buenas intenciones pero resultado discreto.

   No ayudó mucho todo hay que decirlo, la batuta del debutante director venezolano Diego Matheuz (Barquisimeto, 1984), actual director musical del Teatro La Fenice de Venecia, y hijo pródigo del Sistema como su mediático compañero Gustavo Dudamel. Matheuz planteó una obertura con ideas y matices, pero enseguida apretó el acelerador y los decibelios, confundiendo la ópera bufa con la densidad de una obra sinfónica, faltó aire y desenvoltura, gracilidad en los dúos y arias a pesar de ciertos detalles, siempre más orquestales que no en el cuidado de unas voces que tapaba más de lo deseado debido a un volumen de tallo grueso lejos de las transparencias y el brío bufo deseado. El hecho de su poca experiencia en títulos operísticos, y por lo que parece su primer acercamiento a una ópera bufa, con su primer Don Pasquale dejó la sensación de mejora y falta de conocimiento en un estilo que todavía le queda lejano.

   Así pues con estos dos ingredientes capitales ya mermados quedaba la ilusión de unas voces que alegrarán un paisaje algo gris. En este segundo reparto al que cabría mejor llamar reparto alternativo, la estrella mediática recaía sobretodo en la joven soprano sudafricana Pretty Yende (Piet Retief, Sudáfrica, 1985), ganadora de concursos de la importacia del Operalia, el Belvedere o aquí en España el Montserrat Caballé, y que venía precedida de importantes debuts como en el Met de Nueva York, o La Scala de Milán. Yende tiene un indudable atractivo escénico, carisma vocal y cierto ángel artístico pero si bien todo ello casa perfecto con una Norina inquieta, pizpireta, encantadora y caprichosa, en el apartado vocal las cosas no fueron tan efervescentes. El instrumento es de color agradable, con un cuerpo adecuado, buena proyección y facilidad en el registro agudo, sobretodo con unos picados y coloraturas muy atractivos e imaginativos. El problema viene cuando en su aria de presentación y momento más comprometido técnicamente: "Quel guardo il cavaliere…So anch’io la virtù magica" se evidencia la necesidad de mejora técnica, igualdad en el registro y un mejor gusto a la hora de las variaciones, algo fuera de estilo y con agudos añadidos poco ortodoxos. Así mismo en el dúo con Malatesta faltó soltura musical y limpieza en un sonido belcantista que apunta maneras pero no dejó ver del todo hasta un tercer acto donde en su escena con Don Pasquale y el hermoso dúo final con Ernesto, donde se entrevieron medias voces bien moduladas, pianos elegantes y un control del legato que apunta maneras. A su lado el Ernesto del tenor de Messina Antonino Siragusa, brilló con luz propia merced a un estilo más depurado, con facilidad en la emisión de un sonido afeado por cierta nasalidad siempre presente pero que supo compensar con un registro superior seguro, de agudos rutilantes y un sentido del belcanto de refrescante naturalidad. El Don Pasquale de Roberto de Candia gustó por su sentido del fraseo, articulación precisa y personificación bufa sin caer en la caricatura, supo firmar todas sus intervenciones con gusto y comicidad, ya que la voz es algo impersonal por timbre y color, al menos su bis cómica supo sacar a relucir un personaje más bonachón y cascarrabias que un simple viejo verde y gagá con ganas de echar una última cana al aire. El Malatesta del español Gabriel Bermúdez sufrió el volumen orquestal debido a una proyección limitada, un sonido algo leñoso y un instrumento que si bien lo usa con inteligencia y homogeneidad, no logra traspasar ni por cuerpo ni por brillantez tímbrica a una sala con las dimensiones del Liceu. Más que sobradas las prestaciones de Marc Pujol como notaro. El público rió con timidez, en una función de comicidad moderada para una obra maestra del género que no tuvo el relieve esperado en su casi treinta años sin volver al escenario del Gran Teatre del Liceu.

Fotos: A. Bofill

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