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CRÍTICA: MINKOWSKI DIRIGE 'ORFEO ED EURIDICE' PARA EL CNDM.

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28 de febrero de 2014
Foto: Marco Borggreve

CHE PURO CIEL

Por Hugo Cachero.
16 / 02 / 2014. Madrid. Auditorio Nacional. Christoph W. Gluck: Orfeo ed Euridice. Bejun Mehta (Orfeo). Chiara Skerath (Euridice). Ana Quintans (Amor). Coro de Cámara del Palau de la música catalana. Les Musiciens du Louvre Grenoble. Marc Minkowski, dir.

   Se cumple en 2014 el trescientos aniversario del nacimiento de Gluck, y fecha tan redonda no puede dejarse pasar sin conmemorar la figura de uno de los compositores de ópera más importantes que ha dado el género. A la espera del inminente estreno de la producción de la fundacional Alceste que ofrece el Teatro Real, qué mejor ocasión que revisitar la obra que por encima de todas ha mantenido la fama del compositor y su lugar en el repertorio, su Orfeo y Euridice, en esta ocasión en la versión original en italiano estrenada en Viena, aquella azione teatrale que posteriormente viviría un azaroso camino de versiones y adaptaciones... aunque esa es otra historia.
  Pero al margen de la obra, el atractivo principal de la función sin duda lo constituía la oportunidad de escuchar a los integrantes de Les Musiciens du Louvre con su director y fundador a la cabeza, Marc Minkowski, que, instalados desde hace tiempo en el Olimpo de esos grupos que llamamos "historicistas", nos ofrecen con regularidad interpretaciones a guardar en el recuerdo. Adelantemos que la del día 16 forma parte sin duda de éstas, lo que desde luego a nadie cogió de sorpresa siendo como es Minkowski un dominador como pocos de la obra del compositor, como dan fe sus espléndidas grabaciones para Archiv, entre ellas la versión francesa de esta misma historia. Su dirección exprime las enormes posibilidades de la obra desde el principio (una obertura arrolladora) al mismo final, donde se interpolaron unas notas del arpa que añadieron esa "diferencia" que siempre busca el director francés; interpolación por cierto que además de elegante y musical, conceptualmente resulta muy adecuada en el discurso de la obra, haciendo terminar ésta precisamente con el instrumento que hace las veces de la lira de Orfeo, atributo icónico del personaje. Un detalle tan solo que manifiesta una dirección detallista en extremo y la voluntad de ofrecer algo más aprovechando las posibilidades que presta la partitura desde un punto de vista tímbrico y expresivo, que son numerosas,  secundado por unos Musiciens extraordinarios; para el recuerdo por ejemplo la ejecución electrizante de las cuerdas en el final del Acto 1 e inicio del 2, o en contraste la calma pastoral del comienzo de la Escena II del Acto 2, una música de una belleza celestial donde el sublime diálogo de la flauta, el oboe y el fagot fue traducido por los respectivos músicos de una forma que se antoja insuperable, o el delicado pizzicati del acompañamiento en Gli sguardi trattieni, o... No se desdeñaron tampoco aspectos atmosféricos y teatrales como cuando se hizo tocar a varios instrumentistas desde la caja del órgano, tratando de reproducir el efecto de eco indicado en la partitura, o algún instante en el que el coro cantó de espaldas al público. En resumen, una brillantísima interpretación sobre la que no podemos dejar de manifestar entusiasmo (lo que es tanto opinión como constatación de la sensación general del público que pudo asistir en directo). También creo necesario destacar el buen tino a la hora de elegir el número de efectivos de orquesta y coro precisos para conjugar las necesidades de la partitura, las características de la sala y de las voces solistas, salvaguardando el equilibrio global de la interpretación, aspecto de máxima importancia que no siempre se tiene en cuenta, por desgracia.

   No menos brillante que la orquesta, el Coro de Cámara del Palau de la Música Catalana, con poco más de 20 integrantes, cumplió de forma sobresaliente durante toda la representación, siendo su parte también muy exigente ya que los diferentes estados de ánimo que debe trasmitir en conjunción con la música (en su haber, pastores, ninfas, furias infernales y héroes y heroinas bienaventurados en los Campos Elíseos) requieren de capacidad para cantar en todo el rango dinámico y servir a la expresividad del texto. En este sentido muy bien su inicio doliente (Ah se in torno a quest'urna funesta), y particularmente toda la escena del Hades, desde el impactante Chi mai dell'Erebo trasmitiendo ira y horror,  y con una progresión perfectamente lograda la calma que la música de Orfeo les va confiriendo con su canto, hasta disolverse en un susurro (Ah quale incognito)... y entre medias, las negaciones imperiosas, temibles, con que responden a las súplicas de Orfeo. Equilibrio entre todas las cuerdas y gran flexibilidad para amoldarse a las indicaciones de Minkowski, circunstancias que hablan muy bien de la labor de Josep Vila y Casañas, su director.

   En cuanto al reparto vocal hay que entender que es el Orfeo de Gluck una obra que se sustenta completamente en la figura de su protagonista, y por tanto cualquier valoración final no puede dejar de tener esta circunstancia en cuenta de manera muy destacada. Por otra parte, se da la circunstancia de que la versión estrenada en Viena fue compuesta para un cantante castrado lo que por obvias razones obliga hoy a optar de partida para el papel por una cantante femenina o por un contratenor, opción ésta cada vez más habitual en estos tiempos; gustos y argumentos (se pueden esgrimir varios en uno u otro sentido) al margen, en este caso la opción de Bejun Mehta permitió disfrutar de uno de los representantes más destacados de su cuerda en la actualidad. Lo primero que llama la atención al escucharle en directo es el tamaño de su voz (y lo hace sobre todo en contraste con lo que ofrecen otros muchos, menos y más famosos) que muy bien proyectada no tuvo ningún problema para llenar la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional, ambiente en general hostil para las voces. Por contra el timbre es cierto que no es el más hermoso del mundo, aunque sí tiene una cualidad viril de la que carecen muchos de sus colegas, y que le beneficia en este tipo de papeles; mucho mejor en los dos tercios inferiores de su tesitura, con una tendencia a atacar el agudo en piano para protegerse, cosa que por cierto hemos escuchado en más de uno y de dos (más y menos famosos). Lo que sí es indiscutible es la capacidad interpretativa del cantante, que ofreció una creación interiorizada del cantor tracio, plena de inflexiones y con una retórica expresiva contenida (lejos de ser una versión en concierto al uso, los cantantes, sin partitura, "actuaron" la obra, con movimientos y juegos de miradas/no miradas muy medidos). Quizás por ello destacaron particularmente sus intervenciones en los recitativos y escenas con el coro y las sopranos, por encima de sus páginas de mayor desarroyo individual, que son fundamentalmente las tres arias encadenadas del Acto I (Chiamo il mio ben così... Cerco il mio ben così... Piango il mio ben così) y la archiconocida Che faró senza Euridice?, donde si bien gustó -entendemos que si no levantó aplausos fue por el formato de concierto en que se ofreció la obra- no podemos decir que dejara una interpretación de las que la memoria convierte en referenciales. No le faltaron calurosos aplausos y bravos en todo caso al final, reconociendo su creación a varios niveles.
   Acompañando a Mehta, las jóvenes sopranos Chiara Skerath (Euridice) y Ana Quintans (Amor) ofrecieron unas muy buenas prestaciones, por más que sus partes respectivas son por desgracia cortas, aunque consiguieron dar relevancia a sus momentos más lucidos, Gli sguardi trattieni para Amor y sobre todo Che fiero momento para Euridice, que puso de manifiesto que la voz de Skerath es muy interesante y habrá estar muy atento a ella; por lo demás, igual de entregadas y compenetradas con el conjunto que su compañero masculino.

   Podemos concluir diciendo que ha sido éste un Orfeo  excelente, traducido en importante éxito manifestado por el público que  llenaba en su práctica totalidad el aforo, con un resultado muy  equilibrado en cada una de sus partes, pero en la que destacaríamos  sobre todo la lectura minuciosa e imaginativa del director y la labor de  la orquesta; para haber sido memorable le faltó quizás algo en la parte  que atañe al protagonista principal. Interesantísimo comienzo para el  Año Gluck (aunque todos los años son años de tantas cosas, que el  significado de estas efemérides queda cada vez más diluido), que  esperamos nos traiga muchos más acontecimiento de al menos el mismo  nivel.

Autor:Hugo Cachero
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