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[C]rítica: Accademia del Piacere, con Roberta Mameli y Juan Sancho, en el «Universo Barroco» del CNDM

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8 de diciembre de 2018

El conjunto sevillano presentó un programa tan plagado de desencuentros como de limitada imbricación conceptual, en el que la figura de Nebra fue una excusa sobre la que cimentar un concierto con muchos tópicos y decisiones interpretativas muy discutibles.

No es Nebra todo lo que reluce

Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 04-XII-2018. Auditorio Nacional de Música. Centro Nacional de Difusión Musical [Universo Barroco]. Il Gran Teatro del Mondo. Pasiones humanas en la música teatral entre España e Italia. Roberta Memeli • Juan Sancho • Accademia del Piacere | Fahmi Alqhai.

Ejemplo, y no milagro
de tu deidad, en el hermoso templo,
a un corazón de bronce
rendido colgaré de cera un pecho.

Texto anónimo para Rompa el aire en suspiros, de Juan Hidalgo.

   Hay veces que uno se siente tan fuera de lo que sucede a su alrededor... Afortunadamente, a lo largo de estos años he aprendido a vivir con esa sensación de que, si el público se alza enfervorecido en aplausos, pero a mí la sensación que me queda es otra bien distinta, no me preocupe lo más mínimo. Cada cual con su criterio, pero el nivel de exigencia debe crecer por momentos y uno ya no está dispuesto a soportar según que licencias sobre el escenario. Si queremos que nuestro vastísimo y excelso patrimonio musical se ponga en su justo valor, debemos empezar por no justificar un pseudohomenaje a todo un José de Nebra –que ha sido una de las luminarias de todo el siglo XVIII europeo, no únicamente español, y del cual este año se conmemoran los 250 años de su partida– con tan solo dos breves piezas al final de todo un concierto. Si los propios intérpretes no son capaces de comprender esto, el Centro Nacional de Difusión Musical [CNDM], que ha preparado una serie de conciertos para celebrar esta efeméride –con mayor o menor acierto (habremos de juzgarlo en su momento), pero desde luego sí con medios y cierto empeño en que Nebra sea puesto en su merecido lugar–, no debería permitirlo. Resulta cuando menos ofensivo que este concierto aparezca bajo el marchamo del ciclo #Nebra2.5.0, se mire por donde se mire.

   Dicho lo cual, tampoco es que el programa presentado en un nuevo concierto del Universo Barroco del CNDM resultase especialmente interesante a nivel conceptual; que se continúe explotando de una manera tan poco sutil el asunto de las supuestas pasiones humanas en la música de una forma tan banal, resulta increíble en pleno 2018. Bajo el título –más poético que efectivo– de Il Gran Teatro del Mondo. Pasiones humanas en la música teatral España e Italia, se desarrolló un concierto en el que se fueron intercalando una serie de obras vocales –provenientes de géneros escénicos– e instrumentales de autores a italianos y españoles de los siglos XVII y XVIII. Salomone Rossi (1570-c. 1630) fue el autor más representado del concierto –junto a Hidalgo–, con una serie de piezas puramente instrumentales, extraídas de sus diversas colecciones delle sinfonie e glagliarde… y de varie sonate, sinfonie, gagliarde, brandi e corrente…, que estuvieron entre lo más interesante del concierto, por más que la extraña combinación de violino da gamba [viola da gamba soprano] y violín no terminara de funcionar, ni en estas ni en el resto de piezas del concierto.

   Surge con ello una de las grandes cuestiones discutibles del concierto. Por supuesto, los intérpretes pueden decidir tocar cada obra con los instrumentos que les venga en gana, pero ello no garantiza un resultado positivo. La combinación del instrumento más aguda de la familia de las violas con el más agudo de la familia del violín resulta tan fantasiosa, que resulta muy difícil rastrearla en la historia de la música –ni siquiera era habitual en las combinaciones, a veces tremendamente variopintas, de los broken consorts de finales del Renacimiento y de buena parte del Barroco–. La problemática en este programa concreto fue evidente en cada pieza. Sin ir más lejos, Rossi concibe sus obras instrumentales para combinar diversos instrumentos, indicando en las líneas altas ora due cornetti, ora due viole da braccio, ora due violini, pero temo que nunca combinaciones de familias distintas de cuerda frotada. En el caso español, esta fantasía resulta todavía más desconcertante. El uso de la viola da gamba en España resulta poco menos que residual en los tiempos de Nebra, pero también en los de Sebastián Durón (1660-1716) –de quien se interpretó Animoso denuedo, extracto de La guerra de los gigantes–, y por supuesto no ya en este tipo de obras escénicas más tardías de su producción. Por otro lado, este caso concreto está concebido para clarín y continuo, así que lo aquí interpretado supone un arreglo totalmente libre por parte de los intérpretes, que ni siquiera se indica. Por supuesto, las obras de Hidalgo y Nebra no están concebidas para esta combinación violino de gamba/violín. Pero yendo más allá de la pura ortodoxia –que como es bien sabido, no es algo que vaya con este conjunto–, ni siquiera el resultado fue, como digo, de altura. Notables problemas de afinación y empaste entre ambos instrumentos, así como distintas maneras de acercarse a sus respectivas líneas, las cuales se hicieron evidentes en diversos puntos –articulaciones, ataques, carácter–. Siendo ambos [Fahmi Alqhai y Daniel Pinteño] dos excepcionales instrumentistas, se hicieron un flaco favor mutuo en el presente concierto.

   Otro Rossi, en este caso Luigi Rossi (1597/98-1653), fue, junto a Claudio Monteverdi (1567-1643), el autor que salió mejor parado sobre el escenario del Auditorio Nacional. De Rossi, uno de los grandes representantes de la cantata da camera y la canzonetta en la Europa del XVII, se interpretaron dos fragmentos de su ópera más célebre, Orfeo [Le Mariage d’Orphée et Euridice, tragi-comédie en musique et vers italiens, avec changement de théâtre et autres inventions jusqu’alors inconnus en France], que fue estrenada en 1647, en el teatro construido por el Cardenal Richelieu en el Palais Royal de Paris. Se escogieron dos de sus más hermosas y dramáticas arias, «Lagrime, dove siete?» y «Lasciate Averno», ambas protagonizadas por el personaje principal, encarnado en su día por Atto Melani, un castrato soprano. Desconozco el motivo por el que Roberta Mameli no se encargó de interpretar las dos arias escogidas –teniendo en cuenta que el Orfeo original canta en tesitura de soprano y no de tenor–. Por su parte, nos regaló el momento más impactante y sublime de la noche, con una versión descomunal de «Lagrime, dove siete?», cantada con una implicación dramática, una hondura expresiva, una dicción cristalina y una belleza en su línea de canto absolutamente modélicas. Juan Sancho presentó muchos más problemas para hacer creíble y delicada el aria restante, especialmente tras el recuerdo tan exquisito dejado en la memoria por la soprano romana. De Monteverdi se interpretaron dos fragmentos de L’Orfeo –considera la primera gran ópera de la historia, estrenada en Mantova en 1607, y punto culminante de la ópera florentina del recién estrenado siglo XVII– e Il ritorno d’Ulisse in patria [1640] –ejemplo magistral de la ópera veneciana de mediados de siglo–. Ambos fueron cantados con convicción escénica y una buena simbiosis entre ambos solistas, acompañados de forma muy solvente por el conjunto instrumental, por más que, de nuevo, la combinación de los dos instrumentos agudos no resultase adecuada para tales efectos, ni concebida en su día para ser interpretados de forma conjunta –especialmente en esos maravillosos ritornelli monteverdianos que tanto apabullan–.

   Completaron el programa tres obras vocales de Juan Hidalgo (1614-1685): el recitado Rompa el aire en suspiros y dos extractos de Los celos hacen estrellas [La noche tenebrosa y la celebérrima Trompicávalas Amor] –provenientes todas de un proyecto discográfico que el conjunto sevillano y Sancho compartieron para Glossa en el año 2015–. Acertado que fuera Sancho quien las cantó, por aquello del español, más que nada, pues el tenor sevillano –que es un magnífico operista, con una carrera internacional muy consolidada– no se adecúa especialmente bien a este repertorio. Posee un hermoso timbre, una línea de canto muy bien aposentada en el registro medio-agudo, con una proyección fantástica, pero resulta excesivamente plano en carácter para este tipo de repertorio, siempre con un sonido muy homogéneo tanto para Monteverdi, con Rossi o el propio Hidalgo. Resultó excesivamente belcantista en cualquiera de los autores representados en este concierto. Aun así, su conjunción con Mameli en el Trompicávalos Amor –reconvertido en dúo para la ocasión– resultó llamativa y muy del gusto del público, pues fue presentada acentuando esos tópicos rítmicos y melódicos que sobre la música del XVII español todavía planean. Gaspar Sanz (1640-1710), en un arreglo de Alqhai para viola da gamba y conjunto instrumental de una de sus Pavanas de la colección Instrucción de música sobre la guitarra española y métodos de sus primeros rudimentos hasta tañerla con destreza [1674] y Nebra fueron los dos restantes autores españoles representados, este último para cerrar el concierto con dos de sus obras más conocidas, el aria Adiós, prenda de mi amor, de Amor aumenta el valor [1728] –cantada con gusto y una gran belleza vocal por Mameli, a pesar de que su español resultaba apenas inteligible–; y el animoso y enérgico fandango Tempestad grande, amigo, perteneciente a Vendado es Amor, no es ciego [1744], aquí reconvertido en dúo en relación con el trío original, de nuevo rebosante de clichés, aunque sin duda exitoso para lo que el público reclama en este tipo de ocasiones, aún más para culminar un concierto. Desde luego, no es solo que Nebra no fuera una figura central en este concierto, sino que fue interpretado con nula justicia para con su inmenso talento compositivo. Una lástima, porque mientras nuestros intérpretes e instituciones no sea aúnen firmemente para situar a nuestros grandes autores –al menos los que lo merecen– en un lugar más digno, poco podremos hacer para que el patrimonio musical hispánico sea respetado al nivel de lo que respetan el suyo los franceses, alemanes o ingleses.

   Accademia del Piacere no es, en absoluto, un conjunto de nivel medio; al contrario, pueden rozar la excelencia, pero sus aparentemente tan libres y abiertos planteamientos interpretativos terminan por resultan más encorsetados de lo que cabría pensar. Cuando una idea se convierte en premisa, la libertad del artista que aboga por salirse de la norma se acaba por perder. Dejando a un lado la ya mencionada labor de Alqhai y Pinteño, el conjunto se completó con sus miembros habituales, todo ellos intérpretes de gran altura. Especialmente interesante y loable me parece siempre la labor de Johanna Rose en la viola gamba bajo; no por nada si sitúa normalmente en el centro físico del conjunto. Rose es, en mi opinión, el pilar fundamental del conjunto hispalense, haciéndose valer con una naturalidad, elegancia y exquisitez permanente en sus actuaciones, cuidando mucho el sonido de su viola y sin extravagancias de ningún tipo en sus maneras. Rami Alqhai, al violone, cumplió de forma notable con su papel, a pesar de presentar algunos desajustes en ciertos momentos del concierto; resulta, no obstante, un continuista inteligente, cuidando mucho el balance sonoro y aportando una gama de colores interesante. El resto del continuo estuvo conformado por el siempre versátil y desenvuelto Miguel Rincón, a la tiorba y guitarra barroca, que demostró una vez que está entre los más refinados intérpretes de cuerda pulsada de su generación. Lo prefiero con las sutilezas de la tiorba antes que con sus poderosos rasgueos en la guitarra, aunque es siempre una garantía de éxito. Lo mismo sucede con Javier Núñez, que es un muy efectivo clavecinista, capaz de elaborar un continuo muy imaginativo y de una amplia gama de colores y caracteres, erigiéndose como un pilar muy firme sobre el que poder alzar el sonido de todo el ensemble.

   La conjunción entre ambos solistas vocales, tanto entre ellos como con el conjunto instrumental, resultó más natural de lo esperado, en un programa que previamente se había hecho hace tiempo, pero que no constituye una firme colaboración entre estos intérpretes. Una lástima, porque con una concepción quizá más rigurosa, con una adecuación más firme al instrumentario y un planteamiento menos tópico del repertorio español, podrían haber funcionado realmente bien, hasta el punto de poder resultar un hermoso homenaje, no ya a Nebra –que no tiene culpa de presentarse como un autor periférico en un programa que se alberga en un ciclo concebido para servir de homenaje a su figura–, sino a nuestro maravilloso patrimonio musical de los siglos XVII y XVIII.

Fotografía: Elvira Megías/CNDM.

Autor:Mario Guada
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