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[C]rítica: Ainhoa Arteta y Roger Vignoles en el Ciclo de Lied del CNDM y Teatro de la Zarzuela

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13 de diciembre de 2018

Arteta y los Senderos Mágicos del Presente y del Pasado

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 10-XII-2018. Teatro de la Zarzuela. Centro Nacional de Difusión Musical [CNDM]. XXV Ciclo de Lied. Obras de Franz Liszt; Lorenzo Palomo, Jaime León , Jayme Ovalle, Osvaldo Lacerda, Enrique Granados, Fernando Obradors. Ainhoa Arteta (soprano), Roger Vignoles (piano).

   Nuestra españolísima gran soprano Ainhoa Arteta viene haciendo últimamente –más, si cabe- gala de una gran y exitosa actividad por los teatros del mundo. Después de debutar Katiuska y abrir la temporada en el Teatro de la Zarzuela, en octubre, cantó La bohème en el Euskalduna, y en noviembre Manon Lescaut en el Bolshoi (por no mencionar el emotivo Requiem de Verdi que cantó por el eterno descanso de Montserrat Caballé). Para enero, pronto empezarán los ensayos de la Madama Butterfly que se programa en el Liceo de Barcelona. En este mes de diciembre su agenda se ha diversificado en una gira por Andalucía titulada ¡Que suenen con alegría!, dedicada a las canciones que canta esa tierra por Navidad, así como en el concierto que nos ocupa, que se diseñó alrededor del estreno mundial (absoluto) del ciclo de canciones Sendero mágico. Obra compuesta por el maestro Lorenzo Palomo por encargo del Centro Nacional de Difusión Musical, para celebrar el XXV aniversario de su Ciclo de Lied, ha levantado gran expectación después de que en octubre la Orquesta de RTVE programara sus Cantos del Alma, de cuya interpretación dimos cumplida reseña en esta misma página. Por la mañana, el compositor manchego fue recibido como conferenciante en la Universidad Complutense de Madrid en el XIII Encuentro Diálogos con la creación musical: compositores e intérpretes en la UCM, acompañado por el profesor Juan José Pastor de la Universidad de Ciudad Real.

   Para completar el programa de la primera parte, el concierto comenzó con los Tre Sonetti di Petrarca de Franz Liszt (1811-1866), compuestos en 1856, inicialmente para la voz de tenor, pero para los cuáles hay versiones transportadas para barítono y soprano. En ellos, Arteta juega inteligentemente con el orden iniciando con el agitado «Pace non trovo», que relata el estado confuso de los que están enamorados, y que la cantante delinea utilizando una amplia gama de colores en su nutrida paleta de medias voces, dibujando la mencionada confusión con súbitas alternancias de mezzoforte a piano en las dinámicas. De factura más densa –que no gruesa– resulta «Benedetto sia’l giorno, e’l mese, e l’anno», donde Arteta opta por endosar más volumen y compacidad a su canto a fin de expresar los sufrimientos por amor. La belleza perfecta y la pureza de amor, en armonía con la Tierra y el Cielo, es lo que plantea la temática de «I’vidi in terra angelici costumi», en la cual destacan los bellos diminuendi ejecutados por la cantante y la maestría en el acompañamiento etéreo de Roger Vignoles.

   El compositor ciudadrealeño (criado en Córdoba) Lorenzo Palomo (1938), uno de los compositores españoles contemporáneos de mayor proyección internacional, cuya obra alberga un corpus muy nutrido y variado, nos consta que todavía compone con lápiz y papel, y gusta decir que lo hace para las voces inspirado –eso sí– por aquellos poemas que puedan precipitar –a través de su genio compositivo y una sutileza artística indiscutible– la creación del discurso sonoro. Su ciclo, Sendero mágico, consta de cinco lieder escritos en otros tantos idiomas: inglés, francés, italiano, español y alemán. Los autores de los textos son cinco poetas importantes, representativos de cada uno de esos países. Todos los lieder que componen el ciclo compiten en belleza y dificultad, y participan de la ensoñación, la fantasía y la imaginación. Como senderos muy distintos que son –aun compartiendo el hecho de ser mágicos–, todos presentan melodías muy elaboradas y ramificadas; en alguno, se retorna al principio de forma circular, como en «Ballata alla luna» (Canto a la luna); y también los hay un poco más lineales, como «L’Amour endormi» (Amor adormecido), pero siempre se juega diestramente con los tempi y la rítmica, sinergiando de forma primorosa música y texto.

   En cuanto al instrumento pianístico, éste hace a veces de introductor, o de sustrato sonoro, y otras de acompañante fiel de la voz. La canción más descriptiva, y la que utiliza el piano para imitar las cantarinas fuentes y sus rumorosas aguas, es la titulada «Hörst du, wie die Brunnen rauschen?» (¿Oyes cómo las fuentes se precipitan?). Para la voz, se exploran muchas de las posibilidades expresivas de los parlatos –a la manera de un cuentacuentos–, como en «Song of innocence» (Canto de inocencia), o interválicas complejas y modulaciones alteradas (como en «Niña junto al río»), todo ello combinado con contrastes en las dinámicas. Sendero Mágico es, en suma, una bella rememoración contemporánea del espíritu y los paseos –mentales y sentimentales– románticos, tanto por la temática de los textos, su estructura en modo cíclo, o por el hecho de que hay una amalgama inseparable entre el texto, la voz y el piano, por lo que se cumple aquel doble adagio del Lied romántico de que la «voz es la tercera mano del piano» o de que «la música siempre ha de estar al servicio del texto».  

   La recreación que hacen Ainhoa Arteta y Roger Vignoles –respecto de lo comentado arriba– es singularmente bella, por medios vocales y por intencionalidad interpretativa conjunta. La propia artista comentó que el maestro Palomo la había hecho trabajar duramente estos días preparando el estreno de las canciones. Entendemos que el resultado estuvo a la altura porque supo meterse en cada una de las muy diferentes historias abordadas por el ciclo y transmitir así la ágil alegría del cuento del pastorcillo de «Canto de inocencia»; emocionar en la tranquila –pero más compleja vocalmente– «Amor adormecido», que describe a Cupido en el bosque rodeado de flores y de abejas recolectando polen. También supo hacernos levitar con –a nuestro entender- la más bella: el mayestático «Canto a la luna», plegaria al astro con repentinos quiebros hacia una intencionalidad más declamada y petitoria, para volver luego al estado de calma inicial. También nos emocionó «Niña junto al río», de carácter marcadamente andaluz y de difícil afinación. La más exigente –por demandar más esfuerzos vocales–, a nuestro juicio fue la escrita en alemán, «¿Oyes cómo las fuentes se precipitan?» Ni siquiera el constante cambio de idiomas despistó a la cantante que –eso sí– hizo uso de un gran cartapacio-partitura sobre un atril como apoyo ante tal despliegue de dificultades. La obra fue acogida con gran éxito por parte del público que llenaba por completo el Teatro de la Zarzuela, de modo que los intérpretes invitaron a saludar al escenario a Lorenzo Palomo, que se mostró muy satisfecho por este estreno.

   Al inicio de esta segunda parte se interpretaron tres bellísimas y evocadoras canciones en brasileño/portugués de los autores Jaime León (1921-2015) –«A ti», de estilo cercano al bolero–, Jayme Ovalle (1894-1955) –«Modinha», simplemente exquisita– y Osvaldo Lacerda (1927-2011) –«O menino Doente», un triste susurro en torno a un niño enfermo–, a modo de bocanada de aire fresco, dado que esta parte tampoco pudo considerarse de relajo para Ainhoa Arteta, ya que además de la dificultad inherente a las piezas seleccionadas, el reto era «enfrentarse» a todo el histórico de interpretaciones de las obras de Enrique Granados (1867-1916) y Fernando Obradors (1897-1945) tan acuñadas en nuestro cancionero. Más allá de por su calidad vocal, dudamos que alguien pueda sacar tanto partido escénico –incluso, actoral–, gestual, y de intención como Ainhoa Arteta a las Tonadillas en estilo antiguo [«La maja de Goya», «El majo tímido», «El tra la lá y el punteado» y «El majo discreto»]. Lo mismo podemos indicar para las Canciones clásicas españolas [«El amor», «Del cabello más sutil» y «Coplas de Curro Dulce»], manejando su instrumento con estupendos «quejíos» bordados con puntilla de agudos en los remates. Certero acompañamiento de Vignoles.

   Para conformidad del respetable, se ofrecieron dos propinas. La primera, la «Canción de Paloma» de El Barberillo de Lavapiés por el orgullo –según palabras de la propia cantante– de poder seguir pisando el escenario del Teatro de la Zarzuela y cantar la música de nuestro país, que es España. La segunda, la delicadísima «Morgen», de Strauss en recuerdo a su madre que normalmente la acompañaba cuando Emilio Sagi –presente también en la sala– dirigía el coliseo de la calle Jovellanos. En resumen, un bonito y provechoso recital, que conectó mágicamente interesantísimos senderos musicales del presente y del pasado.

Fotografía: ainhoaarteta.com

Autor:Óscar del Saz
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