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[C]rítica: Ariel Abramovich y Jacob Heringman presentan sus «Cifras imaginarias» al ciclo «Soledades» de «El canto de Polifemo»

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27 de noviembre de 2018

Excepcional concierto, de un refinamiento y exquisitez dignos de esta magnífica iglesia alemana madrileña, que se convierte automáticamente en un lugar de obligada visita para los próximos conciertos este ciclo Soledades.

Dime a quien intabulas y te diré quién eres

Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 24-XI-2018. Iglesia Evangélica Alemana de Madrid. Ciclo Soledades [El canto de Polifemo]. Cifras imaginarias. Música para tañer a dos vihuelas. Obras de Josquin des Prez, Francisco Fernández Palero, Claudin de Sermisy, Antonio de Cabezón, Philippe Verdelot, Guilio Segni da Modena, Adrian Willaert, Thomas Crecquillon, Cipriano de Rore y Juan Vásquez. Ariel Abramovich & Jacob Heringman [vihuelas de mano].

Los curiosos tañedores de vihuela en una de dos maneras se han en esta materia. O mudan la música para el instrumento: o mudan el instrumento para la música. […] Esto usan buenos tañedores, y en las cifras de España, y estranjeras lo hallareys.

Juan Bermudo: El libro llamado de declaraciõ de instrumẽtos musicales [Osuna, 1555].

   La honestidad de un intérprete es fundamental. No puede comprenderse el bello arte musical desde la praxis interpretativa sin que dicha honestidad se erija como el «tótem» al que todo artista debe rendir cuentas, el cual ha de ser, además, el reflejo de aquello que ese intérprete es en su propia vida y en su concepción de la música. La honestidad no es privilegio, sino una máxima que todos deben llevar a cabo cuando se suben a un escenario. Por eso, propuestas como estas Cifras imaginarias –no se me ocurre un título más acertado ni poético para un proyecto así– se alzan como un ejemplo a seguir, una maravillosa visión de la música con una gran carga del intérprete sobre la música original, pero no por ello falta de aquello que siempre debe primar junto a la mencionada honestidad, el respeto por los autores y sus creaciones. Lo que Ariel Abramovich y Jacob Heringman hacen con estas obras, ninguna de ellas originaria para dúo de vihuelas –sino recompuestas, arregladas y básicamente intabuladas, es decir, puesta en cifras para estos instrumentos–, es el resultado de su trabajo sobre composiciones previas y supone un dechado de refinamiento, inteligencia, elegancia y exquisitez superlativas. Dicho de otra forma, Cifras imaginarias es una de las propuestas musicales de mayor enjundia y relevancia de cuantas hayan surgido en el panorama musical en los últimos años.

   Y lo es no solo por la excelencia musical que logran en su interpretación –que quedó evidentemente patente en el resultado de este extraordinario concierto, pero también en el fruto discográfico del proyecto, para el sello Arcana, sin duda uno de los discos más hermosos de los últimos tiempos–, sino también por el ingente trabajo que supone cada una de estas intabulaciones. Háganse una idea de lo que puede suponer poner en cifra algunos de los motetes más imponentes y arquitectónicamente más complejos de pleno Renacimiento, como son Inviolata, integra et casta es a 5, Dulces exuviæ a 4 y Pater noster/Ave Maria a 6 del genial Josquin des Prez (c. 1450/55-1521). Pero, ¿por qué es necesaria esta traslación de música de este tipo, en su mayoría puramente vocal, para dúo de vihuelas por cuartas y a cuatro partes?, cabría preguntarse. Pues básicamente porque es sabido que esta era una práctica común en la época, a pesar de que únicamente Enríquez de Valderrábano dedicó algunas piezas en su Libro de música de vihuela intitulado Silva de Sirenas para esta combinación. Es por ello que, ante esa ausencia real de intabulaciones para dicha combinación, y con el conocimiento convencimiento de que se trata de una práctica históricamente documentada, Abramovich y Heringman han decido ponerle remedio. Además de estos refinadísimos motetes de Josquin –quizá las obras más complejas y probablemente más intensas en el trabajo de intabulación por parte de los intérpretes–, el programa se conforma –al igual que la grabación homónima– de obras de autores franco-flamencos e hispánicos de entre los más aclamados en la música vocal del momento. Este es el caso de Philippe Verdelot (c. 1480-c. 1532), Adrian Willaert (c. 1490-1562) o Cipriano de Rore (1515/16-1565), tres de los compositores franco-flamencos que de forma más intensa ayudaron a consolidar el madrigal italiano como el género vocal profano por excelencia en el Renacimiento. De ellos se interpretaron magníficas intabulaciones de Italia mia a 5, Ultimi miei sospiri a 6 –ambos de Verdelot– y Anchor che col partire a 4 –de Rore, quizá el madrigal que más se arregló, transcribió y disminuyó en su época–; así como una pieza puramente instrumental de Willaert [Ricercar 7].

   Por otro lado, el género de la chanson francesa tuvo su traslación en cifra con ejemplos de Claudin de Sermisy (c. 1490-1562) [Dont vient cela a 4] y Thomas Crecquillon (c. 1505-1557) [Mort m’a privè a 5], ambas con su particularidad en una especie de «metaintabulatura», dado que son arreglos de intabulaturas previas para tecla debidas a Antonio de Cabezón (c. 1510-1566) y Francisco Fernández Palero (-1597). De estos últimos se interpretaron además otras dos obras, ejemplos magníficos de canciones francesas e hispánicas respectivamente: Un gay bergier y Passeavase el rey moro. Quedaron aún dos ejemplos vocales más, esta vez de Juan Vásquez (c. 1500-c. 1560), uno de los autores más queridos por nuestros vihuelistas, quienes intabularon multitud de sus obras para vihuela y canto: Dizen a mí que los amores he a 5 y De los álamos vengo, madre a 4, sin duda dos de sus villancicos más hermosos. La otra obra puramente instrumental que completó el programa, un Ricercar de Giulio Segni da Modena (1498-1561), procede –al igual que la de Willaert– de composiciones para consort instrumental, que aparecieron en una publicación muy célebre en su época, la Musica Nova veneciana de 1540.

   Un crisol de la música europea más destacada de su tiempo, en su traslación al lenguaje de la cuerda pulsada y al que fue, sin duda, el instrumento más idiomático y destacado del siglo XVI español, junto a la tecla y probablemente el arpa; de hecho, muchas de las colecciones del momento, como las de Cabezón y Venegas de Henestrosa, fueron compuestas para esa supuesta intercambiabilidad instrumental, que en la praxis no fue tal. Como comentaba al principio de esta crítica, no solo por el inmenso y excepcional trabajo realizado a la hora de intabular ha de medirse la calidad de dos de las figuras más destacadas en la actualidad en el campo de la cuerda pulsada del Renacimiento, sino por la descomunal calidad interpretativa demostrada en esta velada. No es solo que las vihuelas –en sus modelos por cuartas [vihuelas alto en Sol, construidas por Martin Haycock; y vihuela bajo en Re, de Marcus Wesche]– sonaran realmente límpidas, con una sonoridad muy pulcra y cuidada, sino que la magnífica imbricación de las dos vihuelas y las cuatro líneas se muestra tan inteligentemente planteada y tan bien realizada, que pocas veces puede escucharse una implicación como esta en directo. La estructura y la densidad textural de uno de los repertorios más refinados e intelectualmente complejos se muestra casi diáfana en las manos de Abramovich y Heringman, que tienen ya una complicidad tan pasmosa, que disfrutan de forma realmente inspiradora tocando juntos, pero que además se entienden a la perfección con un mínimo contacto, a veces tan solo visual. Creo que estamos ante el dúo de cuerda pulsada más bien avenido que puede escucharse desde hace tiempo, y desde luego en el dúo de vihuelas más exquisito que existe en el panorama internacional. Por otro lado, solo desde un conocimiento notablemente profundo de la literatura musical renacentista –no solo para cuerda pulsada, sino también de los géneros vocales– se puede alcanzar la máxima excelencia en una labor y proyecto de este calibre.

   No deja, por tanto, de ser un lujo el poder escucharlos en la intimidad de la maravillosa Iglesia Evangélica Alemana de Madrid, que sabiamente ha elegido El canto de Polifemo para desarrollar en ella su ciclo Soledades, destinado a propuestas instrumentales para instrumento a solo –esta es la excepción del ciclo–. El ambiente, la música y una interpretación magnífico alzaron esta velada a uno de los momentos más hermosos e intensos de este 2018, lo cual no es decir poco. Merece la pena una visita a este ciclo, que sobrevive desde la más pura independencia, pero sin perder por ello la calidad en sus propuestas. Seguiremos atentos.

Fotografía: Pablo. F. Juárez.

Autor:Mario Guada
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