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Crítica: Bernard Haitink y la London Symphony en Ibermúsica

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7 de noviembre de 2014
Foto: Priska Ketterer.


HAITINK Y LA CATEDRAL DE LAS SINFONÍAS


Por Gonzalo Lahoz
03 y 04/11/14. Madrid. Auditorio Nacional. Ibermúsica. Obras de Bruckner, Debussy, Schubert y Brahms. London Symphony Orchestra. Bernard Haitink, director.

   Es ver al Maestro Bernard Haitink sobre el escenario y comprender, por más que uno se resista a caer en tópicos, que nos encontramos ante historia viva de la música, ante uno de los últimos paladines de una generación de grandes directores que va sucumbiendo al paso del tiempo. Y hay que decirlo, por más que se sepa, pues obliga no el tópico sino la gran verdad que es. Así seguramente lo estén escribiendo colegas del gremio de generaciones anteriores, aunando admiración y buena parte de la melancolía que siempre nos acompaña a los críticos. A esa admiración no cabe más que sumarse. Admiración a un maestro consagrado y admiración a la entidad que ha hecho posible su presencia en Madrid y es que, a las cosas buenas siempre es fácil acomodarse y no recaer día a día en el esfuerzo que suponen, e Ibermúsica lleva ya 45 años, que se dice pronto, esforzándose para que en nuestro país podamos acostumbrarnos a lo bueno.

   En el doble programa, dos obras colosales del sinfonismo como son la Octava de Bruckner, “la catedral de las sinfonías”; y la Cuarta de Brahms, a las que podría añadirse la Quinta de Schubert y como pincelada final, la coronación de una marca de la casa de Haitink, como es el Prélude à l'après-midi d'un faune, de Debussy.


   Anton Bruckner, uno de los últimos arquitectos sinfónicos del XIX hizo emerger esta catedral de la música, no sin las preponderantes dudas y cambios siempre habituales en su hacer, como una enorme partitura (aquí en su segunda versión de 1890 tras las reticencias de Levi y Schalk) en la que se despliegan continuos colores organísticos y en los que llegan a intervenir, en una amplia orquesta, hasta ocho trompas y cuatro tubas wagnerianas (un referente siempre presente). Nobleza, solemnidad y misticismo son tres estadios siempre presentes en este titán bruckneriano edificado desde los cimientos de una cuerda que nos sumerge ya al comienzo en Do menor, en las profundidades catedralicias para ir levantándose hasta alcanzar el épico y elevado finale.
  Con todo, no es fácil erigir la Octava del gran místico sin caer en posibles exageraciones dinámicas, cargadas en pausados tempi, contrastes desmesurados que difuminan el mensaje o abrasivos metales; sin embargo, la lectura que dibujó el especialista bruckneriano que es Haitink – hasta cuatro versiones en disco podemos encontrar de su Octava, si no me falla la memoria - fue de lo más equilibrado que escucharse pueda - del mismo modo ocurrió en su Brahms. Un Allegro inicial algo deslavazado y moroso pero con una cuerda ya vibrante, dio paso a una lectura sosegada, no por ello apagada ni carente del nervio necesario para elevar tan contemplativas y solemnes sonoridades. Cada transición, cada aparentemente inabarcable arcada de las maderas, cada clímax alcanzado fue controlado con exquisita ecuanimidad de fuerzas por el director, incluso por momentos sin aparente ápice de romanticismo. El discurso de Haitink y la London Symphony Orchestra ha de observarse, sentirse, tras el acorde final, cuando podemos tener – y tuvimos - la seguridad de que acabamos de presenciar algo realmente grande.


   Y aún quedaba por escucharse lo mejor de la visita de la formación Londinense. Una gran suerte para el que escribe debatir sobre los colores del silencio con la pianista Mitsuko Uchida apenas media hora antes de escuchar un Debussy del Maestro Haitink. En este caso el Preludio a la siesta de un fauno, especialidad de la casa que el “respetable” madrileño no supo precisamente respetar, con infinidad de ruidos varios que impidieron la trascendencia emocional de una música tan descriptiva como maravillosa, con mención especial al primer flautista Gareth Davies en una soberbia intervención inicial.
   Tras Debussy, retroceso de casi un siglo para escuchar la Quinta sinfonía de Schubert, en una lectura más ligera y camerística, translúcida y sin llegar a luminosa, bien narrada y presentada, donde pudo más el oficio que la intención.

   Todo el romanticismo que Haitink pareciera haber sustraído a su Bruckner fue magistralmente depositado en su Brahms. Contrastado, arrebatado y enérgico, toda la amorosa frustración y melancolía otoñal brahmsianas estaban ahí, de nuevo milimétricamente ordenadas en una Cuarta estupendamente desarrollada, logrando que sonara fácil un contrapunto sin duda pormenorizado por Haitink durante años y años de magisterio que fue recibido por un público que regaló grandes ovaciones.

Autor:Gonzalo Lahoz
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