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Crítica: Carlos Mena, Jone Martínez y Daniel Oyarzabal llevan la Alemania del XVII al FIAS 2021 de Cultura Comunidad de Madrid

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Autor: Mario Guada
23 de febrero de 2021

Los tres intérpretes españoles presentaron en el festival madrileño un programa centrado en la música sacra del XVII en Alemania, que desemboca directamente en la figura del genial Bach, ofreciendo un recorrido inteligente, exquisito y bellamente presentado.

En el nombre del padre

Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 19-II-2021. Basílica Pontifica de San Miguel. FIAS 2021 [XXXI Festival Internacional de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid]. Entre Alpha y Omega. Obras de Heinrich Schütz, Heinrich Albert, Adam Krieger, Johann Caspar Kerll, Dieterich Buxtehude y Johann Sebastian Bach. Capilla Santa María: Carlos Mena [contratenor y dirección artística], Jone Martínez [soprano], Daniel Oyarzabal [órgano positivo].

Advierte que decir y cantar son cosas diferentes, como también lo son entonar un salmo y solamente aprehenderlo con la razón. Pues cuando se añade la voz se convierte en un canto, y el canto es sentimiento. Por tanto, lo que la palabra es para la razón, lo es el canto para los afectos.

Martin Luther: Dictata super Psalterium [Ps. C] [1513-1516].

   «Son años, lustros ya, e incluso décadas, podría decir, los que llevo planteando en mi cabeza poder llevar a cabo este programa. Y ha sido, gracias a la dirección artística de este FIAS, que por fin hemos podido llevarlo a cabo». Así comenzaba el contratenor vitoriano Carlos Mena sus breves palabras dirigidas al público al finalizar su concierto, el segundo programado en un inicio muy intenso del FIAS 2021 [XXXI Festival Internacional de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid], que otro año más cuenta con Pepe Mompeán al frente, planteando, como es habitual en él, conciertos de muy amplio espectro, entre los que la música temprana tiene una presencia absolutamente primordial. Unas palabras curiosas la de Mena, si se piensa que los requerimientos para llevar a cabo un programa de este tipo son más bien pocos, pues no se necesita de una plantilla ni unos medios fuera del alcance de cualquier festival, por humilde que sea. Y, sin embargo, el contratenor y director vasco ha tardado muchos años en poder plantearlo sobre un escenario. Es una música de inmensa belleza y creada –como él mismo destacó, pero como también hacen prácticamente la totalidad de los intérpretes que plantean música centroeuropea del XVII– en un momento en el que la sociedad estaba atravesando uno de los momentos más duros de cuantos se recuerdan en la historia, especialmente por la cantidad de guerras, pandemias y crisis de todo tipo que Europa atravesaba entonces. A pesar de ello, es en las encrucijadas más crudas y exigentes cuando el ser humano saca lo mejor de sí, y así puede entenderse la producción musical –tanto instrumental como vocal– que se desarrolló en Alemania y en gran parte de la Europa septentrional a lo largo del siglo XVII.

   Con estos mimbres el conjunto español Capilla Santa María –fundado hace más de una década por el propio Mena– planteó un programa titulado Entre Alpha y Omega, que en el fondo giró en torno a la omnipresente figura de Johann Sebastian Bach (1685-1750), planteando de forma muy inteligente y fluida las fuentes de las que, en gran medida, este bebió. Este programa no fue otra cosa que una brillante historia de la música en la Alemania barroca reducida a una hora de duración. No estuvieron todos los que son, ni son todos los que estuvieron, pero en general se presentó un recorrido entre Heinrich Schütz (1585-1672) –al que, en cierto sentido, se le puede reconocer como uno de los «padres» música alemana, concepto este, por otro lado, siempre complejo– y el propio Bach, culmen y ocaso del Barroco, tanto alemán como europeo. Un orden cronológico para comprender el nacimiento y el desvanecimiento de la música germana, que como es sabido bebe en gran medida de la música italiana, se mezcló con elementos de la francesa y los suyos propios para dar como resultado una de las consideradas como «escuelas nacionales» del Barroco europeo –otro término bastante problemático–. De Schütz se interpretaron tres composiciones breves, en el género del llamado geistliche konzert, esto es, el concerto sacro tomado de los italianos, una suerte de composición concertante para una o varias voces con acompañamiento de instrumentos melódicos o simplemente del bajo continuo. Las tres obras aquí interpretadas [«Eile mich, Gott, zu erretten», SWV 282; «Bringt her dem Herren, Mez», SWV 283; «Wohl dem, der nicht wandelt», SWV 290] parecieron publicadas en el Op. 8 de Schütz [Leipzig, 1636], bajo el título Erster Theil kleiner geistlichen Concerten. Se trata de uno de los géneros sacros más importantes en el desarrollo de la música vocal germana, que mira hacia los modelos italianos para constituir un género que terminó siendo tan alemán como el que más. Las tres obras están concebidas para voz y bajo continuo, reducido aquí –como toda la velada– a la mínima expresión del órgano positivo, defendido de forma exquisita por el siempre solvente Daniel Oyarzabal.

   El programa se planteó como un devenir no solo cronológico e histórico, sino como un alternatim entre las apariciones vocales de Mena y su compañera de viaje en esta ocasión, la joven y talentosa soprano sopeloztarra Jone Martínez –una de las artistas más representadas en este FIAS 2021, donde actuará hasta en un total de tres ocasiones–, concluyendo habitualmente cada bloque con un dúo entre ambos. Mena abrió el concierto interpretando «Eile mich, Gott, zu erretten», SWV 282, haciendo gala de su siempre reconocible vocalidad, con ese timbre tan personal forjado a lo largo de los años. A pesar de que su voz no refulge con el halo de años pasados, su inteligencia y solvencia a la hora de seleccionar los repertorios interpretados le han permitido llegar a su edad –en la que muchos otros contratenores están ya prácticamente sin voz– con un estado vocal más que notable. Su dicción es diáfana, con una pronunciación del alemán paladeada con elegancia y naturalidad; la proyección del registro agudo se mantiene en un estado potente –lo que en una iglesia de estas dimensiones es muy de agradecer–, con un registro medio-grave elaborado con mucha solvencia, alternando el registro de pecho y el de cabeza con un paso notablemente homogéneo entre ambos –una de las luchas permanentes para los falsetistas–. Brillante y enérgica visión de la obra, remarcando con inteligencia los contrastes entre secciones de la misma, regalando a la audiencia un momento exquisito sobre las palabras «mein Helfer und Erretter, mein Gott». Por su parte, Martínez inauguró su participación con «Bringt her dem Herren, Mez», SWV 283, mostrando igualmente una poderosa y nítida proyección, demostrando unas cualidades canoras que sin duda darán que hablar en el futuro –más de lo que están haciendo en el presente–. En el registro agudo, especialmente sobre la dinámica forte, el vibrato se alza un punto excesivo y quizá falta en su emisión un punto de calidez; sin duda resultaron más interesantes los pasajes de mayor delicadeza, especialmente en el cambio a la sección del «Alleluja» que cierra cada estrofa. En el dúo que cerró el bloque, «Wohl dem, der nicht wandelt», SWV 290, las voces se imbricaron con un balance sonoro muy cuidado, homogeneizando con inteligencia el carácter interpretativo entre ambos, definiendo asimismo con mucha solvencia la pronunciación de las consonantes –especialmente las fuertes–, aportando una importante carga expresiva, que en los silencios sobre el pasaje del «Alleluja» aportaron gran impacto. Una interpretación de altura en ambos, aunque hay que destacar la mayor diafanidad en las articulaciones llevadas a cabo por Mena, sin duda un cantante cuya experiencia dominó la velada.

   De Heinrich Albert (1604-1681), uno de los compositores menos transitados de este período en Alemania, pero cuya presencia aquí se justifica –además de por la belleza de la que es probablemente su obra más conocida, «O der rauhen Grausamkeit»– por ser primo del propio Schütz, con quien además se formó musicalmente en la ciudad de Dresden, pero estuvo bajo un influjo bastante notable de otro de los grandes representantes de la música alemana del XVII –ausente en este concierto–: Johann Hermann Schein. Autor de más de ciento setenta canciones, publicadas en ocho volúmenes de arias o canciones, «O der rauhen Grausamkeit» [Arien oder Melodeyen II, Königsberg, 1640] llegó interpretada por Mena, destacando su inicio sutil en una invocación alargada sobre la vocal «o», mimando la emisión de forma magistral. El pasaje sobre el verso final del texto, antes de regresar al inicio del mismo, resultó de una delicadeza muy especial, con la línea vocal fusionada de forma brillante con la sonoridad del órgano. Brillante dominio del registro de pecho y paso muy solvente al de cabeza, ofreciendo además una lección magistral de cómo es posible unir voz y bajo continúo con un entendimiento apabullante, convirtiéndose en un elemento único, totalmente orgánico, y no simplemente en una voz que es acompañada por una línea instrumental que desarrolla la armonía.

   Otro compositor de notable relevancia en el momento, aunque no muy conocido entre el público, es Adam Krieger (1634-1666), autor de una maravillosa obra como es «An die Einsemkeit», cuya hermosa línea vocal se sustenta sobre un basso di ciaccona de inmenso impacto expresivo, magníficamente plasmado en fraseo y articulación por Oyarzabal. La soprano vasca inició la línea vocal con mucha elegancia, aunque le costó contenerse en las subidas hacia el agudo, donde su voz pierde un punto de calidez. Delineó los melismas sobre la palabra «herzen» [corazón] con nitidez, logrando además un hermoso contraste entre la luminosidad de la línea vocal con la sobriedad del órgano. Muy solvente, por lo demás, la gestión del aire por parte de Martínez, fraseando con elegancia, aunque por momentos algunos picos sonoros no concordaron con la intensidad propiciada explícitamente por el texto. Del propio Krieger se interpretó también el dúo «Lamentation gerichtet» [(50) Neue Arien in 6 Zehen eingetheilet; Dresden, 1667, ampliado en 1676], iniciado el dúo con una afinación muy pulcra entre ambos, además de un equilibrio entre las partes y el continuo bien balanceado. Las secciones melismáticas más elaboradas sobre la letra «o» llegaron definidas con notable acierto, desarrollando además las diversas secciones de la obra con meridiana claridad. Hubo que lamentar algunos problemas de Martínez en el registro medio-grave, con una sonoridad algo limitada y con leves desajustes sobre el pasaje melismático del cercano al final de la obra. También presentaron algunos desajustes en su afinación ciertos pasajes a dúo de escritura más homofónica, aunque la capacidad de afinar recobró su máxima excelencia en el acorde final de la obra sobre la palabra «erbarmen» [piedad].

   De uno de los compositores más interesantes de la segunda mitad del XVII en el país germano, Johann Caspar Kerll (1627-1693), se interpretó su concierto sacro «Admiramini fideles», compuesto para dos voces y continuo, puesto sobre el escenario con un cuidado dicción del latín por ambos solistas, que lograron delinear con precisión el sutil intercambio de frases en este refinado diálogo imitativo propuesto por Kerll, como se pudo observar en el intercambio de frases entre uno y otro como en «videte Cherubin/audite Seraphin» u «o mensa admiranda/o caro Deifica», por poner dos ejemplos. Martínez abusó nuevamente del vibrato en el registro agudo y sobre dinámica forte, mientras que Mena sufrió de lees desajustes notables en el paso entre registros.

   Si hay una figura trascendental en la era «prebachiana» es sin duda la de Dieterich Buxtehude (c. 1637-1707), ya saben ese compositor por el cual el Kantor de la Thomaskirche se trasladó casi trescientos kilómetros para escuchar a Buxtehude tocar el órgano en la Marienkirche de Lübeck. De él es de los que quizá bebió en mayor medida, tanto en la música organística como en las obras litúrgicas para conjunto vocal e instrumental. De este genial compositor se interpretó su extraordinaria Fried-und Freudenreiche Hinfahrt, BuxWV 76 [Lübeck, 1674], una miscelánea vocal que compuso para el funeral de su propio padre. Compuesta en dos partes que se complementan [«Mit Fried und Freud» y Klage Lied], una especie de cantata «coral-aria» cuyas dos partes es probable se interpretaran por separado. El coral fue compuesto antes [1671] para otro funeral, y en su estilo contrapuntístico, extremadamente erudito, no se parece a ningún otro coral de Buxtehude, inspirada en una obra similar de Chistoph Bernhard. El aria, con un texto sin duda escrito por el propio Buxtehude, tiene una forma estrófica sencilla con acompañamiento de cuerda, pero también es más contrapuntística que cualquiera de sus otras arias. Obra de una sobriedad y solemnidad apabullante, despliega para la voz una extensión muy amplia, lo que no favoreció en este caso a Mena. Además, el tempo excesivamente ligero –especialmente en la primera parte– desvirtuó en gran medida el carácter luctuoso y sobrio de la obra. El paso hacia el agudo resultó algo abrupto, aunque el registro de pecho fue desarrollado con solvencia. No se apreció una sensación de comodidad general en esta pieza, a pesar de que la exquisita pronunciación del contratenor y su capacidad para situarse dentro de la entraña musical resultaron impactantes. Interesante la reducción y la capacidad de Oyarzabal para plantear la línea instrumental, concebida en origen para tres instrumentos u órgano [parte I] y para 2 viole da gamba y bajo continuo [parte II].

   Y llegamos al Omega, al «padre» de todos los compositores del Barroco –no solo los alemanes–, ese que bebió de los compositores presentados en este programa, pero también de otros muchos compositores italianos y franceses, a los cuales estudió y cuya música conocía a la perfección. Del Kantor se escogieron una serie de dos recitativos, dos arias y un dúo extraídos de algunas de sus más exquisitas cantatas. De la Cantata «Jauchzet Gott in allen Landen!», BWV 51 [¡Aclamad a Dios todas las naciones!], la soprano vasca interpretó el recitativo «Wir beten zu dem Tempel an» [Oramos en el templo en donde mora la gloria de Dios] y el aria «Höchster mache deine Güte» [Altísimo, renueva cada día tus bondades], con una dicción diáfana, algo forzado el agudo en el aria y cierto abuso del vibrato, delineando con interesante claridad la coloratura. Por su parte, Mena interpretó el recitativo «Ich wundre mich» [Yo me maravillo] y el aria «Gott hat alles wohl gemacht» [Dios hace bien las cosas], de la Cantata «Geist und Seele wird verwirret» [El espíritu y el alma se turban], BWV 35. El discurso vocal fluyó con enorme naturalidad, con un enorme poso y musicalidad, paladeando el texto con magistral refinamiento. Por su parte, el aria, que requiere de órgano obbligato además del continuo, supuso un ejercicio de enorme exigencia para Oyarzabal, que salió más que airoso del examen –magnífica labor en la ornamentación de la línea melódica–. Brillante concepción entre la vigorosidad del órgano y el discurso más severo de la línea vocal.

   Finalizó la velada con el dúo «Den Tod niemand zwingen kunnt» [Nadie puede evitar la muerte], de la Cantata «Christ lag in Todesbanden» [Cristo yacía amortajado], BWV 4, el cual normalmente requiere de una plantilla coral, además de una instrumentación prescrita por Bach de la siguiente manera: cornetto con sopranos, trombón I con contraltos y bajo continuo. Interpretada cada línea por una sola voz y con el bajo órgano realizando una reducción del continuo y las partes instrumentales, el discurso y la estructura no se vio muy afectada, funcionando bastante bien en todo momento, incluso la ligereza de las fuerzas utilizadas hizo que las sutilísimas disonancias se escucharan con prístina claridad, exquisitamente afinadas, además. Fue, quizá, el momento más subyugantemente hermoso de la velada, logrando aquí un planteamiento expresivo que rozó la excelencia.

   Un final magnífico para un concierto de muchos quilates, que supuso la conexión de unas voces que suponen dos generaciones distintas de hacer música, pero ambas con un nivel cualitativo alto. Hay que observar muy de cerca a Jone Martínez, porque será una de las voces que más den que hablar en los próximos años, pero mientras tanto sigamos disfrutando de la musicalidad, la exquisitez y la inteligencia escénica de un Carlos Mena al que todavía le quedan muchas notas por emitir. Leve tirón de orejas para intérpretes y festival por no proporcionar a los asistentes –no ya en programa de mano, prácticamente desterrados de nuestras vidas para siempre desde hace un año, pero al menos en la web– unas breves notas al programa sobre el concierto, además de las traducciones y los originales de los textos cantados, algo fundamental para comprender mejor esta música.

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