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Crítica: Charles Tolliver y su quinteto visitan el Festival Internacional de Jazz de Madrid 2019

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8 de noviembre de 2019

Charles Tolliver, Paper Man y los efectos del cubismo

Por Juan Carlos Justiniano
Madrid. 6-XI-19. CentroCentro, Auditorio Caja de Música. Festival Internacional de Jazz de Madrid 2019. Charles Tolliver Presenting Paper Man @ 50. Charles Tolliver [trompeta], Jesse Davis [saxo alto], Keith Brown [piano], Buster Williams [contrabajo] y Lenny White [batería].

   Charles Tolliver estuvo muchos años desaparecido. Para algunos tuvo que ver con los envites de la industria musical, con que el trompetista no quisiera subirse al carro de la fusión ni postularse como gurú del free jazz. Como fuera, Tolliver se esfumó y no se dejó ver hasta pasado un brevísimo reposo de treinta años. Y mientras tanto, la distancia provocó lo esperable y nos olvidamos de un trompetista excepcional, brillante, de un nombre asociado al de músicos como Max Roach, Jackie McLean, Sonny Rollins o Joe Henderson y responsable de un (exiguo) puñado de grabaciones: algunas en formato a cinco, otras en cuarteto y otras tantas con big band.

   Por el rótulo que acompañaba al concierto de ayer en Madrid, parecía que Charles Tolliver iba a rendir homenaje a su primera grabación en solitario: Paper Man (Freedom, 1968) –anteriormente editada como Charles Tolliver and His All Stars (Black Lion, 1968)–, una auténtica joya de puro hard bop grabada junto a Herbie Hancock, Ron Carter, Joe Chambers y Gary Bartz. Nada menos. Un disco, por cierto, si no descatalogado, al menos difícil de conseguir incluso en tiempos de la World Wide Web. En esta ocasión el big data sí respetó el derecho al olvido.

   Sin embargo, Paper Man no estructuró la visita de Tolliver con su quinteto en el marco del Festival Internacional de Jazz de Madrid. Hubo mucha más música. También mucho estruendo y, desgraciadamente, bastante confusión y desorden. Tuvo que ver, sobre todas las cosas, la elección de un escenario como el de la Caja de Música de CentroCentro, una sala que literalmente hace justicia a su nombre: que es una caja. Cubista, fotogénica, muy cuca, pero una caja a todos los efectos y con todas sus connotaciones.

   Con estos mimbres, desde el primer minuto se veía venir que iba a ser una tarde un pelín amarga. Es una pena que músicos de la talla de Tolliver y sus acompañantes tengan que presentarse en una sala incapaz de estar a la altura de su propuesta musical. La Caja de Música del Auditorio CentroCentro, y ya no por tamaño o aforo, está muy lejos de ofrecer unas mínimas condiciones para un concierto de las características de un quinteto tan imponente y grandioso como con el que vino el trompetista.

   Las capacidades del trompetista, esa brillantez, esa contundencia y ese virtuosismo (ojo, siempre al servicio de la música) con las que se lo recordaba, seguían ahí. También esa agilidad envidiable y el acierto escogiendo a sus colaboradores. Escuchen las grabaciones en directo de sus cuartetos Music Inc. y lo comprobarán. Y es que, para esta gira europea se ha rodeado de unos músicos demasiado colosales para una caja de música. Al saxo alto, Jesse Davis se las arregló entre tanta confusión con gran éxito. El saxofonista suena a clásico y como improvisador es excepcionalmente imaginativo, fino y elegante; cualidades compartidas, una por una, por el piano de Keith Brown. Por su parte, Buster Williams, otro clásico en todos los sentidos, es un portento en la línea de Paul Chambers o Ron Carter, con una digitación tan precisa y a la vez tan concisa que vuela por el diapasón extrayendo endiabladas líneas de walking sin inmutarse. Completando la rítmica, a la batería, Lenny White, un músico manifiestamente criado en el fusion de los Return to Forever que no dio tregua a la precaria acústica de la Caja de Música.

   El auditorio no daba para asimilar la música incendiaria del quinteto de Tolliver, y los siete temas que interpretaron –únicamente «Right Now» y «Paper Man» pertenecientes a la grabación homónima del trompetista– quedaron desdibujados. El quinteto no estaba cómodo en el escenario y casi todo el swing, el blues, el rock y el funk que exprimieron se tradujo en confusión.

   No pudimos disfrutar, por cierto, de una de las especialidades del trompetista y compositor: de su maestría con las baladas y de su capacidad, casi mozartiana, para revestir de sencillez tanta belleza, lirismo y finura. Tolliver prefirió presentar un repertorio explosivo, cargado de velocidad, de síncopas frenéticas y líneas audaces… La lástima es que todo eso se ofreció agitado y bien revuelto. El oído acababa haciéndose a las circunstancias, sí, y al menos durante las largas improvisaciones disfrutamos de la extraordinaria calidad del grupo. Pero en cuanto se ponía a prueba el tutti, se abría un abismo entre el voltaje del quinteto, la intrepidez y los arabescos de los vientos y lo que percibíamos el público. Entonces llegaba la barahúnda, quedaban expuestas todas las vergüenzas y lo intrépido se confundía con una nebulosa que chocaba y rebotaba en todos y cada uno de los ángulos tan cubistas y tan cucos de la Caja de Música.

   Una lástima que pareciera que  todo jugara en contra la tarde de ayer. Una lástima porque el quinteto con el que Tolliver visitó la capital bullía. Pero casi podía mascarse la incomodidad. Quizá por ello el concierto no llegó ni a los noventa minutos de rigor: En poco más de una hora el quinteto de Tolliver ventiló media docena de temas y mañana será otro día.

Fotografía: Álvaro López/JazzMadrid19.

Autor:Juan Carlos Justiniano
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