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Crítica: «El Gato Montés», de Manuel Penella, en Los Angeles Opera con Plácido Domingo

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Autor: David Yllanes Mosquera
10 de mayo de 2019

Con un final made in Hollywood

Por David Yllanes Mosquera | @davidyllanes

Los Ángeles. 05-V-2019. Dorothy Chandler Pavilion. El Gato Montés, de Manuel Penella. Plácido Domingo [Juanillo], Ana María Martínez [Soleá], Arturo Chacón-Cruz [Rafael], Sharmay Musacchio [Frasquita], Nancy Fabiola Herrera [Adivinadora], Rubén Amoretti [Padre Antón], Juan Carlos Heredia [Hormigón]. Dirección escénica: Jorge Torres. Dirección musical: Jordi Bernàcer.

   En 1921, Manuel Penella llevó su Gato Montés, que llevaba cuatro años triunfando en España, a Nueva York. En las primeras representaciones, el público vibró con la primera parte —en particular con las intervenciones de una adolescente Conchita Piquer—. Sin embargo, al llegar el final del segundo acto «a los buenos americanos no les hizo mucha gracia la mortal cogida del torero», según relata Miguel de Zárraga, corresponsal del diario ABC (edición del 24-II-1921). Prosigue el cronista: «menos gracia les hizo todo el tercer acto. Ante el segundo cadáver de la noche […] los espectadores torcieron el gesto y muchos de ellos, sin esperar a nuevas defunciones, salieron despavoridos del teatro». Al parecer, los que quedaron se contrariaron aún más con la muerte del bandolero. «Penella, que triunfó como músico, fracasó como dramaturgo» —recordemos que era también autor del libreto—. Ante esta situación, el compositor revisó la ópera para dotarla de un happy ending, con un éxito considerable. Concluía el mismo corresponsal que los españoles tenían «mucho dinero que ganar en los Estados Unidos», pero solo adaptándose a «la concepción artística de estas gentes, para las que el teatro o la novela jamás ha de producirles una sensación final desagradable» (ABC, 2-II-1922).

   Hoy en día nos suele parecer que este tipo de versiones ad hoc son cosa del pasado. Sin embargo, a veces nos encontramos con sopresas. En efecto, este mes otra gran figura de nuestra lírica, Plácido Domingo, ha vuelto a llevar El Gato Montés a tierras norteamericanas, en este caso a la Los Angeles Opera de la que es director general. Y de nuevo el tercer acto se ha visto totalmente modificado, aunque al menos conservando su carácter trágico —un poco sí hemos avanzado en cien años—. La versión que todos conocemos nos presenta un triángulo amoroso entre la gitana Soleá, el bandolero Juanillo «el Gato Montés» y el torero Rafael «el Macareno». Los dos hombres son en realidad dos caras de una misma moneda, los dos buscan la muerte... y la encuentran. El matador y la gitana mueren al final del segundo acto y queda en el tercero un Juanillo desesperado, que termina haciéndose matar por uno de sus secuaces cuando se ve rodeado por los guardias. En Los Ángeles, en cambio, Soleá llega viva al tercer acto y, cuando Pezuño dispara sobre el Gato Montés, se lanza enfrente de la bala.

   Resulta difícil desentrañar la motivación de esta versión made in Hollywood y por desgracia, el programa de mano no da ninguna clave. Ni se explica por qué se ha hecho ni se comentan los cambios —más bien se ocultan, pues solo hay una mención muy tangencial al hecho de que no se está presentando la versión habitual—. Solo nos queda conjeturar que las modificaciones delatan una falta de confianza en la obra o en el público. Lo primero parece difícil de creer, dada la incansable defensa que Domingo ha hecho siempre de la lírica española y su larguísima asociación con esta obra, pues cantó el papel del Macareno por primera vez con la compañía de sus padres ¡hace más de 60 años! Queda entonces la opción de que, como los neoyorquinos que huían del Park Theatre al morir los protagonistas, se temía que los angelinos no iban a tragar con el libreto que conocemos. Es importante aquí mencionar que El Gato Montés ya se vio en Los Ángeles con Domingo en 1994, en la producción de Emilio Sagi, entonces con el final habitual. Sin embargo, en 1996 en Washington se presentó una versión modificada y dirigida por Miguel Roa. Supongo que esta última es igual a la versión representada en la función que nos ocupa, pues Roa es la única persona reconocida en el programa como responsable de la edición.

   Es cierto que muchas veces se ha criticado el libreto de Penella por anticlimático. Pero, y sin entrar en el debate sobre la legitimidad de meter mano a clásicos aunque sea para «mejorarlos», lo cierto es que esta versión no funciona. Por un lado, el posible problema del libreto no es tanto que mueran dos personajes antes del tercer acto sino que Rafael y Juanillo, personajes paralelos, tengan un final por separado. Esto no se arregla con resucitar a Soleá. Por otro lado, los cambios concretos son francamente burdos. En el tercer acto, el Gato Montés irrumpe para llevarse a Soleá —a su cadáver, en el original—. Interpelado, dice «Naide m’ha dicho q’ha muerto, m’ha traío er corasón». En la función angelina, esta frase se mantiene, pero referida al torero, lo cual tiene no tiene sentido ni por la lógica del guion, pues este murió de forma pública en una cogida, ni emocionalmente, pues difícilmente Juanillo iba a sufrir por su odiado rival. Soleá aparece entonces, pero solo para dejarse arrastrar muda y pasivamente. Finalmente, en el tercer acto, la actitud totalmente desesperada y hastiada de la vida del bandido («Ya no me quéa naíta en er mundo») no se entiende, ahora que finalmente está con su amada dormida plácidamente a su lado —y tapadita con una manta, por aquello de «¡Qué helaíta está! ¡Ay, si er caló de mi cuerpo te lo pudiera yo dá!»—.

   Musicalmente, perdemos bellos momentos al inicio del tercer acto, cuando los personajes deberían estar lamentando la muerte de Soleá. Hay a cambio algunas interpolaciones; en concreto en el tercer acto Soleá despierta y se hace eco de las palabras de Rafael («¡Ay, q’amarga ha sío la vía pa ti y pa mí!»). En conjunto, las innovaciones no aportan ninguna verdadera solución y en cambio dan lugar a momentos incoherentes. Lo cual es una pena, porque en el plano musical estuvimos ante una representación muy estimable.

   En primer lugar, el propio Plácido Domingo triunfó debutando el que es su papel número 151. Con una escritura vocal que lo pone en menos dificultades que sus habituales papeles verdianos, estuvo quizás en su mejor forma de los últimos años. Ni que decir tiene que su  magnetismo como el bandido Juanillo es irrestible y que el sentimiento y acentos que imprime en cada frase son de gran riqueza. Todo ello era esperable en quien ha sido siempre un animal de teatro y un artista siempre entregadísimo y entusiasta. Más sorprendente es que el singular timbre de su voz se mantenga aún bastante entero, habiendo cantado más de 4000 funciones de ópera. Como siempre, sin embargo, su voz no deja de ser tenoril y funciona mejor en las alturas que en los graves en este papel de barítono. También convence más en la faceta melancólica que en la dura y amenazante, aunque en este segundo aspecto lo beneficia tener enfrente a un peso ligero en el papel de Rafael.

   En efecto, Arturo Chacón-Cruz no tiene la presencia escénica ni vocal para competir con Domingo y su Macareno se vio bastante anulado por el Gato Montés en el primer acto. Sin embargo, en el segundo dio un salto de calidad. Aunque el timbre es pobre, su entrega y un registro agudo con cierto brillo compensaron y resultó muy efectivo en su dúo con Soleá y, sobre todo, en su plegaria («Señó, q’e no me farte er való»). Ha sido la mejor función que recuerdo a este cantante. Por su parte, Ana María Martínez fue una Soleá bastante satisfactoria. Siguiendo la tónica general de todo el reparto, hizo gala de una intensidad admirable y logró crear momentos conmovedores en su interpretación de la gitana, especialmente en su confesión al Padre Antón y en su dúo con Rafael. Faltaron, sin embargo, una mejor dicción, fraseo y acentos con los que imprimir de más sentido a sus versos.

   El resto del reparto, una mezcla de cantantes de la cantera de Operalia, veteranos de la zarzuela y miembros del programa Domingo-Colburn-Stein de jóvenes artistas, rindió a muy buen nivel. Destacó especialmente el Padre Antón de Rubén Amoretti, quien nos brindó una caracterización realmente excelente, capaz de mostrar las diferentes facetas del personaje, incluidos sus toques bufos. Fue justamente uno de los preferidos del público. Otra cantante bien conocida para los públicos españoles —y los angelinos, pues ha cantado mucho allí—, Nancy Fabiola Herrera, fue muy efectiva como la pitonisa que augura un fatal destino para Rafel. Una lástima que en esta versión perdiésemos uno de sus mejores momentos: cuando dice «Ahí la tenéî, muertesita por la pena de yorâ a su Rafaé» ante el cuerpo sin vida de Soléa. Por su parte, Juan Carlos Heredia encarnó a un simpático Hormigón y Sharmay Musacchio a una conmovedora Frasquita.

   Jordi Bernàcer dirigió con excelente pulso dramático a la orquesta de la LA Opera, que no tuvo el más mínimo problema en abordar este repertorio que no le es habitual. Su lectura ofreció color, detalle y siempre el ambiente adecuado.

   No me extenderé sobre la producción, proviniente del Teatro de la Zarzuela, que ya ha sido muy comentada en sus diferentes reposiciones por España (por ejemplo aquí). Cabe mencionar, eso sí, que en esta ocasión la firma solamente Jorge Torres, mientras que el regista original, José Carlos Plaza, no aparece en el programa, quizás por disconformidad con los cambios. En cualquier caso, funciona bien, sobre todo en la dirección de actores y en el estupendo vestuario de Pedro Moreno.

   El público, que prácticamente llenaba el Dorothy Chandler Pavilion, recibió la ópera con entusiasmo. Estamos ante la enésima demostración del inagotable tirón de Domingo, que está vendiendo 3.000 entradas durante seis funciones a precios que no son precisamente los del Teatro de la Zarzuela. Y además para una obra no ya desconocida, sino de una temática verista que suele tener difícil difusión en los EE. UU. —pensemos en compositores como Mascagni, aquí muy poco valorados—. Por ello hay que felicitar y agradecer al tenor madrileño, pero al mismo tiempo le pido que para la próxima vez no haga experimentos y deje la obra como la escribió su autor. En Los Ángeles han triunfado recientemente obras más «difíciles», como Satyagraha, y, por supuesto, el repertorio está lleno de óperas con similares dificultades argumentales. En 2019, creo que el público está preparado para asimilarlas, si se le presentan las obras con convicción y buen tratamiento teatral y musical, algo que habría estado garantizado con esta producción y este elenco.

Fotografía: Cory Weaver.

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