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Crítica: Ensemble 1700, Dorothee Oberlinger, Dmitry Sinkovsky y Marie Lys rinden homenaje a la noche en el «Universo Barroco» del CNDM

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4 de febrero de 2020

Una buena lista de potentes intérpretes se unió en este concierto con tintes de gran espectáculo, evidenciando que hay ciertos artistas en los que es imposible disociar ambos elementos, siendo ello –o no– una virtud sobre los escenarios siempre abierta a debate.

¿Música vs. espectáculo?

Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 30-I-2020. Auditorio Nacional de Música. Centro Nacional de Difusión Musical [Universo Barroco]. Músicas nocturnas. Obras de Henry Purcell, Tarquinio Merula, Antonio Vivaldi, Heinrich Iganz Franz von Biber, John Cahe, George Frideric Handel, John Dowland y anónimos. Marie Lys [soprano], Dmitry Sinkovskt [violín barroco, contratenor y concertino] • Ensemble 1700 | Dorothee Oberlinger [flautas de pico y dirección artística].

Mirad, mirad, mirad,
¡hasta la mismísima noche ha venido!
Mirad, mirad, mirad: hasta la noche,
hasta la mismísima noche ha venido
a favorecer vuestros designios.

William Shakespeare: The Fairy Queen [1692] de Henry Purcell.

   No hay un solo público, sino públicos diversos, al igual que no existe un tipo de artistas, sino tantos tipos como intérpretes hay sobre la faz de la tierra. Lo que para unos –intérpretes y oyentes– resulta un espectáculo maravilloso, para otros puede resultar un mero muestrario de capacidades más de otro tipo que puramente musicales, haciendo que el interés disminuya. No es posible –o al menos sencillo– juzgar programas como el que aquí nos ocupa, en el que la mezcla de repertorios y compositores, en buena medida muy distantes unos de otros, se compilan para dar lugar a un espectáculo concebido sobre un hilo conductor. En este caso fue la noche quien condujo a los miembros del Ensemble 1700 y a los potentes solistas que protagonizaban esta velada por la música del Barroco europeo, desde la Inglaterra del XVII hasta la Italia del XVIII, pasando por Alemania e incluso dando un salto hasta los Estados Unidos en pleno siglo XX. Lo primero que habría que preguntarse es: ¿basta con mantener un hilo conductor, más o menos convincente, para presentar en un mismo concierto obras de tan enorme diversidad?, pero, sobre todo, ¿con ello es suficiente para lograr el éxito? Temo que no existe una respuesta única para este caso, sino tantas como públicos hay.

   Desde mi perspectiva, lo que aquí se presentó fue un programa repleto de músicas de enorme belleza y calidad compositiva, ofrecidas por un conjunto de intérpretes de primer nivel, en la mayoría de los casos muy bien avenidos, en un concierto en el que primó el espectáculo sobre lo musical, aunque no carente de brillantez interpretativa en muchos momentos. Sin embargo, y aunque la variedad puede indicar un mayor divertimento, esto no siempre es así. Personalmente prefiero los programas con un mayor empaque conceptual, que inciten más a la reflexión y que no estén justificados por un hilo conductor tan endeble como puede ser, como este caso, una categorización temporal, por mucho que esta haya inspirado desde hace siglos a artistas de diversa índole. Me explico: la noche per se no sirvió aquí para construir con solidez un paisaje que lograra trasladar al público hacia un terreno evocador e infundirle unos sentimientos que, al menos así lo entiendo, deben ir asociados con el repertorio interpretado y con un trasfondo que debería subyacer a lo largo del programa. Esto, que puede parecer sencillo a priori, no es tal. La concepción de programas con el suficiente sentido –y sensibilidad, me van a permitir el juego de palabras– sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes de los intérpretes a lo largo y ancho del mundo.

   Músicas nocturnas, un título tan extensivo como ramplón para un programa que podría haber imbricado de manera mucho más refinada a autores tan distantes como los que lo protagonizaron. Se inició la velada con Henry Purcell (1659-1695), el compositor británico más importante de todo el Barroco –obviando a Handel como naturalizado–, interpretando algunos fragmentos de su magnífica semiópera The Fairy Queen, Z 629, de 1692, comenzando con dos fragmentos instrumentales: Prelude y Hornpipe [acto IV], en los que los miembros del Ensemble 1700 demostraron una buena adaptación al estilo siempre tan particular de Purcell, en el que la influencia de lo francés es siempre evidente pero sutil. Gran balance entre los violines, con una afinación y empaste muy logrados, ofreciendo además una Hornpipe de enorme vigor y rítmicamente muy ajustada. Para el aria «See, even night herself is here» [acto II] hizo su aparición Marie Lys, que acudía aquí en sustitución de la anunciada Anna Prohaska. A la delicadísima introducción de los violines y viola sin continuo, precedida por un breve solo de archilaúd, le siguió una línea vocal brillante en el agudo, con una dicción notablemente efectiva, de carácter muy ajustado a las exigencias vocales y un uso del vibrato un poco desmedido, especialmente en los finales de frase. El Prelude del acto II sirvió para que las flautas de pico demostraran un interesante balance con la cuerda. De nuevo Lys en escena para interpretar «One charming night» [acto II], con un registro agudo un poco tenso y haciendo gala de unas cuidadas ornamentaciones. La Chaconne: Dance for Chinese Men and Women [acto V] cerró esta selección, en una lectura con delicados unísonos en las flautas y un refinado trabajo entre violines y flautas doblados, ofreciendo en los pasajes a solo momentos de gran delicadeza, como los ofrecidos por viola y flautas, culminando con un tutti de cuidada sonoridad.

   Cuando uno comenzaba a paladear la grandeza de Purcell, un salto logra descolocarme, con la interpretación de una nana anónima sefardí, en la que Lys solventó con suficiencia los complejos giros orientalizantes, ofreciendo una versión en la que faltó la delicadeza propia de una madre que canta para dormir a su niño y en la que la dicción fue quizá el punto más conflictivo. Estuvo acompañada por Dorothee Oberlinger a la flauta bajo, realizando ornamentaciones y giros con esa sonoridad oriental, logrando ahora sí aportar algo de dulzura a la escena, sostenido únicamente por un tenuto de chelo y contrabajo barrocos. Nuevo salto, ahora a la Italia del Seicento encarnada por la figura de Tarquinio Merula (1595-1665), de quien se interpretaron dos obras: su Canzonetta spirituale sopra la nanna, para soprano y bajo continuo [1636] y la célebre Chacona para violín, flauta y bajo continuo, Op. 12, n.º 20. En la primera, cuya obsesivo y crudo ostinato –sostenido únicamente sobre dos notas con un semitono ascendente de distancia– es el hipnótico sostén sobre el que se alza la voz de la Virgen que le canta una nana a su hijo recién bajado de la Cruz, Lys se mostró más doliente y con mayor calidad en el registro medio, pues su registro medio-grave adoleció de una mejorable gestión del aire; estuvo acompañada por un continuo colorista, en el que los diversos instrumentos se fueron añadiendo al sutil y efectivo archilaúd inicial [Axel Wolf], entre los que hay que remarcar especialmente el violonchelo barroco de Marco Testori, que aportó expresividad a raudales. Faltó sprezzatura en la línea vocal –demasiado plana en lo expresivo–, aunque el empeño del continuo –picos de intensidad muy marcados– logró remarcar de forma notable el aspecto retórico de esta impresionante obra. Por su parte, en la maravillosa Ciaccona para dos instrumentos alto y continuo [extraída de Canzoni overo sonate concertate per chiesa e camera, libro terzo, 1637] –normalmente dos violines– se aprovechó la habitual intercambiabilidad instrumental del Seicento para ofrecer una personal versión con violín [Dimitry Sinkovsky] y flauta de pico soprano, en la que el diálogo entre los solistas estuvo muy bien planteado, mostrando además mucha libertad en las ornamentaciones y unas inflexiones en el continuo brillantemente delineadas.

   De Antonio Vivaldi (1678-1741) se ofrecieron tres obras puramente instrumentales, comenzando por una versión arreglada para flauta sopranino, cuerda y continuo de la Sinfonia de su serenata a tres La Senna festeggiante, RV 693 [1726], en cuyo Allegro inicial se realizó un buen trabajo sobre el unísono en los instrumentos altos, mientras que el continuo efectuó una visión muy colorista, con gran aporte de virtuosismo y tímbrica por parte de Makiko Kurabayashi [fagot barroco]. El Andante molto se sostuvo con elegancia sobre una flauta alto y un continuo en pizzicato, en unas articulaciones muy personales de los instrumentos melódicos, con los violines remarcando un vibrato bastante poderoso. El Allegro molto conclusivo mostró una equilibrada y muy bien trabajada contraposición por bloques entre la cuerda y las flautas. De todos los conciertos de flauta compuestos por Vivaldi, el conocido por el sobrenombre de La notte [Concierto en sol menor, op. 10, nº 2, RV 439] es probablemente el más conocido. Interpretado aquí en versión para flauta de pico –el original es para traverso–, se planteó sobre un buen trabajo en la concertación, con una Oberlinger de enorme virtuosismo, expresivamente muy convincente, con un trabajo sobre los trinos de enorme pulcritud, demostrando una vez más su voz propia y tan personal, con accelerandi muy libres, en un derroche de energía y furore «vivaldianos» de gran impacto. Estuvo apoyada –en esta versión en la que se omitieron algunos de los movimientos– por un continuo que aportó mucha calidez, color e imaginativa expresividad –especialmente en el archilaúd–, con una labor remarcable por parte de Olga Watts [clave], desarrollando un continuo de gran efectismo y de un control rítmico de gran firmeza. Por último, otro ejemplo más del compositor veneciano dentro del género concertístico, con el Concierto para flauta de pico, cuerda y continuo en do menor, RV 441, interpretado con flauta sopranino. De nuevo, una lección de virtuosismo, de exigencia técnica, de solvencia en la digitación y de gestión del aire, por más que el cuidado del sonido –especialmente en los picos de agudos– parece no ser una obsesión para Oberlinger, que incluso da la sensación de que uso esto como un recurso expresivo. En general, un acompañamiento muy equilibrado y un trabajo de conjunto de redondo resultado, en el que la flautista ejerció de directora en ciertas entradas a través de la respiración.

   A excepción de una pequeña «broma musical» para concluir la primera parte [Ciaccona «Der Nachtwächter» de la Serenade à cinque, C 75, c. 1670 de Heinrich Iganz Franz von Biber (1644-1704), con Wolf ataviado del «vigilante nocturno», ataviado con un gorro y archilaúd al hombro, que fue interpretada por una Lys excesivamente lírica, acompañada por el pizzicato en la cuerda y con los intérpretes abandonando el escenario poco a poco], y de la curiosidad musical ofrecida para iniciar la segunda parte [Dream (1948), de John Cage (1912-1998), en arreglo para violonchelo y laúd], que funcionó sorprendentemente bien, gracias a una implicada y elegante interpretación formada por Testori y Wolf], el resto del programa estuvo protagonizado por música compuesta en Inglaterra, con George Frideric Handel (1685-1759) como protagonista, además del aporte de John Dowland (1563-1626), de quien se interpretó una versión libre de su canción «From silent night», extraída de la colección A Pilgrimes Solace [1612], aprovechando que esta colección recoge una instrumentación bastante amplia; Lys ofreció una lectura de sutilezas, con una excelente dicción, aunque quizá un poco fuera de estilo para un canción de esta escritura, que fue acompañada por un diálogo muy elegante con el violín barroco de Sinkovsky y un continuo muy refinado en chelo barroco y archilaúd.

   De Handel se ofrecieron varias arias y dúos de algunas de sus óperas y oratorios. Entre las primeras, Silla, HWV 10 [1713], y Partenope, HWV 27 [1730], cuyas arias «Dolce nume de’ mortali» [acto II] y «Furibondo spira il vento» [acto II], dieron la posibilidad de escuchar al fin al Sinkovsky contratenor, que demostró que lo suyo con el canto no es flor de un día. Es un cantante de notables virtudes: posee un bello y noble timbre, muy redondo y cálido, una buena proyección, es muy expresivo y presenta unas capacidades importantes para acometer con solvencia la coloratura, además de un amplio registro que mantiene con notable homogeneidad. Tiene algunas carencias –las cuales, a buen seguro, lograría pulir dedicándole más tiempo al arte canoro–, pero ya quisieran algunos falsetistas, de los que dedican todo su tiempo al arte del canto, tener la capacidad y la solvencia que presenta el ruso, quien es capaz de dirigir –nada muy exigente, cierto es– mientras canta. Para concluir, tres pasajes del extraordinario oratorio Solomon, HWV 67 [1748], comenzando con la archiconocida Arrival of the Queen of Sheba [acto III], interpretada por el tutti con vigor, en una particular versión para dos flautas sopranino, un buen trabajo en los pasajes a unísono, con llamativos adornos en el violín de Sinkovsky y una energía arrolladora. El aria «Will the sun forget to streak» [acto III] presentó a Marie Lys acompañada por un oboe barroco de Emiliano Rodolfi –que se encargó de acompañar a Oberlinger con criterio en las piezas a dos flautas a lo largo de todo el concierto– de sonido y afinación cuidados, aunque algo pleno expresivamente, en un diálogo en el que la soprano pareció contagiarse de esa falta expresividad, bastante mecánico entre ambos. Concluyó la velada con el dúo «Welcome as the dawn of day» [acto I], en el que se apreció una evidente diferencia de dramatismo entre ambos –uno por demás y otra por carencia–, aunque con los dos estuvieron vocalmente correctos, presentando un sólido y hermoso diálogo de grandes momentos en la afinación, además de un balance muy logrado con un acompañamiento instrumental conformado por dos violines [Jonas Zschenderlein y Christian Voss, ambos muy sólidos a lo largo de todo el concierto, con este último desdoblándose en las obras con viola], sendas flautas contralto y continuo.

   En definitiva, un concierto de nivel, qué duda cabe, en el que se hubiera agradecido algo menos de espectáculo y un poco más de argumento en la elección del programa. Más allá de un soberbio espectáculo escénico, esto puede convertirse en un problema si a estos intérpretes se les despoja de este carácter de menor seriedad y abigarramiento del que parecen huir. Los momentos más «serios» de la velada fueron los que más problemas interpretativos presentaron. Por otro lado, conjugar a rutilantes estrellas de este calibre es un mismo escenario, y hacerlo con acierto, tampoco resulta un ejercicio sencillo. Habría sido interesante comprobar qué hubiera aportado Prohaska en este sentido, dado que Lys –una cantante de perfil más bajo por el momento– se acopló muy bien a las exigencias de la velada y aportó más soluciones, aunque no fueron especialmente brillantes, que problemas –un ego más contra el que luchar–. Por tanto, espectáculo sí, ¿cómo no?, pero con cierto criterio. Aún con todo, estoy seguro de que los asistentes se fueron a casa con una sonrisa y una sensación de bienestar, así que poco importa lo que se pueda decir al respecto.

Fotografías: Rafa Martín/CNDM.

Autor:Mario Guada
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