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Crítica: Franco Fagioli e Il Pomo d'Oro triunfan en el Teatro Real

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23 de marzo de 2017

Memorable estreno del contratenor argentino en el escenario del Real, con un recital de más de dos horas y media de duración en el que conquistó al público madrileño.

¡VIVA NAPOLI!

   Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 22-III-2017 | 20:00. Teatro Real. Música de Domenico Sarro, Nicola Popora, Johann Adof Hasse, Leonardo Leo, Leonardo Vinci, Giovanni Battista Pergolesi, Angelo Ragazzi, Pasquale Cafaro y Gennaro Manna. Franco Fagioli • Il Pomo d’Oro | Dmitry Sinkovsky.

   La historia de la música occidental está plagada de etiquetas, de cajones de estilos que se han ido unificando en base a una serie de convenciones, la mayoría de las ocasiones más artificiales que naturales, tras las que subyace, en no pocos casos, un interés alejado del puramente musical. Sea como fuere, lo que hoy día se conoce como barroco napolitano es una especie de variante propia del estilo italiano imperante en la época, que puede en cierta forma unificarse en torno a unos rasgos estilísticos –si es que eso es acertado– similares, bajo esta etiqueta de napolitano, bien por el origen de sus autores, bien por el desarrollo de parte de sus carreras en dicha ciudad, recordémoslo, uno de los centros musicales y operísticos más importantes entre finales del XVII y buena parte del XVIII. Arias para Caffarelli es precisamente esto, una conjunción de obras de esta etiqueta musical, en un recital en el que tanto el propio Gaetanno Majorano (1710-1783), llamado Caffarelli –uno de los grandes castrati del momento–, como Pietro Metastasio (1698-1782), el célebre libretista, autor aquí de la totalidad –excepto uno– de los libretos escogidos para su musicalización, fueron los grandes protagonistas.

   Se trata de un repertorio que tanto Franco Fagioli como Il Pomo d’Oro conocen bien, como atestigua la grabación homónima que el sello Naïve sacara al mercado en 2012. Ya entonces Fagioli se mostraba al mundo como un prometedor cantante, en el que suponía su primer gran registro como protagonista. Pero ya ha llovido, y aquel Fagioli prometedor se ha convertido, a todas luces, en una sólida figura que deslumbra sobre el escenario. El recital se estructuró en torno a doce piezas, dividas en sendas partes de seis, con una generosa pausa entre ellas. En ambas una estructura pareja: arias de bravura precedidas por fragmentos puramente instrumentales, que se intercalaban con arias de corte lento y más expresivo, con lo que poder mostrar todas las capacidades del contratenor de sangre española e italiana. Por su puesto, la ópera napolitana como protagonista absoluta, con autores como Domenico Sarro (1679-1744), Nicola Porpora (1686-1768) –al que Fagioli dedicó en su día un esplendoroso registro discográfico–, Leonardo Leo (1694-1744), Leonardo Vinci (1690-1730), Giovanni Battista Pergolesi, Pasquale Cafaro (1716–1787) y Gennaro Manna (1715-1779), quienes sin duda hicieron magníficas aportaciones al género operístico y a ese llamado estilo napolitano. La selección, repleta de belleza, presentaba arias en su estructura reinante en la época, el da capo, bien conocida con la repetición de su parte A para que el cantante pudiera lucirse con las ornamentaciones en gran medida improvisadas. Son obras extensas, repletas de virtuosismo y creadas en muchos casos pensando en un cantante concreto –en este caso Caffarelli– y en sus mayores cualidades, para conseguir con ello el máximo rendimiento y lucimiento del mismo. Es música brillante, ligada al espectáculo, pero qué duda cabe, realmente hermosa y de mucha calidad. Autores como Porpora, Leo o Vinci se muestran aquí como lo que son, auténticos maestros de la creación operística. Y por supuesto, el único no estrictamente napolitano –aunque su escritura sí pueda adscribirse en parte a ese constructo–, Johann Adolf Hasse (1669-1783), que deslumbra una y otra vez como el excepcional compositor y melodista –en el mejor sentido del término– que es.

   Realmente asistimos a una velada de las memorables en el Real. Franco Fagioli –que actualmente reside en la capital– se estrenaba en las tablas madrileñas, y a fe que no lo pudo hacer de manera más brillante. El argentino, que es más una mezzosoprano de coloratura que un contratenor, posee una extensión vocal amplísima –de las más apabullantes de la actualidad–, con un agudo que fluye muy natural y con poderío, aposentado de manera fantástica sobre un registro medio generoso y muy pulido, que alcanza a desarrollar en la zona grave de forma sorprendente, consiguiendo un paso de la cabeza al pecho muy homogéneo y refinado. Si bien el uso del pecho en su registro, diremos natural, esto es masculino, era algo que los castrati no podían hacer de la misma forma que se hace en la actualidad, Fagioli lo utiliza de manera muy inteligente y solvente para impactar sobremanera con pasajes en lo que sobrepasa fácilmente las dos octavas de extensión –realmente impactante en el aria de Manna con el que concluyó el programa–. Es técnicamente un cantante excepcional, con un ataque certero, bien sustentado, con una línea elegante y ductil, de gran proyección, con un fantástico dominio de las dinámicas bajas, una excepcional afinación y una facilidad para la coloratura que ya quisieran muchas mezzosopranos. Para muchos, entre los que me encuentro, Fagioli es en parte fruto del Bartolismo [Cecilia Bartoli], pero bien entendido, y es que muchos de sus ademanes vocales y escénicos, sus ornamentaciones, el repertorio, e incluso hasta el timbre, recuerdan en mucho a la diva romana. Y no siendo esto negativo, sino todo lo contrario, Fagioli ha sabido hacer de ello un elemento muy personal, lo que, conjugado con sus numerosas cualidades, lo han convertido en un excepcional cantante, sin duda actualmente entre los mejores falsetistas de su generación –y son muchos–. Fagioli, que es además un gran animal escénico, no es solo pirotecnia y virtuosismo vacío, como así dejó patente en varias de las arias de mayor lirismo, en las que se mostró tremendamente expresivo. Es precisamente aquí donde se demuestra si esos cantantes tan dotados técnicamente son verdaderos artistas. Debemos considerar a Fagioli como tal.

   Extraordinario el concurso del conjunto Il Pomo d’Oro, comandado por el excepcional violinista barroco Dmitry Sinkovsky, que sigue demostrando ser capaz de mantenerse entre los ensembles más grandes en los últimos años, a pesar de los convulsos tiempos que ha vivido recientemente. Como acostumbra, encomienda casi la totalidad de su éxito a una sección de cuerda absolutamente fantástica, muy pulida y extraordinariamente trabajada. Siempre me ha parecido, tanto en directo como en grabaciones, lo mejor del conjunto. No es tan fácil como parece encontrar hoy día un conjunto barroco con una sección de cuerda de sonoridad tan tersa, límpida, equilibrada y expresiva, o con un trabajo tan ejemplar como el suyo en las dinámicas, por ejemplo. Para la velada utilizó una formación compuesta por 4/3/1/2/1, a priori quizá peligrosa para el balance, pero que solventó de manera excepcional merced al savoir faire de sus miembros. Impecable labor de todos y cada uno de los violinistas, con especial mención para el violista barroco Giulio Dalessio, que tuvo que bregar con un programa exigente en solitario, y que especialmente en el Adagio e Fuga [Grave e Fuga] en Sol menor, de Hasse –problemática la atribución de la obra, para muchos más una composición de Franz-Xaver Richter que del propio Hasse–, demostró su impecable nivel, no solo solventando solo la compleja línea de viola, sino dando una verdadera clase magistral de energía, sonoridad y capacidad técnica. Fue absolutamente admirable. Fantástico también el trabajo del continuo, compuesto para la ocasión por Ludovico Minasi y Cristina Vidoni [violonchelos barrocos], Nicola Dalmaso [contrabajo barroco] y Federica Bianchi [clave]. Se echó de menos el aporté de la cuerda pulsada, que siempre le da ese toque de colorido tímbrico e imaginación al continuo. Notable el aporte de las trompas barrocas de Ricardo Rodríguez y Francesco Meucci, con sus líneas siempre complicadas y exigentes, que fueron liberadas de los habituales problemas de afinación cuando se tañen en directo, lo cual es de agradecer y demuestra el gran nivel de su intérpretes.

   Sinkovsky sigue siendo uno de los violinistas barrocos más dotados en lo técnico y en lo musical de cuantos haya visto desde hace mucho. Su capacidad técnica sobrepasa en tanto, programa tras programa, las obras a las que se enfrenta, que es capaz de dedicarse a otro tipo de menesteres durante sus conciertos. Ayer, como director de la agrupación, se dedicó con profusión a los detalles, bien desde el violín, o simplemente violín en mano y dirigiendo con la mano sobrante. Gusta de aportar versiones muy enérgicas, a veces hasta un punto agresivas –esto le diferencia notablemente de las lecturas aportadas por Riccardo Minasi en su etapa al frente del conjunto y en la grabación que protagonizó el programa de este concierto–, recordando incluso, en el Grave e Fuga de Hasse, la legendaria versión de Reinhard Goebel al frente de Musica Antiqua Köln. Precisamente en su labor ante el conjunto, a la que sumar la de Minasi, radico el magnífico éxito de la cuerda de este ensemble. Aunque no fue tan protagonista como en su reciente concierto junto a la soprano rusa Julia Lezhneva, todavía tuvo algún momento para su lucimiento personal, especialmente en una de las arias del Adriano in Siria de Pergolesi, en la que el protagonista y el oboe solista –intercambiado aquí por el violín de Synkovsky– interpretan un hermoso y virtuosístico juego de eco y diálogo, en el que el violinista ruso aprovechó para introducir alguna de sus imaginativas ornamentaciones. No mostró esta vez sus notables dotes canoras como contratenor, quizá para evitar levantar suspicacias en una noche en la que Fagioli debía ser el verdadero protagonista.

   Sin duda, un recital para el recuerdo, el de un Fagioli en estado de gracia, que consiguió meterse en el bolsillo al público que, si bien no llenaba, si acudió con avidez de escuchar el gran falsetista argentino, quien, entusiasmado y emocionado con la acogida, dedicó unas cuantas palabras al mismo, así como tres arias fuera de programa: la fantástica Vo solcando un mar crudele, del Artaserse de Vinci –uno de los roles que le lanzaron al estrellato–; Crude furie, del Serse händeliano, y el celebérrimo Ombra mai fu, también de Il caro Sassone, con lo que terminó de embelesar al entregado público del Real, que hubiera permanecido allí durante otras casi tres horas más.

Fotografía: franco-fagioli.info

Autor:Mario Guada
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