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Crítica: "Guillaume Tell" con Celso Albelo en la Ópera de Monte-Carlo

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28 de enero de 2015

CONJURANDO A PROPIOS Y A EXTRAÑOS

Por Alejandro Martínez

25/01/2015 Ópera de Monte-Carlo: Salle Garnier. Rossini: Guillaume Tell. Nicola Alaimo, Celso Albelo, Annick Massis, Mikeldi Atxalandabaso, Julia Novikova y otros. Gianluigi Gelmetti, dir. musical. Jean-Louis Grinda, dir. de escena.

    Si hay un papel al que los tenores tengan una mezcla recóndita de respeto y pavor, ese es el Arnold de Guillaume Tell. No repetiremos aquí la consabida historia sobre su estreno parisino de 1829 con Adolphe Nourrit, destronado éste más tarde por Duprez, que protagonizó en Lucca, en 1831, la premiére italiana de esta partitura. Y sin embargo a casi todos los grandes tenores del pasado (de Gedda a Merritt pasando por Pavarotti, en estudio) y a los del presente (pensemos en Kunde o en Flórez, más recientemente) la tentación de cantarlo y superarse a sí mismos les ha cautivado.

   El último tenor en sumarse a esta fascinación ha sido Celso Albelo, que regresaba una vez más a la bellísima Ópera de Monte-Carlo, donde ya había cantado antes en un par de ocasiones (Rigoletto en 2011 y Sonnambula en 2013). Y lo hacía para dar voz a una parte que cantase en este mismo teatro ni más ni menos que Tamagno allá por 1900, según se puede rastrear en las crónicas incluidas en el programa de mano. A la vista de los resultados, cabe afirmar que la madurez interpretativa y vocal de Celso Albelo es ya indudable. En su reciente entrevista para Codalario nos brindaba un titular sonoro, al afirmar que no es ningún imitador barato de Kraus. Ni falta que le hace, me permito agregar. Con infinito respeto y admiración por el legado de don Alfredo, lo cierto es que cada cual tiene sus méritos, sus medios y su personalidad. Y Albelo se ha labrado una trayectoria propia durante estos diez años sobre los escenarios, cerrando las bocas que lo cuestionaban una y otra vez. Ya le dijeron que se arruinaría la voz cuando debutó Rigoletto y seguro que más de uno clamó al cielo cuando vio anunciado su previsto debut con Guillaume Tell. Pues bien, Albelo se ha superado a sí mismo una vez más, yo diría que más nunca, y sólo cabe quitarse el sombrero ante quien debuta una parte de esta entidad con semejante solvencia, conjurando a propios y a extraños. Y no ya por su brillante resolución de la consabida escena del cuarto acto, con su cabaletta rematada con un do pletórico que Albelo sostiene por espacio de diez segundos. Hay mucho más en su Arnold: desde una más que digna resolución de las páginas con agilidades y coloratura, con las que nunca sintió una especial afinidad, a su espléndida su intervención al conocer la muerte de su padre, con una media voz de bellísima factura. Además de todo eso hay una elaboración medida y sentida del rol, actuado con convicción y entrega. Así las cosas, y a la vista de sus resultados con esta parte, no sería ninguna locura que Albelo se plantease cantar Werther y Roméo en los próximos años, no tardando mucho.

   El rol protagonista recaía en esta ocasión en el joven barítono italiano Nicola Alaimo, sobre quien ya nos habíamos pronunciado recientemente, al hilo de la Luisa Miller de Lieja junto a Kunde y Ciofi. Ciertamente sus medios, sonoros y con un centro muy apreciable, casan muy bien con la parte de Tell, que ya cantase en el festival de Pesaro y que le llevará también a los Estados Unidos en la próxima temporada. Con su figura colosal transmite perfectamente en escena esa idea de un Tell que lleva sobre sus espaldas la opresión de su pueblo. 

   La soprano francesa Annick Massis resolvió de un modo absolutamente impecable la parte de Mathilde. En su repertorio natural, se mostró brillante en el canto spianato e intachable en la resolución de las agilidades. Es curiosa, dicho sea de paso, su trayectoria, cosechando un repertorio muy concreto, al margen de estrellatos fugaces, de algún modo sin ser nunca una de las más grandes, pero bordando siempre no obstante sus intervenciones con un oficio intachable y un material de primera. Sin gozar de la popularidad de una Dessay, de una Damrau o de una Ciofi, lo cierto es que parece ahora sobrevivirlas a todas con una fiabilidad que aquellas ya difícilmente ofrecen.

   El también español Mikeldi Atxalandabaso se ocupaba una vez más de la parte del pescador Ruodi. El tenor vasco bordó su cometido, como no podía ser de otra manera a estas alturas. Tras decenas de representaciones de Guillaume Tell, canta esta parte con la insultante facilidad de quien se prepara una ensalada o cocina una tortilla. Julia Novikova, quien fuera la Gilda del funesto Rigoletto filmado en Mantua con Plácido Domingo, era aquí la encargada de dar voz a Jemmy, el hijo de Guillaume Tell, cometido que resolvió con esmero escénico y buen hacer vocal.

   Orquesta y coro titulares rindieron a un nivel francamente estimable, espoleados por la batuta siempre vibrante (a veces incluso en demasía) de Gianluigi Gelmetti, que dispuso un Tell bien contrastado, de concertación eficaz, con la dosis necesaria de lirismo y, como decíamos, siempre brioso y agitado. Cabe insistir en la estupenda labor del coro, preparado por Stefano Visconti, con una parte ciertamente exigente para ellos en esta partitura.

   La producción Jean-Louis Grinda, a la sazón director artístico de la Ópera de Monte-Carlo, no reviste gran brillantez, habida cuenta de su previsible convencionalismo. De corte absolutamente clásico, con decorados de Érich Chevalier, vestuario de Françoise Raybaud, iluminación de Laurent Castaingt y coreografía de Eugnénie Andrin, no es sino una propuesta pegada a la literalidad del libreto, con apenas algunos guiños estimables en las coreografías. La factura como tal de la producción es intachable, con un buen trabajo de iluminación, con una dirección de actores plausible, pero en escena no sucede gran cosa.

Fotos: © Alain Hanel

Autor:Alejandro Martínez
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