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[C]rítica: «I manasdieri», de Giuseppe Verdi, en el Palau de les Arts

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15 de febrero de 2019

Casi una versión en concierto

Por José Amador Morales
Valencia. 09-II-2019. Palau de les Arts. Giuseppe Verdi: I masnadieri. Stefano Secco [Carlo], Roberta Mantegna [Amalia], Artur Ruciński [Francesco], Michele Pertusi [Massimiliano], Gabriele Sagona [Moser], Bum Joo Lee [Arminio], Mark Serdiuk [Rolla]. Cor de la Generalitat Valenciana. Orquesta de la Comunitat Valenciana. Roberto Abbado, dirección musical. Gabriele Lavia y Allex Aguilera, dirección escénica. Producción del Teatro San Carlo di Napoli y el Teatro La Fenice di Venezia.

   Tras la controvertida puesta en escena del Die Zauberflöte de Mozart el pasado mes de diciembre, el Palau de les Arts ha continuado la presente temporada con la presentación de I masnadieri. Un título ciertamente poco representado (aunque pudimos contemplarlo en el Palacio Euskalduna de Bilbao en octubre de 2017) que fue el primer encargo internacional de Giuseppe Verdi, accediendo el mismo compositor a dirigir su estreno londinense de 1847. No obstante, esta obra supone cierta pausa en la evolución musical del propio Verdi, que alcanzará el equilibrio entre música y drama con Rigoletto a través de avances significativos de la unidad de inspiración –en palabras de Massimo Mila– que supone esa arcada artística e imaginaria que se apoya en Ernani, Macbeth y Luisa Miller. Aun así y más allá del imposible libreto de Andrea Maffei, gran amigo de Verdi, I masnadieri contiene numerosos aciertos parciales que en una representación con un voces mínimamente cualificadas, una batuta ágil e intensa así como una propuesta visual que palíe en cierto modo los desajustes del libreto y proponga alternativas lógicas, puede llegar a ofrecer unos resultados satisfactorios. Desafortunadamente, no es el caso de la representación que comentamos en donde, a pesar de puntuales aciertos, en general no se cumplieron estas premisas.

   Para empezar porque hemos asistido a versiones operísticas en concierto con un concepto dramático más evidente y con una dirección de actores más trabajada sobre el escenario. El decorado inicial, una nave lúgubre con muros repletos de grafitis, ventanales rotos y lámparas, persiste sin apenas cambios a lo largo de toda la función y ese contexto da de sí para las escenas corales a las más íntimas, desde un castillo a un bosque, desde una capilla a una cueva… En cualquier caso, el público pareció más complacido con esta plana propuesta escénica si nos atenemos a las reacciones furibundas con las que recibió el trabajo de Graham Vick, la pasada Flauta mágica mozartiana, serio y competente más allá de lo discutible del concepto. Así pues, habida cuenta de la inhibición de la parte escénica, quedaba todo en manos de la musical.

   Tras la extraordinaria obertura, que contó con un fantástico y musicalísimo violonchelo solista, Roberto Abbado dirigió con brío y agilidad los primeros dos actos, logrando momentos de gran intensidad como el final del primer acto o la introducción del segundo. Para ello se valió de una brillantísima Orquestra de la Comunitat Valenciana y de un excepcional Cor de la Generalitat Valenciana. Sin embargo, conforme avanzó la representación el empuje inicial devino en un pulso irregular, resultando una evidente languidez y, sobre todo, falta de progresión dramática.

   El apartado vocal ciertamente fue homogéneo y, en términos generales, solvente por más que casi ninguno de los protagonistas se ajustase stricto sensu al perfil vocal exigido. Fue el caso de Stefano Secco, tenor lírico (en origen lírico-ligero) que ha venido ensanchando su registro central a costa de un agudo apretado y de emisión irregular. Su Carlo fue aceptable a despecho de un fraseo poco natural, debido a un fiato continuamente calculado, y en términos generales falto de arrojo. También exceso de cálculo y frialdad expresiva pudimos apreciar en la Amelia de Roberta Mantegna, de timbre un punto metálico, cuya importante materia prima parecía exceder continuamente las sutilezas de su parte (bien que afrontadas con una técnica convincente). Artur Ruciński fue justamente el más aplaudido de la velada pues, aunque posee un color poco atractivo y una línea de canto no especialmente expresiva, ofreció una importante entrega y capacidad comunicativa, haciendo crecer a su Francesco hasta el clímax de su escena del cuarto acto (el racconto «Pareami che sorto da lauto convito») sin duda lo mejor de la representación. Finalmente, Michele Pertusi compuso un estupendo Massimiliano, excelentemente caracterizado en lo escénico y en lo vocal siempre elegante y dotado de una conveniente autoridad, eso sí, cuando su canto no merodeaba los gastados extremos de su registro.

Fotografía: Mikel Ponce, Miguel Lorenzo/Palau de les Arts.

Autor:José Amador Morales
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