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Crítica: 'Il ritorno d'Ulisse', de Claudio Monteverdi, en Opera Atelier

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23 de abril de 2018

El héroe, el hado, el amor

   Por Giuliana Dal Piaz
Toronto. 19-IV-2018. The Elgin and Winter Garden Theatre Centre. Temporada 2017/2018 de Opera Atelier. Il ritorno d'Ulisse in patria, de Claudio Monteverdi. Libreto de Giacomo Badoaro. Dirección teatral: Marshall Pynkoski. Dirección de orquesta: David Fallis. Coreografías: Jeannette Lajeunesse Zingg. Escenas: Gabriel Gauci. Vestuario: Michael Legouffe. Luces: Michelle Ramsay. Director de escena: Natasha Bean-Smith. Orquesta: Tafelmusik Baroque Orchestra. Los humanos: Ulises – Kresimir Spicer, tenor; Penélope – Mireille Lebel, mezzo-soprano; Euricléa, nodriza – Laura Pudwell, mezzo-soprano; Melanto, dama de Penélope – Carla Huhanten, soprano; Eurímaco, amante de Melanto – Isaiah Bell, tenor; Telémaco, hijo de Ulises – Christopher Enns, tenor; Euméte, antiguo siervo de Ulises – Aaron Sheehan, tenor; Minerva – Meghan Lindsay; Júpiter – Kevin Skelton, tenor; Neptuno, dios del mar – Stephen Hegedus, bajo-barítono; Anfínomo – Kevin Skelton, tenor; Antinoo – Douglas Williams, basso-baritono; Pisandro – Michael Taylor, contratenor

   La puesta en escena de Il ritorno di Ulisse (El retorno de Ulises) de Claudio Monteverdi, que Opera Atelier presenta en estas fechas en Toronto, es un ambicioso proyecto en el que veo –sobre todo en su primera parte– dos fallos importantes: los personajes que entran en escena corriendo sin necesidad, contra toda regla teatral ante el enfoque trágico-moralizador de la obra, y la anticuada gestualidad de los intérpretes, inaceptable a los ojos de un público menos indulgente que la generosa audience canadiense. Me parece también inadmisible el hecho de que ninguno de los cantantes, con la excepción de Ulises, pueda pronunciar el texto italiano de manera correcta y comprensible: para los intérpretes de ópera barroca, es indispensable tener al menos una pasable familiaridad con el italiano, siendo éste la lengua por antonomasia del período musical histórico al que se dedican.

   El escenógrafo Gerard Gauci y la directora de luces Michelle Ramsay llevan a cabo una óptima labor con las posibilidades del histórico Elgin Theatre, y el director Marshall Pynkoski encuentra buenas soluciones para los aspectos “mágicos” de la trama, con Júpiter dialogando con Neptuno ex-machina y la llegada a Ítaca en vuelo de Telémaco, o con la roca que baja en el escenario para ocultar a Ulises mientras se transforma de mendigo en rey.

   No puedo alabar de la misma forma al vestuarista Michael Legouffe, que de plano no renuncia a “apretar” a cantantes y bailarines en estrechos corpiños y leotardos ceñidos.

   La ópera original tenía una duración de 3 horas y media abundantes, inaceptables hoy en día. Así que bien hizo el director en abreviar la obra con una serie de cortes hábilmente aportados y acordados con el director de orquesta, sin que se alterara de manera relevante la acción o la belleza del melodrama. Sin embargo, la decisión de transformar al antiguo siervo de Ulises, Eumete, en un jovencito de la misma edad que Telémaco (¿por qué?), y de eliminar, quizás incluso para ahorrar, al icástico personaje de Iro, hace desaparecer unos elementos útiles a la atmósfera de la acción...

   El Retorno es una de las obras tardías de Monteverdi, creada para el teatro San Cassiano de Venecia en 1640, cuando el compositor ya estaba viejo, apenas 3 años antes de su muerte. El libreto de Badoaro refleja bien –como en las palabras de Mercurio, otro personaje eliminado del cast: “Vive cáuto, o mortal, que camina la vida y el tiempo vuela...”–, el estado de ánimo del autor cuando se dedica a poner en música la parte conclusiva de la Odisea, con sus protagonistas ya maduros, desgastados por veinte años de vagancia en lucha con el Hado, el uno, y por una infinita, dolorosa espera, los otros.

   La orquestación del maestro David Fallis es impecable, así como la ejecución de los 17 instrumentistas. Una excelente interpretación la proporcionan, tanto desde el punto de vista vocal como a nivel actorial, el tenor Kresimir Spicer (Ulises), la soprano Carla Huhtanen (Melanto/la Fortuna) y la mezzo-soprano Laura Pudwell (la nodriza Euriclea, que brilla en su monólogo: “Ericlea, ¿qué harás? ¿Callarás o hablarás?). Decepciona un poco, en la primera parte del espectáculo, la mezzo-soprano Mireille Lebel (Penélope), que sin embargo vuelve a encontrar el justo ritmo teatral y vocal en la segunda parte. Son buenos los bajo-barítonos Stephen Hegedus (muy teatral en el papel de Neptuno, pero fuerza y timbre de su voz son satisfactorios) y Douglas Williams (Antínoo/un marino/el Tiempo). También convence el tenor Isaiah Bell (un gallardo Eurímaco /un marino/ la Humana Fragilidad –luce demasiado retórico en este último rol–, mientras que no satisfacen ni la soprano Meghan Lindsay (Minerva/Amor) ni los demás tenores: entre ellos, Kevin Skelton (Anfínomo/Júpiter) tiene la mejor voz por su timbre dulce y la correcta impostación, pero le falla la potencia necesaria.

   En las producciones de Opera Atelier, siempre hay números de baile, resultando éstos bien hechos pero estereotipados, a pesar de que, a lo largo del tiempo, el cuerpo de baile ha ganado en soltura y cierta sprezzatura. La vida activa de un bailarín tiene a su disposición un arco de tiempo bastante limitado y definido: hay una persona, en cambio, que prefiere volverse la Gloria Swanson del ballet, resultando casi un obstáculo, en vez que una contribución, al fluído deslizarse de los bailarines en el escenario; debería sabiamente limitarse a la ideación de las coreografías, en vez de seguir contando con la indulgencia de un público que la quiere por lo que fue, mucho menos por lo que es ahora. Sobre todo teniendo en mente que pronto Opera Atelier se presentará al Festival Rossini en Pesaro (con Richardo y Zoráides) y en la Royal Opera House de Versailles...

Fotografía: Bruce Zinger.

Autor:Giuliana Dal Piaz
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