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[C]rítica: Jean Rondeau cierra el ciclo «Partitas bachianas» de la Fundación Juan March

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25 de octubre de 2018

El joven clavecinista francés ofrece un recital con momentos superlativos, corroborando que se trata de unos de los intérpretes de mayor impacto en la tecla de la última década.

Vida más allá de las notas

   Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 20-X-2018. Fundación Juan March. Partitas bachianas [Conciertos del sábado]. Obras de Johann Jakob Froberger y Johann Sebastian Bach. Jean Rondeau.

   En 1981, un jovencísimo y transgresor clavecinista estadounidense, que se estaba formando en París –donde había ingresado tan solo dos años en el Conservatoire National Supérieur, tras un breve período de formación en Nice–, alcanza el Primer premio en el prestigioso Internationale Wedstrijden Musica Antiqua Brugge [Concurso Internacional de Música Antigua de Brujas], en la modalidad de clave. Entre el jurado, auténticas leyendas del instrumento, como Gustav Leonhardt, Kenneth Gilbert o Colin Tilney. Aquel momento vio nacer una estrella, cuyo nombre, Scott Ross, pasaría a engrosar la lista del Olimpo de los dioses clavecinísticos, en la que solo unos pocos tienen en el honor de figurar en la historia. Ross llamaba poderosamente al público por su imagen de chico malo, descuidado: barba dejada y espesa, pelo despeinado, pantalones pitillo, chupa de cuero, cigarro en boca… Todo lo que un intérprete de música «clásica» no debería ser. Sin embargo, su inconmensurable talento, su desmedida capacidad técnica y su superlativa inteligencia musical le convirtieron en una leyenda, agrandada en buena medida por su temprana ausencia, con tan solo 38 años, dejando una carrera increíble tras de sí y un futuro tan prometedor como incierto.

   Algunos años después, y ya en pleno siglo XXI, un joven clavecinista francés llamado Jean Rondeau –qué acertado apellido– irrumpe en escena. Las comparaciones son odiosas, pero en este caso razonables: pelo largo y supuestamente despeinado, barba aún más espesa y desaliñada, aspecto supuesamente descuidado y vestimenta informal para lo que se espera de alguien que toca el clave. Nada raro si no estuviéramos en los 2010. Pero es que este joven galo se proclamó vencedor, en 2012 y en aquel mismo concurso belga –ahora al auspicio del MAfestival–, con un jurado compuesto por algunas de las figuras más trascedentes del clave actual: Kenneth Weiss, Skip Sempé o Menno van Delft. Y es que, de no ser precisamente por Ross, Rondeau se hubiera convertido en el clavecinista más joven de la historia en alzarse con el que está considerado como el concurso más valorado en el mundo para el instrumento. Parece que el destino ha tejido un fino hilo entre ambos. Queda lo más importante, comprobar si es más parecido a Ross de lo que sus «pintas» y un concurso parecen sugerir.

   Pues bien, dada su trayectoria, el triunfo de crítica y público, la excelencia de sus grabaciones y su insultante juventud, parece que ambos tienen mucho en común; solo una diferencia, si Ross causó un enorme impacto en su momento debido a su aspecto, poco impresiona en pleno 2018 ver a un intérprete de espesa barba, poblada y despeinada cabellera, camisa blanca remangada, pantalones azulados y botines marrones sobre el escenario. Lo que sí lo hace es su descomunal capacidad interpretativa, su solvencia sobre el escenario y su madurez musical, a pesar de contar apenas con 28 años. Presentó sobre la tarima de la Fundación Juan March un exquisito programa que imbricaba la obra de Johann Sebastian Bach (1685-1750) –para concluir la integral de las seis Partitas para clave que se venían interpretando en los conciertos anteriores del ciclo Partitas bachianas– con la de Johann Jakob Froberger (1616-1667), uno de los clavecinistas, organistas y compositores más talentosos del siglo XVII en Europa, que supone, como pocos, la mixtura del estilo francés, italiano y alemán de manera más brillante. Se trata, en este caso, de una obra de claros tintes franceses, con referencias permanentes al llamado Style brisé heredado de los laudistas galos, y con una hondura expresiva absolutamente subyugante. Es música intelectual y emocional a partes iguales. Que en Froberger su mixturan de forma extremadamente refinada los diversos estilos nacionales del momento, algo en lo que sin duda precede –aunque sin igualar la genialidad sin parangón– a la música para tecla del Kantor, es algo quedó ampliamente demostrado en su Partita en Mi mayor, FbWV 607, primera de las suites de su Libro Quarto de 1656, una colección de obras organizadas por géneros que incluía tocatas, ricercares, capriccios y suites –que también aparecen bajo la nomenclatura de partitas–. Esta impresionante suite consta de cuatro danzas, comenzando por una subyugante Allemande –casi a la manera de un Prélude a la francesa, sin duda uno de los momentos más memorables del recital–, a los que siguen una Gigue –en compás ternario–, una Courante y una maravillosa Sarabande conclusiva. La lectura que ofreció Rondeau dejó ya constancia de algunas de sus capacidades, en la que destaca su relajada ortodoxia –algunas repeticiones y planteamientos que quizá puedan irritar a los más puristas–, su notable imaginación –maravilloso el manejo del color y el uso de los dos teclados–, su descollante dominio técnico y su apabullante impacto expresivo. La Allemande inicial simplemente es capaz de descomponer al más sereno por su belleza y hondura.

   A partir de ahí, el puro recital bachiano, comenzando por la Partita para traverso en La menor, BWV 1013 –en un arreglo para clave de Stéphane Delplace–, que fue, no obstante, quizá lo más flojo del programa, tanto por el poco acierto de Rondeau en algunos momentos como por la propia transcripción, que no acaba de funcionar como el original o los arreglos para otros instrumentos melódicos existentes –escúchese la magnífica versión de Rachel Podger para violín barroco–. Rondeau acometió entonces la última de las partitas que quedaba para completar la integral, la n.º 2 en Do menor, BWV 826. Se trata de una obra maravillosamente distinta en su concepción, ya desde su propio inicio, con esa Sinfonia tripartita que sumerge al oyente de pleno en el mundo de las cantatas sacras –cuya introducción dramática y lenta se concibe en términos casi orquestales, con acordes masivos, y a menudo disonantes, expresivos silencios y algunos «solos» en la mano derecha; el resto del movimiento consiste en una escritura a dos partes, pero de tal variedad y riqueza que nunca suena insuficiente–. Tras una serie de habituales danzas [Allemande, Sarabande, Courante –de claros tintes franceses– y dos Rondeaux], Bach se guarda otra sorpresa para el final, un delicioso y complejo Capriccio que combina los grandes intervalos de los Rondeaux –expandidos aquí hasta la 10.ª– con tres secciones de un refinadísimo contrapunto imitativo. Rondeau retomó la senda de Froberger, con algunos fallos de notas, pero una lectura clarividente del intrincado contrapunto bachiano, una visión muy imaginativa de los pasajes más ornamentados y una capacidad de impactar con el sonido que no está al alcance de muchos clavecinistas.

   Para el final, un golpe de efecto… ¡Y vaya si lo dio! Atreverse en directo con la monumental y celebérrima Ciaccona de la Partita n.º 2 para violín solo, en Re menor, BWV 1.004, es un ejercicio casi de inconsciencia interpretativa, pues son muy pocos los que logran salir indemnes del mismo. Creo que no he escuchado antes –solo en algún que otro registro discográfico; pero estos llevan trampa– una versión tan absolutamente impresionante de esta obra. No es solo que Rondeau saliera indemne –extrañamente, dado que estuvo fallón en ciertos momentos del recital– del complejísimo entramado contrapuntístico de la obra –en una versión para clave de la transcripción pianística llevada a cabo por Brahms–, sino que su planteamiento de la megalítica estructura arquitectónica concebida aquí por Bach resultó diáfano y clarificador al extremo. Las secciones y la concepción armónica –en buena medida brahmsiana– se mostraron con una luz nueva, una óptica clarividente y tremendamente impactante. Solo por esta Ciaccona, la presencia de Rondeau sobre un escenario ya queda totalmente justificada.

   Por si fuera poco, el galo tuvo a bien regalar, en un hermoso y delicioso cambio de registro, una obra fuera de programa con la que rendir homenaje al gran François Couperin (1668-1733) en el año de su efeméride. Lo hizo con una versión delicada, sinuosa, ligera pero profunda y casi espiritual de esa maravilla llamada Les Barricades Mystérieuses, ofreciendo otra versión para guardar largo tiempo en el recuerdo. No todo está en las notas, eso es algo que quedó patente en este recital. Siempre se agradece si las notas están en su sitio –cuantas más mejor–, pero la música debe ir más allá que todo eso, y a veces pasan sobre el escenario cosas inexplicables que la convierten en ese algo tan maravilloso que hace que seamos adictos a ella. Bendita adicción.

Fotografía: Fundación Juan March.

Autor:Mario Guada
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