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Crítica: La Madrileña, María Espada y José Antonio Montaño inauguran la edición especial de otoño del FIAS 2020 de la Comunidad de Madrid

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La orquesta historicista madrileña se une a la soprano extremeña para dar vida, con notable resultado, a un recorrido por algunos de los grandes nombres del Barroco europeo, incluyendo el de nuestro magnífico José de Nebra.

Recuperando las [buenas] sensaciones de la música en vivo

Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 05-X-2020. Basílica Pontifica de San Miguel. FIAS 2020 [XXX Festival Internacional de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid | Edición otoño]. Europa barroca. Obras de Antonio Vivaldi, Johann Sebastian Bach y José de Nebra. María Espada [soprano] • La Madrileña | José Antonio Montaño.

Hay un registro de Anna Magdalena Bach en el Libro de clave arreglando para soprano solista el recitativo y aria «Ich habe genug»/«Schlummert ein, ihr matten Augen», de la cantata BWV 82 de 1727 para bajo solista […], lo cual indica que preparaba la pieza para una actuación pública o privada.

Christoph Wolff: Johann Sebastian Bach. El músico sabio.

   El destino, que es caprichoso, ha querido que todo volviera a [re]comenzar como terminó para mí: con un concierto en el XXX FIAS [Festival Internacional de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid]. Concluyó con obras en el entorno veneciano del siglo XVII y [re]comenzó con una de las grandes figuras de la historia de la música ligadas a la Serenissima Repubblica: Antonio Vivaldi. Antes de que las vidas de prácticamente el mundo entero cambiasen de forma drástica aquel mes de marzo, el último concierto al que asistí formaba parte de la programación de ese FIAS que quedó inconcluso por el estado de alarma y el confinamiento de todo el país. Casi siete meses después, el empeño de la Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid, pero sobre todo de su asesor musical y director del FIAS, Pepe Mompeán, han vuelto a poner en liza la mayor parte de aquellos conciertos que quedaron sin poder llevarse a cabo –todos los dedicados a la música temprana a excepción de dos, que cuentan con intérpretes extranjeros que tienen complicado poder viajar a la capital madrileña–.

   Y casi siete meses después volví a pertrecharme con pluma, papeles y oídos para escuchar música en directo. Qué extraño ver un aforo tan reducido, sentirse tan lejos unos de otros y observar cómo las mascarillas se han adueñado ya de nuestras vidas. A pesar de todo, qué maravillosa es siempre la sensación de poder escuchar música en vivo, sentir las sinergias que se provocan entre los intérpretes y presenciar algo que se sabe tan frágil y sin duda efímero. Parece increíble, pero uno en siete meses puede llegar casi a olvidar estas sensaciones. Los intérpretes a los que tocó reinaugurar este FIAS 2020 fueron la soprano pacense María Espada y la orquesta historicista La Madrileña, que dirige su fundador José Antonio Montaño, quienes enfrentaron la interpretación de un programa titulado Europa barroca, un exigente y comprometido programa que reunía a dos de los más célebres e interpretados compositores del siglo XVIII [Vivaldi y Bach] junto a una figura menos conocida, pero cuya inclusión en este programa al lado de sendas figuras no hace sino reivindicar su posición –sin prejuicios, porque no ha de haberlos en su caso– como uno de los grandes autores del momento, no solo en España, sino en todo el continente. Me refiero a José de Nebra (1702-1768), un autor al que La Madrileña tiene una especial querencia, como demuestra su primera y reciente grabación [Pan Classics] dedicada al Oficio y Misa de difuntos del compositor bilbilitano, que nunca había sido grabado en su totalidad.

   Si bien este tipo de programas que mezclan autores y obras sin un hilo conductor excepcionalmente convincente no son muy del agrado de oyentes más especializados, sí son acogidos con notable regocijo por el público general, y como tal hay que entenderlos. Dicho lo cual, a nadie «le amarga un dulce», más cuando viene servido por compositores de la altura de Antonio Vivaldi (1678-1741) o Johann Sebastian Bach (1685-1750). Del primero se interpretaron sus dos obras dedicadas «Al Santo Sepolcro»: la Suonata a 4, RV 130 y la Sinfonia, RV 169. Dice Pablo Quipo de Llano en su magnífica monografía El furor del Prete Rosso. La música instrumental de Antonio Vivaldi [Antonio Machado Libros, 2005] que sendas obras forman parte de las tres únicas que se conservan dentro del género de la sonata a cuatro partes: «La distribución a quattro sin solista era una formación de muy larga tradición en la Italia barroca que se empleaba asiduamente tanto en sonatas o sinfonías de iglesia como en conciertos y sinfonías de tipo operístico. […] El género de la sonata a quattro, por norma identificado con la sonata o sinfonía da chiesa, se distinguía del concierto o de la sinfonía operística sin solista por su matiz arcaizante, que se concreta en una observancia más bien severa de la escritura contrapuntística y en la sobriedad del material melódico». Ambas son obras concebidas para dos violines, viola y bajo continuo, cuyas partes podían ser dobladas ad libitum y que se destinaron con mucha probabilidad a los oficios de Semana Santa en el Ospedale della Pietà. «En ambas piezas la comunión con la ortodoxia del género es absoluta, pues se trata, en efecto, de dos tradicionales sonate da chiesa que ilustran de modo paradigmático la retórica del repertorio sacro instrumental del Barroco». Son obras ambas de extraordinaria factura y de una hondura expresiva notable por buscada, como sucede con las sutiles disonancias, su escritura imitativa, el cromatismo y la casi punzante sonoridad de los motivos que se van yuxtaponiendo uno tras otros.

   Precisamente en este sentido, el trabajo de La Madrileña en la Suonata, que abrió el concierto, resultó muy interesante, con una cuidada suma de planos sonoros en las distintas entradas al inicio de la obra y un buen balance entre las líneas. Afinación en general correcta, sí hubo que lamentar algunos desajustes muy evidentes en primeros violines, que fueron subsanados poco después. La visión en profundidad y tempo concebida por Montaño resultó muy apropiada, se diría dentro de la normalidad, lo cual a veces resulta todo un elogio. Tras remarcar adecuadamente la tensión de la suspensión al final del movimiento inicial, llegó el fugado que construye el Allegro ma poco, con un mimado y equilibrado diálogo entre violines I y II, sustentado sobre una poderosa y firme base ofrecida por el bajo continuo. Importante empaque sonoro par una versión de notable nivel, que demostró la vía por la que iba a transitar el concierto. Por su parte, la Sinfonia, situada como penúltima obra de la velada, destacó por su refinamiento en el tratamiento de la disonancia y los marcados cromatismos de la obra, además de por un bien delineado contraste entre la gravedad del movimiento inicial con y la brillantez de la doble fuga en el segundo movimiento. El movimiento inicial presenta, en dos breves compases, una división a dos entre los violines II, lo que se agradece escuchando versiones con más de una voz por parte. Fueron, pues, dos visiones de Vivaldi de peso, con un trabajo de cierta entidad para una orquesta que parece tener vocación europea y que al menos busca vías con la que definirse y diferenciarse de sus colegas españoles.

   Tras la primera obra de Vivaldi se produjo el salto a la figura del Kantor de Santo Tomás de Leipzig, para ofrecer su celebérrima Suite-obertura n.º 2 en si menor, BWV 1067, una de los cuatro únicos ejemplos que se conservan de su producción para orquesta, compuestos –como indica el especialista Christoph Wolff– para los Ordinaire Concerten al frente del Collegium Musicum de Leipzig. La catalogada como segunda de las suites está datada, sin embargo, como la última de las cuatro, entre los años 1738 y 1739, y está prescrita para una orquesta de cuerda y bajo continuo, contando con el traverso como instrumento solista. Mezcla de estilos italianizantes y franceses, se trata quizá de la suite más conocida, gracias en buena medida a la célebre Badinerie que cierra la composición. La orquesta La Madrileña está bien trabajada de base, y aunque algunos de sus miembros varían de unos a otros proyectos, mantiene una base que hace que la sonoridad y un cierto nivel puedan mantenerse. Ofrecieron una versión de garantías –algo en que en Bach no es siempre asequible para cualquier conjunto–, comenzando por una Ouverture de un sonido muy compacto, con un balance muy bien equilibrado entre violines I//II, aunque con una presencia un poco distante de las violas. El trabajo del traverso en esta obra consiste no solo en mostrar el virtuosismo y cumplir con las necesidades que exige la parte solista, sino complementarse en el unísono en muchos pasajes con los violines, un detalle en absoluto menor y que no se debe pasar por alto. En este sentido, el concurso de Antonio Campillo en la Ouverture resultó de notable factura. Cuidada asimismo la afinación y el control del sonido y el aire, con fluidez en las articulaciones y agilidades. Solo hubo que lamentar algunos desajustes en la repetición de la sección rápida, que fueron solventados con celeridad por el intérprete. En general, el balance entre el solista y la orquesta estuvo bien controlado, aunque por momentos la orquesta pasó por encima del solista, algo no deseable en una obra como esta. La dirección de Montaño puede decirse bastante detallada, preocupado por las entradas, marcando con nitidez dinámicas y líneas instrumentales. Una concepción muy interesante en el contraste entre las secciones de esta habitual ouverture en estilo francés.

   El Rondeau fue interpretado con una lograda sensación de balanceo de la escritura de este compás de 2/2, con momentos muy brillantes llevados a cabo por los violines II, encabezados por Belén Sancho. El traverso realizó algunas ornamentaciones interesantes, que le hicieron destacar sobre la orquesta en varios momentos de calidad. La complejidad métrica y de acentos en la Sarabande fue resulta con diligencia, en un bonito diálogo entre violines I/II. Algunos desajustes en el unísono entre traverso y violines I fueron subsanados en la repetición del pasaje. Interesante y resuelta lectura de las Bourée I/II, con los chelos de Guillermo Martínez y Ester Domingo ejecutando con viveza su línea. El traverso fue engullido en algunos momentos por los violines I, que se destacaron de manera excesiva sobre la parte solista. Interesantes contrastes dinámicos en el inicio de la Polonaise y su Double, con el clave de Diego Fernández acometiendo un bello desarrollo del continuo. El diálogo entre traverso, chelo y clave de la sección central fue delineada con sutileza. Correcto el Menuet y final con una Badinerie en un tempo bastante ajustado –evadiéndose de la visión excesivamente virtuosística que suele buscarse–, con una notable lectura por parte de Campillo de los pasajes de figuraciones breves, con fluidez en el discurso, aunque acompañado por momentos con demasiado sonido en la orquesta. Una versión de nivel para una obra que puede marcar claramente la línea entre un conjunto de empaque de uno mediocre.

   Dos obras vocales de José de Nebra siguieron a la suite de Bach, dos páginas sin duda exquisitas y que sirvieron de clara muestra de la calidad del compositor aragonés, que en nada desmerece situado junto a dos de los grandes nombres del Barroco europeo. «Parce mihi Domine» es la Lección 1.ª de su Oficio de difuntos, compuesto para la reina Barbara de Braganza en 1758, que el conjunto acaba de grabar. Es una obra que destila refinamiento y delicadeza, que fueron plasmadas vocalmente con iguales atributos por la extremeña María Espada, una cantante que sigue demostrando su buena disposición vocal para este repertorio, posicionándose como una de las mejores alternativas nacionales a la hora de acometer la música en la España –que no solo española– del XVIII. Su dicción es certera y su sonido cuidado, aunque en ciertos intervalos amplios hacia el agudo el sonido se vuelve un poco desmedido. La Lamentación II de Miércoles Santo forma parte de una serie de tres compuestas en 1752, las más antiguas de Nebra de las que se conservan en el Archivo de Palacio y las primeras que compuso tras su nombramiento como Vicemaestro de la Real Capilla –como indican Ars Hispana en su edición de la obra–. Es una obra para tiple y tenor –de la que se omitieron las partes del tenor–, con un acompañamiento de 2 traversos, 2 violines, viola y continuo. Fue interpretada vocalmente con elegancia y refinamiento, con una línea fluida sustentada sobre una pulcra dicción. Un acompañamiento orquestal bien equilibrado, con los dos traversos mostrando una buena simbiosis entre ambos y con la orquesta, además de una convicción general en el repertorio, completaron una interpretación de gran nivel para una música que merece cuando menos un respeto como el aquí mostrado.

   Para la última obra del programa quedó la maravillosa cantata «Ich habe genug», BWV 82a, compuesta originalmente para bajo, oboe, cuerda y continuo. Aquí se ofreció en una de sus diversas versiones, arreglada para soprano, traverso, cuerda y continuo, y quien sabe si interpretada en su día por la propia Anna Magdalena, como comenta la cita que encabeza esta crítica. La cantata original fue compuesta en Leipzig en 1727, para interpretarse en la festividad de la purificación de María. Esta segunda versión fue interpretada como segunda interpretación el mismo día, pero de 1731, también en Leipzig. El texto de Christoph Birkmann insiste sobre las palabras «Ich habe genug» [Tengo suficiente], que inician la impresionante aria inicial, así como el recitativo subsiguiente, que concluye sobre dichas palabras. Tanto la línea inicial desarrollada por el traverso solista, como la continuada por la soprano sobre las palabras iniciales son unos momentos absolutamente subyugantes, servidos aquí con musicalidad y un refinado diálogo entre Liza Patrón y la propia Espada. Mimo en el sonido y buena proyección sonora en el traverso, mientras, la voz fluyó muy bien en el registro medio, aunque con algunas tensiones en los saltos interválicos más amplios hacia el agudo. Aunque los violines I/II estuvieron algo desconectados en el movimiento inicial, la visión musical general, los detalles en las articulaciones y la importante profundidad aportada hicieron de esta una interpretación de importante calibre, sin duda quizá la mayor apuesta de todo el programa, de la cual lograron salir airosos y que sitúa a La Madrileña en un punto muy a tener en cuenta en el panorama hitoricista español. Bien paladeado el texto en los dos recitativos, aunque con un acompañamiento del violonchelo menos delicado, en el primero de ellos [«Ich habe genug»], de lo que cabría esperar; mejor Diego Fernández en su aportación al órgano positivo. Bien entramado el unísono entre violines y traverso en el inicio del aria «Schlummert ein, ihr matten Auge» [Cerraos, cansados párpados], en la que Espada rindió a un nivel muy alto: fantástica afinación y mimo en su línea vocal repleta de sutilezas. Esta aria presenta uno de los momentos más impresionantes de toda la cantata, cuando Bach realiza una subyugante suspensión y posterior resolución para concluir el segundo verso «Fallet sanft und selig zu!» [caed suaves y felices], interpretado aquí con la hondura expresiva que requiere. Buena elección del tempo, adecuada para poder deleitarse en la profundidad del texto y la hermosura de una escritura musical de una belleza abrumadora. Espada brilló, además, en su trabajo en las dinámicas bajas del aria. Faltó pulir algunos detalles en cuanto a afinación y balance de los violines o un mayor refinamiento en el acompañamiento del continuo a la voz, pero en general puede hablarse de una versión de bastantes quilates, que finalizó con la tercera aria, cuyas agilidades fueron delineadas vocalmente con solvencia, aunque un punto mayor de naturalidad en el fraseo y una pronunciación algo más cuidada en ese pasaje hubieran puesto el broche de oro. La orquesta pasó momentos complicados aquí, con algunos desajustes rítmicos entre el continuo y la cuerda, así como un mejorable trabajo sobre el unísono y con ciertas discrepancias en la ejecución de las articulaciones. No obstante, dichos problemas fueron reajustándose para concluir una versión de nivel de una de las cantatas más hermosas del Kantor.

   Una de las magníficas arias para soprano de la Matthäus-Passion se ofreció como regalo a los espectadores para cerrar una velada con destellos importantes en un complejo y exigente recorrido que pone a prueba a cualquier conjunto que se enfrente a él. La Madrileña, Espada y Montaño pueden estar satisfechos de su trabajo, así como el FIAS debe estarlo por haber logrado sacar adelante esta edición otoñal para dar cabida a aquellas citas que no pudieron ser, pero que finalmente parece que serán.

Fotografía: Tempo Musicae y La Madrileña.

Autor:Mario Guada
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