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Crítica: La Orquesta y Coro Nacionales de España ponen cierre a su temporada

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9 de julio de 2018

La fiesta de la alegría

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. 29-VI-2018. Adutorio Nacional. Temporada de abono de la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE). Eleanor Dennis, soprano; Jennifer Johnston, contralto; Paul Groves, tenor; Wilhelm Schwinghammer, bajo. Director musical, David Afkham. Sinfonía de los salmos de Igor Stravinsky. Sinfonía n.º 9 en re menor, opus 125, ”Coral”, de Ludwig van Beethoven.

   Con los conciertos de este fin de semana, la Orquesta y Coro Nacionales de España ponen punto y final a una temporada donde hemos tenido bastantes éxitos artísticos, donde el cartel de “no hay billetes” se ha colocado en unos cuantos conciertos, y donde lo que es mas importante, la orquesta se va consolidando a un gran nivel con bastantes conciertos cercanos a la excelencia.

   Para este último fin de semana, la orquesta ha reunido, bajo el nombre de sinfonías corales, dos de las obras más importantes del repertorio. Por un lado la compleja y enigmática Sinfonía de los salmos de Igor Stravinsky, compuesta en 1930 para Sergei Kousevitski y su Orquesta Sinfónica de Boston pero que finalmente estrenó Ernest Ansermet en Bruselas. Por otro lado la Novena Sinfonía de Beethoven, una de las pocas obras del repertorio que no necesitan presentación.

   La Sinfonía de los salmos es una obra que hay que oír en directo para captar su grandiosidad, para ver los juegos entre tonalidad, bitonalidad y politonalidad, y para descubrir las nuevas armonías que Stravinsky proponía en su vuelta al clasicismo. Cuándo la oyes en vivo no entiendes por qué la obra no se programa más. Un servidor quedó subyugado por sus colores y sus juegos tonales cuando a finales de los años 70, en poco más de dos años, la pude descubrir de la mano del francés Gilbert Amy al mando de la Orquesta Sinfónica de la Radio Televisión Española, y poco después, quedé totalmente enamorado de la obra cuando el mítico Sergiu Celibidache dio un auténtico master de lo que era la obra en un concierto de la OCNE en el que también incluyó dos salmos de Ernesto Halffter. Desde entonces, solo la he podido ver una vez más, en abril de 1993, cuando el añorado maestro israelí Gary Bertini la hizo con la OSRTVE. A la salida del concierto, lo comenté con varios amigos melómanos, y ninguno acertó a recordar cuando la había visto en vivo por última vez.

   La espera mereció la pena. David Afhkam construyó la pieza de manera brillante, respetando la espiritualidad que desprende la obra pero sin renunciar a su grandeza innata, y donde cada detalle tuvo su acento justo. La obra, volcada hacia los tonos graves, por la ausencia de violines, violas y clarinetes, tiene una sonoridad muy especial que la orquesta alcanzó con brillantez. La orquesta empastó desde el arranque y tuvo intervenciones solistas de alto nivel. El Coro, muy entonado aunque sin llegar al nivel que alcanzaron tras el descanso, se manejó con solvencia en las súplicas del Salmo 38; se fundió de manera admirable con la orquesta en el magistral arranque del Salmo 39, introducido de manera estupenda por el cuarteto de flautas doblada la quinta por el flautín; y cantó de manera señorial los “Laudate” y los “Aleluya” del Salmo 150.

   Tras el descanso nos acomodamos para disfrutar. Beethoven compuso una oda a la alegría que es patrimonio universal. Casi todos la conocemos y tenemos en mente nuestra versión ideal. En muchas ocasiones, es contraproducente y no nos deja disfrutar plenamente de lo que oímos en el escenario, ya que difícilmente coincide con nuestra versión ideal. Aun así, siempre que podemos volvemos a verla y oírla, ya que es una obra que exalta nuestros sentidos, y es la piedra angular de todo lo que vino después.

   Ante todo quiero comentar el altísimo nivel de la ejecución orquestal. La ONE dio al Sr. Afhkam lo que quiso y cuando quiso. No hubo frase o detalle que no quedara en su sitio. Es difícil resaltar alguna de las secciones, pero tanto las trompas, las maderas en general, y las secciones de violonchelos y contrabajos, éstos sobre todo en la imponente introducción del tema de la alegría, fueron capaces de ponernos los pelos como escarpias en varias ocasiones.

   David Afhkam por su parte, nos ofreció un Beethoven alejado de la gran tradición, sobre todo en sus movimientos impares. Una Novena bastante rígida en el “Allegro ma non troppo” inicial, dibujado de una sola pieza, con tensión excesiva, poco “maestoso”, y llevado a unos “tempi” rápidos dónde no hubo ni un momento de relajo ni de respiro. No hubo contrastes. Fue una especie de carrera hacia no sabemos muy bien dónde.  

   El precioso "Adagio molto e cantabile", una de los movimientos más bellos y líricos que jamás hayan salido de una pluma humana, adoleció de lo mismo. Con la rapidez, el fraseo se resintió y perdimos calidez. No encontramos un solo rubato, ni una transición, ni un atisbo de lirismo. Y eso en Beethoven, es complicado de entender. La música, o se la deja respirar, o se pierde por el camino.

   Afortunadamente, los movimientos pares fueron la otra cara de la moneda, y ahí sí el Sr. Afhkam dio lo mejor de sí mismo. En el segundo movimiento, “Molto vivace”, se encontró en su salsa. Una ejecución mágica y electrizante, con gracia y alegría, donde extrajo lo mejor de la orquesta –preciosos los diálogos entre violines y maderas, excelente la exposición del trío por las cuerdas, o una modélica recapitulación tímbricamente intachable– y que contrastó de manera evidente con los movimientos anterior y posterior.

   El movimiento final también fue brillante, de un gran nivel. El Sr. Afhkam perfiló una rutilante introducción de claridad meridiana, y su fraseo ganó en intensidad y lirismo en las variaciones iniciales. Los violonchelos y los contrabajos desprendieron calidez en la exposición del tema de la alegría, perfectamente fraseado. El Coro intenso, cálido, e idiomático, rayó a un extraordinario nivel en todas sus intervenciones. El cuarteto vocal siguió al dictado las órdenes de Afkham, integrándose como uno más en la versión, aunque a nivel individual solo la soprano Eleanor Dennis mantuvo un nivel apreciable. Las carencias técnicas de los otros tres solistas, se fueron reflejando aquí y allá y llegaron a su punto final en la frase final. El barítono Wilhelm Schwinghammer, engolado se dejó el sonido con él. El tenor Paul Groves terminó la frase con un extraño falsete, mientras que la mezzo-soprano Jennifer Johnston no fue capaz de rematar la frase. Afortunadamente, instantes después, orquesta y coro arrancaron  el grandioso tutti final –“Seid umschlungen, Millionen!”-“¡Abrazaos, multidudes”– que con gran tensión nos llevó a la explosión final. En ese momento mágico, descubrimos una vez más que Beethoven siempre es Beethoven. Que te estimula, que te arrebata y que te insufla tal energía y pasión, que todo lo que ha podido no gustarte hasta ese momento, se olvida de inmediato mientras te lleva al éxtasis final.

   El concierto acabó en una fiesta. La fiesta de la Novena de Beethoven, que ha sido el colofón a una gran temporada, donde Orquesta y Coro han rallado a gran altura, cada vez más cerca de las grandes. Tiempo habrá de analizar lo que le falta para subir el escalón final, para llegar a lo más alto, y poder hablarlas de tú a tú. Una vez llegados a este punto, no se debe dar ni un paso atrás. En poco más de un par de meses, empieza la nueva temporada. La esperamos con gran ilusión.

Fotografía: OCNE.

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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