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[C]rítica: «Les Huguenots» de Meyerbeer en la Ópera Nacional de París bajo la dirección de Michele Mariotti

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29 de octubre de 2018

«en la cuna del ballet clásico, se suprimieron enteramente los números de danza de la ópera, algunos con una clara implicación argumental. Imperdonable para un teatro que cuenta con una de las mejores compañías de ballet del mundo».

Resurrección fallida

   Por Dani Cortés Gil
Francia. París. 20-X-2018. Teatro de la Bastilla. Les Huguenots de Giacomo Meyerbeer. Lisette Oropesa (Marguerite de Valois), Yosep Kang (Raoul de Nangis), Ermonela Jaho (Valentine), Karine Deshayes (Urbain), Nicolas Testé (Marcel), Paul Gay (Le Comte de Saint-Bris). Orchestre et Choeurs de l’Opéra national de Paris. Dirección musical: Michele Mariotti. Dirección escénica: Andreas Kriegenburg

   Finalmente, después de más de ochenta años de ausencia, Les Huguenots de Giacomo Meyerbeer ha vuelto al escenario de la Ópera de París; su última vez había sido en el lejano 1936 celebrando el centenario de su estreno. En todo caso, un olvido imperdonable para una ópera estrechamente unida a la historia del coliseo parisino, ya que fue la primera obra en alcanzar el millar de representaciones en dicho teatro, aunque pronto se vería superada por el Faust de Gounod.

   Eran muchas las esperanzas puestas en esta exhumación y más teniendo en cuenta el actual interés que parece empezar a despertar la obra de Meyerbeer en los últimos tiempos (hay quien ya habla de una Meyerbeer renaissance). Pero estas representaciones parisinas no han acabado haciendo justicia a una obra gigantesca e indispensable en la evolución del género operístico del siglo XIX, pentagramas de los que bebieron tanto Verdi como Wagner.

   París dispone de una de las mejores orquestas de ópera a nivel mundial. De sonido compacto y maleable, en esta ocasión estuvo dirigida por Michele Mariotti. En todo momento la masa orquestal estuvo atentamente controlada por el italiano, pero a su lectura le faltó una pizca de fantasía en el discurso y cierta continuidad en una obra tan extensa. Los grandes finales fueron espectaculares (quizás con exceso de decibelios), pero las escenas de carácter más íntimo quedaron demasiado desdibujadas. Se echó de menos una batuta más desenvuelta en las sutilezas de la lírica francesa.

   A la gran orquesta del teatro hay que añadir su otro activo indispensable: el coro, verdadero protagonista de la obra, que sonó bajo la dirección de José Luís Basso maravillosamente, tanto en la precisa afinación como en la gran variedad de dinámicas por la que trascurren las diferentes páginas corales que plagan la ópera.

   Pero el primer punto negro lo encontramos en la fallida elección de la pareja protagonista. El inicialmente previsto Bryan Hymel abandonó la producción solo empezar los ensayos, siendo substituido por el coreano Yosep Kang. El tenor nunca tendría que haber aceptado el desafío de una partitura que lo supera ya desde su primera aparición. Gran parte de los agudos del temible papel de Raoul de Nangis fueron eliminados, algunos cortados y la gran mayoría galleados. La Ópera de París tendría que haber previsto mejor substituto. Lamentable actuación.

   Valentine estuvo encarnada por la siempre sensible y expresiva Ermonela Jaho. A diferencia de su compañero, su implicación escénica era total. Pero Jaho no tiene la voz de falcon requerida, ni tan siquiera de mezzo con agudos o soprano dramática más acorde con el papel. Su tesitura se vio perjudicada en todo el registro grave, muchas veces inaudible y otras con un exceso de guturalidad. Faltó profundidad vocal a su creación.

   Afortunadamente, la substitución de Diana Damrau por Lisette Oropesa fue un gran acierto. La soprano estadounidense tuvo que aprenderse en menos de una semana su parte después de sus actuaciones de este verano en Pésaro al lado del mismo Mariotti, quien la propuso para el papel. La escuela belcantista que Oropesa lleva a sus espaldas la hicieron triunfar en el personaje de Margarita de Valois (obtuvo la gran ovación de la noche). Su acercamiento a la reina de Navarra es delicado, juvenil, con unas estratosféricas coloraturas interpretadas con excelente precisión. Quizás se podría pedir más cuerpo a su voz, pero su interpretación enamoró al público de la Bastilla con sus agudos etéreos y sus medias voces. ¡Brava!

   Otro gran acierto fue el Urbain de Karine Deshayes. La mezzosoprano francesa interpretó el paje con total acierto, tanto a nivel escénico como vocal. Su voz corría generosa por todo el teatro y con una pasmosa facilidad para el agudo. Es una pena que en estas representaciones no se incluyera su aria del acto segundo «Non,vous n'avez jamais», ya que la prestación de la cantante supo a poco.

   Olvidables las interpretaciones de los dos bajos. Ni NicolasTesté en un Marcel estático y desdibujado, ni Paul Gay en un Saint-Bris sin la temible autoridad requerida, supieron crear unos personajes convincentes. La intransigencia religiosa que destilan sus partes quedó emborronada durante todo el discurso.

   Correcto el Nevers de Florian Sempey (perjudicado por una presentación escénica demasiado bufonesca) y destacado el Tavannes de Cyrille Dubois entre la larga lista de comprimarios.

   Otro punto que perjudicó estas representaciones parisinas fue la errática dirección escénica de Andreas Kriegenburg. Pretendidamente nos situó en el futuro, concretamente en el año 2063. Pero nada de futurista encontramos en el escenario. Su presentación de la obra era clásica y de una literalidad exasperante. Diferentes espacios, de un blanco casi aséptico, formaron los escenarios de los diferentes actos, tanto interiores o como exteriores. Pero el gran problema estuvo en el poco trabajo escénico de las masas corales, que asistían impasibles la mayoría de veces a unos enfrentamientos dónde no se palpó tensión ninguna. Ridículo fue el gran momento de la ópera, el juramento de los puñales, con un movimiento repetitivo del coro acariciando unas espadas nada amenazadoras. La batalla de la noche de san Bartolomé del acto quinto se convirtió en una mezcla de desorden y acciones ridículas sin ningún rastro de la violencia y la desesperación que se supone del trágico hecho histórico.

   Es una pena que un teatro de la categoría del de la Ópera de París haya tardado tantos años en recuperar esta obra y ahora lo haga con estas funciones con demasiados puntos criticables. En un fresco histórico como este, de una complejidad enorme, hay que mimar hasta el último detalle. Por cierto, en la cuna del ballet clásico, se suprimieron enteramente los números de danza de la ópera, algunos con una clara implicación argumental. Imperdonable para un teatro que cuenta con una de las mejores compañías de ballet del mundo.

Foto: Agathe Poupeney/OnP

Autor:Dani Cortés Gil
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