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Crítica: Liederabend con Elīna Garanča en Zurich.

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12 de enero de 2015

MEDITADA BELLEZA

Por Alejandro Martínez

05/12/2015 Opernhaus Zurich. Elīna Garanča, mezzosoprano. Malcolm Martineau, piano. Obras de Brahms, Duparc y Rachmaninov.

   Se presentaba Elīna Garanča por vez primera en concierto en la Ópera de Zúrich con una Liederabend ciertamente particular por lo que respecta al contenido de su programa, donde se daban cita tres compositores tan dispares como Brahms, Duparc y Rachmaninov, a su vez epítomes de tres estilos netamente distintos a la hora de entender la canción de concierto, asimismo en tres lenguas tan diversas como el alemán, el francés y el ruso. En el programa, dos bloques con canciones de Brahms para la primera parte, no conformando ninguno de ellos un ciclo como tal, cerrado en sí mismo. La segunda parte se abría con tres breves canciones de Duparc a las que seguía un bloque con ocho piezas de Rachmaninov. Un programa ciertamente desequilibrado, con una presencia casi anecdótica de Duparc y con un hilo conductor difícil de recabar, por más que las notas del programa de mano propusieran entenderlo como un viaje por tres estados de ánimo: el amor, el dolor y la pérdida.

   Garanča es dueña de un instrumento superlativo, alzado más si cabe por una técnica eficacísima, en manos de una cabeza bien templada, que sabe qué puede y debe cantar en cada momento, sin forzar un ápice. En esta velada en Zurich volvió a dar muestras de su habitual y absoluto control sobre la emisión, dando la impresión de alcanzar exactamente los sonidos buscados, sin el más mínimo margen de error. Quizá ese exceso de control y soberanía sobre su propio canto trasluzca a veces una sensación, equívoca pero plausible, de frialdad y distancia por parte de la intérprete, que no definiríamos como fría o mecánica, porque hay mucho calor en la naturaleza misma de su instrumento, pero que sí podríamos caracterizar como premeditada en exceso. No es desde luego Garanča una intérprete extrovertida. A decir verdad tampoco el repertorio escogido para este recital demanda tal cosa, aunque habrá quien eche a faltar en su canto una comunicación algo más inmediata. En todo caso, Garanča hizo gala aquí, en este primer bloque de canciones de Brahms, de sus mejores armas, con una musicalidad innata a la hora de recrear el trasunto melódico apuntado por Brahms en estas canciones, que se beneficiaban sin duda de la tersura y esmalte de su timbre. De los dos bloques dedicado a Brahms, amén de la dulzura impregnada en Geheimnis op. 71/3 y en Wir wandelten op. 96.2, cabe destacar por encima de todo a espléndida lectura de Sapphische Ode op. 94/4, con un contenido tono de plegaria, y la recreación de Ruhe, Süssliebche op. 33/9, con un lirismo genuino, de excepcional legato y con un manejo del silencio excepcional. Su Brahms, aquí, con ese punto elegiaco, nos recordó por instantes al de la gran Brigitte Fassbaender. Por otro lado, ya en este primer bloque de canciones de Brahms se dejó entrever lo que sería la norma durante el resto de la velada, esto es, una evidente complicidad y comunicación entre Garanča y Martineau al piano, como si de algún modo buscasen diluir esa sensación de que uno acompañaba al otro.

   Ya en la segunda parte, su Duparc nos supo a poco, precisamente porque fue exquisito. Apenas tres canciones, Au pays où se fait la guerre, Extase y Phidylé, nos permitieron confirmar el buen entendimiento de Garanča con el repertorio francés, cosa ya sabida por su colosal Charlotte de Werther, aunque estas lides tienen ciertamente poco que ver con el romanticismo exaltado de Massenet. Las canciones de Rachmaninov son una verdadera joya que no termina de asentarse en los conciertos de lied, todavía centrados hoy en demasía en el romanticismo alemán propiamente dicho, de Schubert a Wolf pasando por Schumann y llegando a Mahler si me apuran. Ciertamente, para incluirlas en un concierto, se requiere contar con un intérprete familiarizado con la lengua rusa, lo que no es tan frecuente, a decir verdad. Sea como fuere, acertaba Garanča pues al dedicar casi la integridad de la segunda parte de esta Liederabend a una selección de canciones de Rachmaninov, de las que por cierto no me resisto a recordar y recomendar la fabulosa integral que registrase Elisabeth Söderström junto a Vladimir Ashkenazy, en Decca. Garanca prestó a estas canciones el color eslavo de su voz, aunque coronado por una luminosidad ciertamente más mediterránea, amén de su colación, siempre alta y brillante. De este bloque destacamos la mimada recreación de la nana que anida en Poljubila ja na pecal svoju (La mujer del soldado) y la gran resolución vocal de la franja aguda, cargada de expresividad, exhibida en Oni otvecali (La respuesta) y en Ja zdu tebja (Te espero a ti). Su Rachmaninov fue mucho más cálido, teatral y sentido, que el resto de piezas presentadas en este concierto, en claro contraste con un Brahms más meditado y un Duparc más íntimo. Fue únicamente en Rachamaninov donde se dejó entrever un tanto más esa intérprete extrovertida antes mencionada y que raramente se alcanza a ver en Garanča. Dos canciones más, Meine Liebe ist gruen wie der Fliederbusch, de los Junge Lieder de Brahms, y el Allerseelen de Strauss, sirvieron de broche, a modo de propina, a una velada en la que la desenvoltura y solvencia intachables de la intérprete, ciertamente polifacética, amén de la insutante naturaleza de su instrumento, se impusieron, con esa suerte de meditada belleza, a la inicial falta de consistencia interna del programa.

Foto: www.opernhaus.ch

Autor:Alejandro Martínez
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