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[C]rítica: «Marnie», de Nico Muhly, en The Metropolitan Opera

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26 de octubre de 2018

Estilo sin substancia

   Por David Yallnes Mosquera | @davidyllanes
Nueva York. Metropolitan Opera House. 19-X-2018. Marnie (Nico Muhly / Nicholas Wright). Isabel Leonard (Marnie), Christopher Maltman (Mark Rutland), Denyce Graves (Madre de Marnie), Iestyn Davies (Terry Rutland), Anthony Dean Griffey (Mr. Strutt), Jane Bunnell (Lucy), Janis Kelly (Mrs. Rutland), James Courtney (Dr. Roman). Orquesta y coro de la Metropolitan Opera. Dirección escénica: Michael Mayer. Dirección musical: Robert Spano.

   La Metropolitan Opera de Nueva York, como es bien sabido, es una compañía especialmente conservadora. Su modelo de programación en repertorio, el miedo a no llenar su gigantesco teatro de 3.800 localidades y el gusto de los millonarios benefactores que cubren buena parte de su presupuesto están detrás de sus tradicionales y repetitivas temporadas. Obviamente, no fue siempre así. En efecto, una de las obras en cartel este mes, La fanciulla del West, se estrenó en el Met, así como el también pucciniano Trittico, que en noviembre volveremos a ver con ocasión de su centenario. Aparte del particular caso de Puccini, un compositor estrella que no tiene equivalente actual, fueron bastantes los estrenos mundiales acogidos por el viejo coliseo de Broadway. A partir del traslado al Lincoln Center, sin embargo, el interés del Met por arriesgar con la creación contemporánea disminuyó drásticamente –el último estreno mundial fue The First Emperor en 2006, pero venía de la mano de Plácido Domingo, con lo que el riesgo fue muy relativo y de hecho colgó el sold out todas las representaciones–.

   En los últimos años, con mucha cautela, parece estar corrigiéndose levemente esta tendencia. Todavía no se programan estrenos mundiales, pero sí se participa en encargos a compositores que, aunque se vean primero en Europa, al menos llegan a los EE.UU. de la mano del Met. Tal fue el caso de The Exterminating Angel la temporada pasada y es ahora el caso que nos ocupa, Marnie de Nico Muhly, estrenada en la English National Opera en 2017. Saco a colación la ópera de Adès pues comparte con Marnie la peculiaridad de basarse en un material a priori poco operístico. En efecto, El ángel exterminador de Buñuel es una película «antiemocional» y permeada de un humor negro y un muy hispano aire de esperpento. Por su parte Marnie se basa en una novela de de Winston Graham que ha envejecido bastante mal y que es conocida principalmente a través de su adaptación cinematográfica en una de las menos logradas películas de Hitchcock.

   Dos ideas, por lo tanto, poco obvias para una ópera. Sin embargo, The Exterminating Angel, a base de desviarse de la película al menos en cuanto a atmósfera y tono, consiguió triunfar, si no como adaptación, al menos como función de teatro. En contraste, Marnie, manteniendo el trasnochado tratamiento psicológico de los personajes de su fuente, no ofrece un drama satisfactorio. Desecha también algunas modificaciones introducidas en la cinta de Hitchcock, que al menos generaban suspense. La música no es capaz de compensar estas carencias y el resultado es una función visualmente muy lograda pero bastante vacía.

   Marnie presenta la historia de una mujer que, atormentada por un trauma infantil y por su relación con una madre tiránica, se dedica a robar compulsivamente y a cambiar de identidad continuamente para no ser capturada. Finalmente, en un nuevo empleo se cruza con un jefe que la recuerda de una aventura anterior y la fuerza a casarse con él si no quiere ser entregada a la policía. A partir de ahí se sucederán un intento de violación por parte del marido, un intento de suicidio por parte de la heroína, una sesión de psicoanálisis que descubrirá la raíz de sus problemas –tuvo una mala madre, pues vaya– y una accidentada cacería que la llevará a replantearse su vida.  

   Esta trama está plasmada de manera ampulosa en el libreto de Nicholas Wright. Abundan los lugares comunes poéticos –algunos bastante ridículos– y una serie de reflexiones filosóficas fuera de lugar. Especialmente en el primer acto, los personajes son tan insistentes y explícitos en sus emociones y pensamientos que no hay lugar para la expresión a través de la música. El principal problema es una escritura vocal con poco interés, basada en un cansino estilo declamado, necesario para dar cabida a la verborrea de los personajes. En el segundo acto la situación mejora sensiblemente, el libreto es más lírico y la música puede respirar algo más, pero un clímax poco satisfactorio termina por rematar una obra fallida.

   Hay, sin embargo, buenos aspectos en esta Marnie. La orquestación de Muhly está bastante lograda, con un aroma cinematográfico, y ambienta bien cada escena, aunque sin progresión dramática. El libreto también tiene buenos detalles, como la presencia de cuatro «sombras», ecos de las diferentes identidades de Marnie que la rodean constantemente y muestran su conflicto interior. Además, si bien el clímax de la obra no tiene el efecto deseado, el final del primer acto sí es efectivo: el esposo de Marnie la intenta violar y ella se escapa al baño y se corta las venas. Por una vez se deja que la música y la acción teatral nos muestren lo que está sucediendo, de manera contundente –hasta el público tardó unos momentos en reaccionar al caer el telón–.

   Un factor adicional hace que estas funciones mantengan el interés del espectador: la estilosa y ágil producción de Michael Mayer. Hay una buena dirección de actores y movimientos escénicos bien pensados, factores que tantas veces echamos en falta en las nuevas producciones del Met –como la de Samson et Dalila que ha abierto esta temporada–. Por encima de todo, hay un diseño elegante y vistoso, gracias al vestuario de Arianne Philips y a la escenografía y proyecciones de Julian Crouch y 59 Productions. Una serie de paneles flotantes sobre los que se proyecta gran variedad de imágenes van reconfigurando los diferentes entornos y un grupo de bailarines trajeados van introduciendo el atrezo para los frecuentes cambios de escena. Cabe recordar que este equipo de escenógrafos ya había cosechado un gran éxito con la gala del 50.º aniversario del Lincoln Center, también basada en las proyecciones. En algunos momentos, los paneles toman un cariz expresionista, como cuando muestran una sucesión de fotos de colores de Marnie disfrazada o como en la escena del intento de suicidio.

   Como se puede deducir de lo anterior, estamos ante una obra de gran tamaño, con una nutrida orquesta y muchos cambios de escena. Esta sensación se refuerza con un reparto que incluye nada menos que 18 solistas. En primer lugar, tenemos a Isabel Leonard en el exigente papel de Marnie. La mezzo neoyorquina triunfa como actriz y hace gala de una gran presencia escénica, nos crea una mayor simpatía por su personaje de la que inspira el libreto. Vocalmente, la presencia es menor. La voz tarda en calentar, aunque suena siempre agradable y alcanza momentos de verdadero lirismo en el segundo acto. El mayor obstáculo para una interpretación redonda es el reducido volumen, resulta en este sentido muy notorio el contraste en su primer dúo con Denyce Graves, quien en el papel de su madre firma la mejor interpretación vocal de la noche.

   Christopher Maltman tiene la ingrata tarea de encarnar a Mark Rutland, un personaje francamente desagradable –haría falta un Sean Connery para hacerlo interesante y en esta versión de la historia se incide en sus peores facetas– y con una escritura vocal poco agradecida. El contratenor Iestyn Davies es su hermano Terry, rival amoroso y por el control de la compañía, además de la oveja negra de la familia. Por desgracia, los dos papeles son totalmente planos vocalmente –parece que por introducir un contratenor ya hay variedad, pero no–, además de dramáticamente borrosos, y ninguno de los dos cantantes logra elevarlos. Entre el reparto secundario, además de la mencionada Denyce Graves, destaca el tenor Anthony Dean Griffey como el lascivo y vengativo Mr. Strutt. Estos dos cantantes, quizás liberados por el hecho de que sus dos personajes son abiertamente villanos en la historia, logran infundirles mayor personalidad, además de una línea de canto satisfactoria. Robert Spano, en su debut en el Met, dirigió con muy buen pulso.

   En resumen, una propuesta que no funciona, pero espero que el Met mantenga o aumente su compromiso con la creación contemporánea y aprenda de las cosas que sí funcionaron, en particular la producción. También Isabel Leonard, muy aplaudida, demuestra que puede estrenar un papel de mayor calado dramático.

Fotografía: The Metropolitan Opera.

Autor:David Yllanes Mosquera
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