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Crítica: Michelle DeYoung, Philharmonia Orchestra y Esa-Pekka Salonen ponen el broche final al 67.º Festival Internacional de Música y Danza de Granada

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13 de julio de 2018

El crepúsculo del festival fue una fiesta

   Por Natalia Berganza
Granada. 08-VII-2018. Palacio de Carlos V. 67.º Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Obras de Ludwig van Beethoven y Richard Wagner. Michelle DeYoung, Philharmonia Orchestra, Esa-Pekka Salonen.

   Y es que el programa, con marchas fúnebres beethovenianas e inmolaciones wagnerianas fue muy dramático, casi triste, como debe ser una despedida, pero todo un acontecimiento musical para la ciudad de Granada. Esa-Pekka Salonen con la Philharmonia Orchestra, de la cual es director musical principal y director artístico, y con la participación de la mezzsoprano Michelle DeYoung, ofreció un espectáculo deslumbrante, con un programa conservador, pero brillante y novedoso en sus manos. Granada era una fiesta en la noche de clausura del Festival. Y allí estaba la burguesía más aficionada acomodada en sus asientos del Palacio disfrutando de un evento social y cultural total.

   Esa-Pekka Salonen es un director atractivo para los músicos y atrayente para el público. Lleno de energía y con un concepto del tiempo en todas sus dimensiones, supo organizar el concierto como una obra de arte única. ¿Es que no conocemos la 3.ª Sinfonía de Beethoven? Pues no la conocíamos en todas sus facetas hasta haberla escuchado entre las manos de Salonen y la Orquesta Philharmonia esa noche. La coherencia cuidada de los tempi y la esencia estructural de las melodías que el director mostró sutilmente relacionadas entre sí, incluso entre distintos movimientos, dio una unidad excepcional a la sinfonía. Se destacó también lo operístico de algunos de los temas que salpican toda la obra y dan aire nuevo entre secciones. No es un director que se cuestione la articulación y la expresión de cada frase de forma minuciosa e independiente; no repara en detalles de fraseos historicistas. No le hace falta. Tiene la estructura de lo que quiere que suene tan clara desde la primera nota que arranca su primer gesto, que se revela de una forma natural y precisa a medida que pasa el tiempo.

   Su control rítmico dejó asombrado al respetable, pues sin perder un ápice de energía y sin convertirlo en un movimiento predecible y aburrido –todo lo contrario– el Allegro con brio fluyó imparable hasta la coda, donde sí se entretuvo, como si la batuta se convirtiera de pronto en un pincel más fino. La marcha fúnebre fue muy hermosa sobre todo en las transiciones y las maderas ofrecieron un repertorio de solos y acordes en pianísimo casi milagroso en la sección central en modo mayor. Los juegos de Beethoven fueron desvelados con inteligencia, naturalidad y muy buen gesto. Ejemplo prototípico es el Scherzo –donde hubo un ligerísimo encabalgamiento arreglado sobre la marcha– con los sforzandi escritos fuera de pulso y su hemiolia –cambio de ritmo– quasi imposible y absurda, convertida en temática, que es muestra de virtuosismo orquestal y técnico. Hay que destacar la fabulosa sonoridad de las trompas en el Trio, que trajeron repentinamente aires de Austria a La Alhambra. El Finale, basado en varias melodías probablemente famosas en la época (que Beethoven volvió a utilizar en otras composiciones) son unas audaces variaciones, con referencias diversas, en las que el segundo tema no solo se convierte en el principal del movimiento sino que Salonen supo revelar como el esencial de toda la sinfonía con una sorprendente y expresa aparición triunfal, cerrando de forma astuta y asombrosa su concepto total de la obra.

   La segunda parte fue muy distinta. No en bellezas y maravillas. Wagner es todo fasto y circunstancia. La descripción del amanecer con los violonchelos en pianísimo, la bella entrada del violín después; las trompas “en su salsa”. La Marcha fúnebre efectista con el dominio del timbal. La flauta, el oboe, el clarinete, el clarinete bajo... los grandiosos metales... el solo de trompeta... todo un espectáculo sonoro. Uno se puede meter en el laberinto de sonido producido por cañas, tubos, cuerdas y crines de caballo sin miedo a extraviarse, y por horas.

   Después de un Beethoven controlado en equilibrio hasta el más mínimo detalle, la selección de El crepúsculo de los dioses de Wagner quedó apoteósica. La sonoridad en el patio del Palacio de Carlos V no favorece el equilibrio entre la cuerda y una sección de viento, aprovechada en esta obra en todo su potencial. Y quizá esa forma de dirigir “formal” de Salonen no destacaba los preciosismos melódicos de una melodía significativa, continua y descriptiva. Pero esto no restó belleza a la segunda parte del concierto, pues siguió dirigiendo con precisión y concepto de la medida del tiempo. DeYoung tiene una voz grande, redonda y tersa que se acomoda mágicamente a Wagner y a la orquesta; sus cambios de timbre a lo largo de sus medios y graves daban mucho juego y color a su línea melódica, que a veces se fundía con la orquesta, y sus agudos finales fueron como el propio oro que Brunilda devuelve al río cerrando el círculo del anillo. No se incluyó en el programa el texto de Wagner, pero no importó: ella representó la inmolación hasta la última nota de la orquesta, emocionada, como todo el público.

Fotografía: José Albornoz/Festival de Granada.

Autor:Natalia Berganza
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