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Crítica:  David Afkham dirige obras de Brahms, Ligeti y Mozart con la Orquesta y Coro Nacionales de España

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3 de diciembre de 2019

Mensaje diluido

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid. 30-XI-2019. Auditorio Nacional. Temporada OCNE. Warum ist das Licht gegeben dem Mühseligen? [¿Por qué se da luz al cansado?], de Dos Motetes, Op. 74 [Johannes Brahms]; Lux aeterna [György Ligeti]; Requiem, KV 626 [Wolfgang Amadeus Mozart]. Ilse Eerens [soprano], Sophie Rennert [mezzosoprano], Michael Porter [tenor], Florian Boesch [barítono]. Coro y Orquesta Nacionales de España. Dirección musical: David Afkham.

   Concierto en parte única, sin descanso, con un programa bien diseñado y con el aviso en el librillo de sala de no aplaudir hasta el final del mismo. Las luces apagadas de la sala presidieron la interpretación sin solución de continuidad de las dos piezas para coro de Brahms y Ligeti, bien seleccionadas como pórtico al Requiem mozartiano, obra que, como es habitual, agotó las entradas. Además de la belleza y sentido trascendente de esta misa de difuntos, a pesar de resultar inacabada, el tratamiento –habilísimo y de gran fuerza dramática, aunque sin base real– de su enigmática gestación que realizó en su día la película Amadeus de Milos Forman mantiene la popularidad de la obra y el impacto en los que la vieron en su día cuando se estrenó, como el que firma siendo apenas adolescente y contribuyó a sedimentar mi devoción por la gran música. En la grandeza de esta composición es justo destacar el papel de Franz Xaver Süssmayr, que completó las partes inacabadas por el Maestro y compuso íntegramente el Sanctus, Benedictus y Agnus Dei basándose en esbozos y anotaciones de Mozart.

   Ante todo hay que resaltar la notable prestación del Coro Nacional dirigido por Miguel Ángel García Cañamero, capaz de sacar adelante dos piezas a cappella tan complicadas como las que abrieron el concierto, dos muestras, respectivamente, de polifonía de los siglos XIX y XX. Particularmente ardua, además de plena de misterio y desasosiego, la composición de György Ligeti para coro mixto a 16 voces, basada en la técnica de micropolifonía, nada fácil de afinar, con unas notas agudísimas tenute para las sopranos y que en su día usó Stanley Kubrick para su fascinante película de 1968 2001, una odisea en el espacio, sin duda por esa vis trascendente de la pieza y la experimentación con las tímbricas que contiene.

   Las luces se encendieron y el coro, flexible y bien empastado, mantuvo el alto nivel en el Requiem de Wolfgang Amadeus Mozart, igualmente la Orquesta Nacional de España en ese estupendo momento en que se encuentra,  sonó con la adecuada claridad, empaste, limpieza y brillo, destacando una cuerda tersa, ligera y dúctil comandada por el venezolano Alejandro Carreño Godoy –procedente de la Orquesta Simón Bolivar– como concertino invitado, al servicio de una batuta de David Afkham de gran pulcritud y seguridad, que aseguró equilibrio y proporcionalidad en la ejecución.

   Sin embargo, no estoy seguro que el mensaje llegara claro al más allá y el posible dedicatario de esta misa de difuntos tuviera garantizado su descanso eterno, pues, además de inspiración y fantasía, faltó espiritualidad y trascedencia, lo que terminó abocando a una ejecución aseada, bien expuesta, pero, en líneas generales, anodina. Como ejemplo de todo ello, no se apreció el debido contraste entre la intensidad del «Confutatis maledictis flammis acribus addictis» y esa entrada a continuación de las sopranos, absolutamente celestial, con un tono irreal, en el «Voca me cum benedictis».

   El barítono Florian Boesch nieto y alumno de la mítica Ruthilde Boesch, soprano y, sobretodo, renombrada profesora de canto (entre otros, de nada menos, Edita Gruberova, y también del padre de Florian, su hijo Christian Boesch) fue, con diferencia, la voz de más fuste y sonoridad de todo el cuarteto vocal. La soprano belga Ilse Eerens, mostró una voz pequeña, pero de timbre luminoso y etéreo no exento de atractivo. Por su parte, resultó inaudible el tenor Michael Porter e inadvertida también la mezzo Sophie Rennert, de timbre sordo y mate.

Fotografía: OCNE

Autor:Mario Guada
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