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Crítica: Nina Stemme debuta como Elektra en la Ópera de Viena

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3 de abril de 2015

ILIMITADA

Por Alejandro Martínez

Viena. 01/04/2015. Staatsoper. Strauss: Elektra. Nina Stemme (Elektra), Ricarda Merbeth (Chrysothemis), Anna Larsson (Klytämnestra), Falk Struckmann (Orest), Norbert Ernst (Aegisth) y otros. Dirección musical: Mikko Franck. Dirección de escena: Uwe Eric Laufenberg.

  Con su debut como Elektra en la Ópera de Viena Nina Stemme ha demostrado que no tiene límites. Habiendo tomado este teatro como base de operaciones más o menos estable para todos sus últimos debuts, desde las Brünnhildas que ya ha rodado suficientemente hasta partes más recientes como su Isolda, llegaba ahora el turno de su esperada Elektra. Y lo cierto, a la vista de sus resultados, es que cada uno de sus debuts se cuenta ya como un hito más hacia una carrera de alcance histórico, parangonable sin duda a la de la gran Birgit Nilsson, con quien los espectadores más ancianos de Viena no duran en comparar el instrumento de Stemme.

   Por lo que hace a su interpretación, sea por opción personal ya por exigencia de la producción en curso, su Elektra no alcanza (y quizá tampoco aspira) a redondear un retrato tan salvaje y animal como el que nos presentaba Evelyn Herlitzius, la otra gran representante actual del papel. Al contrario, Stemme dibuja el papel desde el control absoluto de su instrumento, sobrada de medios, con una voz grande y timbradísima, administrada con una inteligencia que le capacita para medirse sin el más mínimo problema con la imposible tesitura del papel, más allá de alguna leve tirantez en alguna nota aislada. Así, pinta Stemme una Elektra más bien fría, impasible y calculadora, no tan desbocada pero igualmente inquietante e intensa, sobre todo si atendemos a la resolución tan poderosa de la partitura que nos brinda. Y es que la autoridad de su interpretación es tal que nadie diría que estamos ante su debut con el papel, logrando un contraste tan vertiginoso entre los momentos de mayor ímpetu y aquellos de más logrado recogimiento, como las frases que siguen a su reencuentro con Orestes, en donde Stemme recogió su voz de un modo admirable, casi belcantista.

   En la parte de Chrysothemis a soprano Ricarda Merbeth reemplazaba a la originalmente prevista Anne Schwanewilms, que tuvo que cancelar ya su presencia en el estreno de esta producción por motivos de salud. Con el reemplazo, por resumir las cosas, salimos ganando con creces en desenvoltura vocal, no así en personalidad y belleza del instrumento, y seguramente salimos perdiendo en hondura interpretativa, aunque no es menos cierto que Merbeth se afanó, y mucho, en ofrecer un retrato variado y plausible del personaje, bien temperamental y nada pusilánime. En cualquier caso, lo que más destacó de su hacer fue la impecable e infalible factura vocal de todo su abordaje de esta partitura, ciertamente aguda y exigente.

   Del resto del reparto cabe citar la grata sorpresa que supuso el debut de Anna Larsson con la parte Klytaemnestra, no ya por lo plausible y medido de su actuación, sino por el hecho de abundar en una línea vocal ciertamente cantada y no ya declamada como era y es uso habitual entre viejas glorias y solistas veteranas en horas bajas. Falk Struckmann y Norbert Ernst eran dos puestas seguras, con sobradas garantías, para los roles de Orestes y Egisto, si bien al primero le faltó algo de nobleza, resolviendo la parte con más fiereza y empaque que hondura, falto de solemnidad. De Ernst, en cambio, cabe decir lo mismo que de la Klytaemnestra de Larsson: se agradece que alguien cante la parte y no se limite a declamarla con una voz en horas bajas.

   La batuta del joven finlandés Mikko Franck, nacido en 1979, saltó a la palestra en Viena en marzo de 2014 al ocuparse casi de la noche a la mañana de la nueva producción de Lohengrin, en reemplazo de Bertrand de Billy, quien abandonó ese título en el mismo contexto de tensiones que provocaría poco después la polémica salida de Franz Welser-Möst. Franck había desempeñado el cargo de doble director artístico y musical en la Ópera de Finlandia desde 2007 y hasta 2013, no sin polémica también allí en torno a su nombramiento. Sea como fuere, su batuta en esta ocasión se mostró transparente pero falta de carácter, un tanto blando en la articulación y un punto tedioso en su expresividad. Aunque muy bien concertado (qué menos con esa orquesta), de fraseo nítido, pero generalmente falto de personalidad y decisión, Frank no fue más allá de una lectura académica, antojándose expositivo en demasía, por lo general falto de magia y de tensión. La Filarmónica de Viena, por su parte, respondió con un sonido apabullante, el ideal para esta partitura, cuya sonoridad casi les pertenece.

   Por cierto, que hace casi cien años que se estrenó Elektra, allá por 1909. Desde entonces esta partitura ha desfilado infinidad de veces por el escenario de la Ópera de Viena, con un glorioso historial de intérpretes, incluidos algunos lujos asiáticos como la presencia del gran Max Lorenz para una parte tan pequeña como la de Egisto. En todo caso, conviene recordar que ha sido esta una ópera ligada en varias ocasiones a notables polémica en este teatro. Dos resaltan por encima de todas las demás. Por un lado, la que se produjo en torno a la nueva producción firmada por Weiland Wagner en diciembre de 1965, fue motivo de críticas furibundas, abundando Weiland Wagner, al parecer sin demasiada fortuna, en la idea freudiana del complejo de Elektra. Por otro lado, ya en fechas más próximas a nosotros, en 1989, con Claudio Abbado en el foso, tuvo lugar el estreno de la nueva producción firmada por Harry Kupfer, inmortalizada en un vídeo bien conocido y que tiene como protagonistas a Eva Marton, Cheryl Studer y Brigitte Fassbaender. Pues bien, por sorprendente que parezca, tanto Marton como Studer fueron sonoramente protestadas en aquel estreno, del que tampoco salió muy bien parada la producción de Kupfer.

   Dominique Meyer, el intendente de la Staatsoper de Viena, escogió a Uwe Eric Laufenberg como responsable escénico de esta nueva producción. Laufenberg, además de desempeñarse como director del Hessischen Staatstheaters Wiesbaden desde 2014, ha sido también el escogido por la dirección del Festival de Bayreuth para reemplazar al polémico Jonathan Meese al frente del nuevo Parsifal previsto en 2016, con Andris Nelsons a la batuta. Laufenberg firma en este caso una Elektra muy corta de miras, de un convencionalismo decepcionante. Aunque de buena factura, estamos ante una Elektra muy falta de dramatismo, que cede toda la responsabilidad de la representación al talento escénico de los solistas. Al final, para darnos a entender la liberación que ha alcanzado Elektra, no se le ocurre nada mejor a Laufenberg que disponer a varios bailarines ataviados en un estilo rockabilly, con la propia Stemme intentando imitarles y marcar el ritmo, como si estuviese descubriendo un mundo hasta entonces ajeno para ella. Algo demasiado evidente y materializado además de forma bastante burda. Para colmo de males, la representación termina con una pelea entre varios de los bailarines en cuestión, en un giro innecesario y a todas luces prescindible.

Fotos: © Wiener Staatsoper / Michael Pöhn

Autor:Alejandro Martínez
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