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[C]rítica: «Only the sound remains» de Kaija Saariaho en el Teatro Real bajo la dirección de Ivor Bolton

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30 de octubre de 2018

«En opinión del que suscribe, si a la ópera o al teatro musical se le despoja de un tratamiento vocal que no sea un declamado monocorde en que las voces son un mero instrumento más encuadrado en ese único objetivo de experimentación sonora (además de utilizarse amplificación, algo que, de primeras, repele el amante de la ópera), se le priva de contenido y progresión dramática, de fuerza teatral, se la lleva a un callejón sin salida».

Efectivamente, sólo queda el sonido

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid. 26-X-2018. Teatro Real. Only the sound remains -Sólo permanece el sonido (ópera en dos partes de Kaija Saariaho: Always strong-Siempre fuerte; Feather Mantle-Manto de plumas). Philippe Jaroussky (Espíritu de un joven / Ángel), Davone Tines (Sacerdote / Pescador), Nora Kimball-Mentzos, bailarina. Cuarteto Vocal Theatre of voices (Else Torp, soprano; Iris Oja, contralto; Paul Bentley-Angell, tenor; Steffen Bruun, bajo). Meta 4 Quartett. Heikki Parviainen (percusión),  Iija Kankaanranta (Kantele) y Camila Hoitenga (flauta). Dirección musical: Ivor Bolton. Dirección de escena: Peter Sellars.

   Esta cuarta composición para el teatro de la finlandesa Kaija Saariaho se encuadra en la corriente más estrictamente vanguardista de la música contemporánea dedicada exclusivamente a la experimentación del sonido, de las sonoridades y tímbricas de la orquesta y los instrumentos. En este caso, sólo están previstos 7, un cuarteto de cuerda, más una flautista, un percusionista y una solista de Kantele (instrumento de cuerda pulsada, tipo cítara, tradicional de Finlandia). Además de un cuarteto vocal -situado en el foso- y música electrónica, dos únicos cantantes amplificados (contratenor y barítono) junto a una bailarina que interviene en el segundo capítulo, El manto de plumas, que junto a Siempre fuerte conforman las dos partes de esta ópera. El libreto, -basado en el Teatro Noh japonés, concretamente en dos piezas, Tsunemasa y Hagaromo- proviene de dos figuras entusiastas de la cultura japonesa, Ernest Fenollosa y Ezra Pound, que realizaron una fundamental labor de recopilación, traducción y adaptación de textos de este tipo de teatro. La obra, encargada y producida por el Teatro Real -iniciativa de la época de Gerard Mortier- junto a diversos teatros se estrenó en Amsterdam en el año 2016 y, curiosamente, ya se la califica desde algunas atalayas como «obra maestra», pues hemos llegado a una curiosa situación en que se “perdona la vida”, por ejemplo, a Fausto de Gounod, mientras composiciones con apenas 2 años de trayectoria ya son «obras maestras», algo que debe decir el transcurso del tiempo.

   En opinión del que suscribe, si a la ópera o al teatro musical se le despoja de un tratamiento vocal que no sea un declamado monocorde en que las voces son un mero instrumento más encuadrado en ese único objetivo de experimentación sonora (además de utilizarse amplificación, algo que, de primeras, repele el amante de la ópera), se le priva de contenido y progresión dramática, de fuerza teatral, se la lleva a un callejón sin salida.

   Personalmente prefiero otras manifestaciones de la ópera contemporánea que se han visto en los últimos años en el Teatro Real (Written on skin de Benjamin o Dead Man Walking de Heggie, por citar dos ejemplos), pues, aunque no se puede negar el interés, atractivo y momentos de gran belleza de ese universo sonoro fruto del talento de Saariaho, no es menos cierto que Only the sounds remains me resultó un tanto reiterativa y terminó por hacérseme pesada, por no hablar de que en ningún momento «entré»  -en este primer acercamiento a la obra, bien es verdad-, ni en ese universo místico-espiritual con aspiraciones metafísicas, ni en ese mundo profundamente filosófico y pretendidamente intelectual que ambiciona todo el espectáculo.

   Una propuesta de este tipo, en que el espectro sonoro lo es todo, requiere unos intérpretes de gran virtuosismo y, precisamente, eso es lo que tuvimos en el Teatro Real. El pleno pulimiento y refinamiento tímbrico unidos a una plena compenetración fueron perfectamente encarnados por el cuarteto Meta 4 formado por Anti Tikkanen (violín), Minna Pensola (violín), Annte Kilpeläinen (viola) y Tomas Djupsjöbacka (violonchelo).  Igualmente sobresalientes el percusionista Heikki Parviainen, la solista de Kantele Eija Kankaanranta y la responsable de la flauta (en todos sus registros, alto, bajo y picolo) Camilla Hoitenga, que se lució especialmente en la segunda parte. Todos bajo la atenta y eficiente batuta de Ivor Bolton. El contratenor Philippe Jaroussky, especialmente favorecido por la amplificación, se reveló adecuado para ambos cometidos: el espíritu atormentado del guerrero fallecido en la batalla que regresa el mundo de los vivos en el primer capítulo y el Ángel que quiere recuperar el manto de plumas que se ha llevado el pescador en la segunda de las piezas. Efectivamente, el timbre blanco, ambiguo y asexuado de Jaroussky resulta ideal para la expresión de lo sobrenatural, de lo etéreo y ultraterreno, a lo que hay que unir la honda preparación musical que demuestra. Más discreta la prestación del barítono Davone Tines y correcta la bailarina Nora Kimball-Mentzos en su danza de la segunda parte.

   El montaje de Peter Sellars, colaborador habitual de Saariaho en sus óperas, se mueve en sus habituales coordenadas de estatismo de los personajes, que se expresan mediante una vehemente gesticulación, contrastes de iluminación sobre fondo oscuro y eficaces juegos de sombras. Una puesta en escena que funciona como un importante elemento o engranaje más de esa especie de ritual místico a través de la experimentación y estilización del sonido, que fundamenta Only the sound remains.

   Aunque no me haya satisfecho completamente en esta primera visión y escucha, uno se felicita porque, al igual que se han programado otras manifestaciones de la creación operística contemporánea, se haya representado en el recinto de la Plaza de Oriente esta ópera de Saariaho, una de las compositoras punteras de la música actual. Eso sí, espero poder ver algún día también el montaje coproducido por el Teatro Real (y aún, sorprendentemente, no visto sobre su escenario), de la ópera La pasajera de Mieczyslaw Weinberg, un título, que a priori, me despierta un mayor interés.

Foto: Javier del Real

Autor:Raúl Chamorro Mena
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