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Crítica: Recital del barítono Leo Nucci en el Teatro de la Zarzuela de Madrid

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7 de mayo de 2014

PAROLE, PAROLE OSSIA LA HISTERIA COLECTIVA

Por Gonzalo Lahoz.
06/05/14 Madrid. Teatro de la Zarzuela. XXI Ciclo de Lied. CNDM. Obras de Tosti, Morricone, De Curtis, Falvo, Rota, Verdi y otros. Leo Nucci, barítono. Italian Chamber Ensemble.

   El pasado 1 de mayo Codalario publicaba una, para quien sea ajeno a las formas de Leo Nucci, incendiaria entrevista con el barítono italiano en la que pueden leerse frases como “la ópera es el espectáculo más cretino y estúpido que existe” o “no se debe juzgar a los cantantes por su voz”, todo rematado con una imponente declaración de intenciones: “soy un milagro”, para caldear el ambiente previo a su recital del día de ayer en el Teatro de la Zarzuela.

  Nucci sabe como ser efectivo y efectista en la dialéctica y sus quehaceres como bien pudo demostrar en este cuanto menos atípico recital de lied que rezumaba aroma a “made in Moral” por los cuatro costados porque, sinceramente, todos sabíamos o debíamos haber sabido que lo de las canciones era la excusa, el formalismo con el que se iba a prologar un recital de arias de ópera de tomo y lomo. La cosa es que con todo, pero todo el público en pie, nadie parecía estar molesto con su inclusión en el abono, y es que Antonio del Moral, director del Centro Nacional de Difusión Musical, en la actualidad ente protector y responsable del madrileño Ciclo de Lied, hizo suyo, porque suyo también es, el triunfo de esta cita. Todo un éxito.

  Se anunciaba que Nucci cantaría las poco conocidas canciones de cámara de Giuseppe Verdi pero de la veintena aproximada que el de Busetto compuso, en el programa de mano sólo aparecían cuatro, por lo que de nuevo nos encontramos ante una excusa donde el reclamo resultó lo de menos, máxime cuando a las Tre preghiere le siguió un título como Lolita o la música de La dolce vita. Un programa pues inconexo en su segunda parte, al que además había que sumar los fantasmas del recuerdo de un disco de contenido similar: “Parlami d'amore Mariù”, grabado por Nucci años ha,  con unos arreglos inhumanos (una de esas cosas que satisfacen el “cupo de horterismos” que todo cantante de renombre ha de cubrir a lo largo de su carrera), junto a algunos de los miembros que le acompañaban como el discreto Italian Chamber Ensemble, antes conocidos como Ensemble Salotto 'Otoccento y que llevan junto al barítono en sus correrías musicales desde hace más de veinte años.

  
   Y con estos mimbres, Leo Nucci, perro viejo donde los haya triunfó, barrió y se llevó al público de calle, un público sembrado de sus groupies que animaron el ambiente hasta el delirio, una exageración que restó credibilidad al todo. Tomarse las cosas en su justa medida es lo que te lleva a creértelas, llevarlas al extremo te obligarán a ponerlas en duda. Y aquí había cosas que poner en solfa ya desde un programa de mano en el que se enaltecía su figura como “el cantante que va gritando amor”. Pues no, es evidente que Nucci, sus formas y sus medios no van gritando amor, en absoluto es el colmo del refinamiento y la flexibilidad, del canto a flor de labio o del lirismo más exacerbado, ni del medio siquiera, nunca lo ha sido, las cosas como son, pero no por ello hay que negarle sus galones a un hombre de ópera, de teatro, que se sabe querido y disfruta con ello entregando a quien le escucha todo lo que es.

   Las canciones de Tosti, todas ellas, son un regalo para cualquier oído enamorado. Nucci abrió la noche con una sentida interpretación de Non t'amo più, donde sin abrir los ojos en ningún momento, demostró ser un dechado de virtudes dramáticas en lo que sería la tónica de toda la velada, trabajando aquello en que él mismo ha declarado poner tanto cuidado: la parole scenica, aquí llevada a la canción hasta la última de sus consecuencias. Nucci también sabe y también así lo ha dicho, que es un hombre de escenario, que gana mucho más sobre él que en disco, y bien es cierto. Aunque se cuide de perfilar cada inflexión que le permite el texto, su canto puede terminar, por emisión y fórmulas empleadas, resultando un tanto monótono si no se le tiene delante, donde el trabajo corporal sobre cada frase e intención aseguran el disfrute del oyente. Realmente acertado en Malìa, con media sonrisa y un gusto exquisito sobre “non ti chiedo se Ninfa, se Fata...”. Marechiare, entiendo que escogida para dar más color a la selección, ya no fue lo mismo, con un ritmo ostensiblemente ralentizado (tampoco esperabamos a un Pavarotti, único en acelerar los tiempos de las napolitanas con increíbles y atinados resultados) que no le dejaron jugar con las ensoñaciones del enamorado y en la que terminó por perderse con el texto.

   En el resto de napolitanas, de De Curtis, Falvo, Leoncavallo y Buzzi-Peccia, fueron resultas con medios nuccianos, emisión muscular, tirando al forte, dicción clarísima, dramatización encauzada con sensibilidad y agudos timbradísimos (la prueba del algodón con las grandes voces es el maltrato al que son sometidas por la acústica de la Zarzuela, y la suya no fue menos). A destacar el agudo recitato de Voce 'e notte!, con un recogido “Dille accussí:...” que dio la vuelta al sentido de la canción, algo en lo que no todo el mundo recae a la hora de aproximarse a estos textos que tantas opciones muestran y que siempre es de agradecer al escuchar la enésima versión.
  Algún problema para ligar sonidos en Aprile! de Leoncavallo, sensible en las Preghiere verdianas, santiguándose en la oscuridad del escenario antes de que encendieran un pequeño foco y convincente y resuelto en la totalidad de L'esule, una suerte de texto pseudo romántico en la línea de la tradición del lieder germánico con estructura operística tripartita que daría paso a lo que el público parecía dar por hecho, una tercera parte dedicada a la ópera donde Nucci demostró las tablas que han pisado sus pies en estos 72 años ya.


   Largo al factótum de El barbero de Sevilla abrió la tanda operística que duró más de media hora, con aplausos continuados que se volvieron enfervorecidos tras Per me è giunto... O Carlo ascolta de Don Carlo y que dió paso a la tanda de Rigolettos con la consabida Cortigiani, vil razza y la Vendetta,  aquí también bisada junto a una conchabada María José Moreno, presente  entre el público y que se prestó al teatrillo con un público,  organizadores incluídos, que llegaban ya al punto de la efervescencia,  momento que Nucci aprovechó para cantar y hacer cantar al público Non ti scordar di me,  de De Curtis. Ante la histeria colectiva el barítono preguntaba desde  el escenario “¿Pero qué canto?” a sabiendas de lo que iba a cantar,  claro está: Di provenza de La traviata, que para algo tenían la  partitura en los atriles los músicos. Todo puro teatro. Todo  maravilloso teatro en el que en ocasiones hay que dejarse llevar y  arrastrar; y es que parafraseando al gran Quevedo, permítanmete la  osadía: “no olviden que es comedia nuestra vida y teatro de farsa el  mundo todo que muda el aparato por instantes y que todos en él somos  farsantes”.

Autor:Gonzalo Lahoz
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