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[C]rítica: «Rigoletto» de Verdi en el Teatro Regio de Turín

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5 de marzo de 2019

        Rigoletto es malagueño

Por Inés Tartiere | @InesLFTartiere
Turín. 10-II-2019. Teatro Regio di Torino. Rigoletto, de Verdi. Carlos Álvarez, Ruth Iniesta, Stefan Pop, Gianluca Buratto, Carmen Topciu, Carlota Vichi, Alessio Verna, Paolo Maria Orecchia, Luca Casalin, Federico Benetti, Ivana Cravero, Riccardo Mattiotto, Ashley Milanese  Dirección musical: Renato Palumbo. Director de escena: John Turturro. Orchestra e Coro del Teatro Regio

   Hace un mes aproximadamente, el director artístico de la Coruña, César Wonenburger, escribía una acertada reseña acerca de la poca repercusión del éxito de nuestros cantantes españoles fuera de nuestras fronteras, y su escasas oportunidades dentro de ellas, algo que sigue llamando la atención a propios y ajenos, ya que no en balde muchos de los grandes cantantes líricos de la historia de este género son españoles. Sin embargo esto no parece suficiente. Anonadados se quedaron las miles de personas que acudieron al homenaje de Monserrat Caballé en el Teatro de la Scala de Milán, cuando los especializados comentaristas dijeron orgullosos que era el primer teatro que hacía un omaggio a tan destacada artista. Igual también hay que recordar lo que significo Caballé para el mundo de la música en general y la lírica en particular, para que muchos aficionados tengan que preguntarse si realmente era una de las mejores.

   Lo que nadie se pregunta hoy en día es que Carlos Álvarez es el mejor barítono verdiano de nuestros dias, o nadie deberia preguntárselo. Por lo menos en Italia, Austria, Alemania y en muchos países donde tienen la fortuna de contar con el asiduamente, no lo hacen, lo disfrutan sin medida. De hecho el próximo año volverá al Metropolitan de Nueva York con Simon Boccanegra y Marcelo de La bohème. Lo que de verdad es indignante es que no cante en España con la misma frecuencia. Los españoles nos merecemos no tener que viajar continuamente para poder escucharle. Si hay algo que merece todos los respetos es que alguien que ha sufrido una enfermedad como la suya haya vuelto a los escenarios del mismo modo en que se marchó, de forma absolutamente excepcional. Aunque algunos se sigan preguntando si se le podrá contratar a años vista.


   Por supuesto, el Rigoletto de Álvarez, con permiso de John Turturro era lo más esperado de prácticamente toda la temporada turinesa, que a decir verdad no está pasando por uno de sus mejores momentos. No defraudó en absoluto, hizo enloquecer al público en cada una de sus prestaciones. Su Rigoletto es tan perfecto vocalmente que hace creer que es un personaje fácil de cantar e interpretar; nada más lejos de la realidad. Su timbre noble, homogéneo, magnífico en los acentos con que da forma a la palabra escénica, su generosa entrega, sin reservas de ningún tipo, hacen de él un Rigoletto más que excepcional, brillante. Su «Pari siamo!» ya fue una declaración de intenciones, pleno de sfumature, para luego bordar su duetto con Gilda.

   El momento más esperado de la noche era por supuesto el «Cortigiani!», y aunque los tiempos de Renato Palumbo fueron exacerbados, la entrega, el carisma, de Álvarez fue suficiente para provocar el delirio del público que suplicó «bis» durante más de cinco minutos, aunque esto no se produjera.

   La otra gran triunfadora de la noche fue Ruth Iniesta, soprano aragonesa que está haciendo una carrera más que admirable, cantando prácticamente todos los grandes roles de su repertorio en Italia. Perjudicada en gran parte por la puesta de escena, ya que su voz no se proyectaba lo suficiente cuando estaba en lo alto de su «buhardilla», y por los tempi y sonido de la orquesta que la cubrió no en pocos momentos, en «Caro nome» nos brindó un canto sensible, limpio y fácil en los trinos, concluyendo con un filado de gran factura, aunque su mejor momento de la noche fue en «Tutte le feste al tempio», donde consiguió crear un aurea única con Álvarez mostrando toda la sensibilidad del personaje. En el debe, sus sobreagudos, que a menudo suenan un poco tirantes, porque la emisión tiende a aumentar en el agudo atacando en forte al sobreagudo, resultando no siempre del todo satisfactorios.


   El tenor rumano Stefan Pop, encarnó al vacuo y libertino Duca di Mantova. Rol de tesitura spinosisima, en el que Pop no acaba de sentirse cómodo. Trata de buscar durante toda la función el balance entre la ligereza y firmeza del personaje, pero termina sin encontrarlas. Tiene un material muy interesante en el centro, que se vuelve tirante en el agudo, debido en parte a un pasaje no del todo bien resuelto, que se vuelve evidente en la difícil parte «Parmi veder le lacrime». Sin embargo resolvió muy bien la archiconocida «La donna è mobile», así como el maravilloso cuarteto «Bella figlia dell’amore».

   Un lujo supuso el Sparafucile de Gianluca Buratto en todos los sentidos. Fantástico desde su primera aparición en el duetto con Rigoletto del primer acto, que supuso la primera ovación del público turinés. De voz redonda, timbradísima y gran musicalidad supuso un valor añadido a la representación. Correcta la Maddalena de Carmen Topciu, así como la Giovanna de la mezzosoprano Carlota Vichi y Alessio Verna como il conte di Monterone.

   Otra de las grandes expectaciones de este Rigoletto era la primera regía de ópera del cineasta italoamericano John Turturro. Su propuesta nos ha parecido interesante, sin excesos, respetuoso siempre con la historia, y con las voces, exceptuando algún momento puntual, y que crea un equilibrio entre la tradición y la modernidad. Su visión de Rigoletto es gótica, inmerso en la bruma, quizás demasiado negro y tenebroso en comparación con la historia de Victor Hugo. Combina algunas ideas que no proporcionan nada a la historia, con otras que sin embargo son teatralmente efectivas. Cambió el color del vestido de Gilda del blanco impoluto al rojo, revelando su pérdida de pureza, así como una escena final original y emotiva, ya que el saco no revela el cuerpo de Gilda, sino un pañuelo rojo simbolizando la sangre que le provocará la inminente muerte. Gilda se presenta en escena con un paso lento, casi  un fantasma en deferencia al proceso de transfiguración hacia el cual la música la empuja.

   La dirección de Renato Palumbo ha sido del todo inapropiada, plúmbea, pesante, con tempi lentísimos y acelerados al mismo tiempo. Con un sonido excesivamente metálico y con una falta total de sfumature y sonido verdiano, tendiendo siempre al forte y perjudicando no en pocas ocasiones a las voces. Por suerte mejoró en el último acto, permitiéndonos disfrutar de un gran momento de la orquesta en el maravilloso cuarteto. Notable el Coro en cada una de sus interpretaciones, con gran desempeño actoral y vocal. 

   En conclusión una disfrutable función de Rigoletto que, sin ser extraordinaria, hizo disfrutar y mucho al público, en gran parte por la indiscutible profesionalidad del malagueño Carlos Alvarez y su inmortal Rigoletto. Desde luego su encarnación del personaje si pasará a la historia, o al menos debería.

Foto: ANSA

Autor:Inés Tartiere
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