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Crítica: «Rusalka» de Dvorak en el Teatro Real de Madrid

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16 de noviembre de 2020

El Teatro Real en la senda de la verdadera normalidad

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 14-XI-2020, Teatro Real. Rusalka (Antonín Dvorák). Asmik Grigorian (Rusalka), Eric Cutler (El príncipe), Karita Mattila (La princesa extranjera), Katarina Dalayman (Jezibaba), Maxim Kuzmin-Karavaev (Vodnik), Sebastià Peris (El Cazador), Manel Esteve (El guardabosques), Juliette Mars (El pinche de cocina), Julietta Aleksanyan (Primera ninfa), Rachel Kelly (Segunda ninfa), Alyona Abramova (tercera ninfa). Coro y Orquesta titulares del Teatro Real. Dirección musical: Ivor Bolton. Dirección de escena: Christof Loy.

   El Teatro Real de Madrid continúa siendo pionero en el camino del regreso a la normalidad en esta segunda oleada de la pandemia del Covid 19. Si en el mes de julio fue el primer teatro de los importantes en ofrecer una ópera, La Traviata, en una versión concierto con algunos elementos de escenificación, con esta Rusalka el coliseo de la Plaza de Oriente aborda ya una producción prácticamente como las de siempre y con un foso que se acerca al de toda la vida, si exceptuamos las pantallas que protegen el podio del director de orquesta, las mascarillas que portan los músicos, a excepción de los de viento, lógicamente, y la situación apartada del arpa, instrumento fundamental en la orquestación de Dvoràk, enclavada en una especie de plataforma en la parte izquierda del escenario desde la que Mickäele Granados completó una buena actuación. La puesta en escena ya nos recuerda la «normalidad de verdad» pues ya no hay distancias, vemos abrazos, besos, incluso el ballet del segundo acto se ha convertido en toda una orgía... y todo ello mientras la mayoría de los teatros europeos están totalmente cerrados. No se puede negar la audacia de Joan Matabosch -ya dejó claro en la rueda de prensa de presentación de la temporada 2020-2021 que cancelar no se contemplaba- y hay que valorar el buen hacer de todo el equipo del Teatro Real, así como la responsabilidad particular de todos los artistas y todo ello ante las miradas perplejas de los grandes teatros europeos.


   Rusalka es, prácticamente, la única de las 11 composiciones para el teatro de Antonín Dvorák (1841-1904) que se ha hecho con cierto hueco en el repertorio. La inspiración de las melodías, la rica orquestación con elementos impresionistas junto a pasajes de clara influencia Wagneriana, sin dejar de lado aires del folklore checo, así como el tono fabulesco, de cuento de hadas, y el fuerte latido tardorromántico han posibilitado que la obra se mantenga, mal que bien –de hecho en el Real llevaba sin presentarse desde 1924-, en el repertorio de los teatros. Sin embargo,ese elemento mágico de cuento de hadas, feérico, así como el romanticismo que se consagra fundamentalmente en el sublime dúo final son aspectos que suelen causar sarpullidos a la mayoría de los directores de escena punteros actuales, por lo que se ha convertido en algo casi imposible poder ver esta ópera tal y como la concibieron sus autores.  

  Rusalka, ondina, nereida, ninfa, sirena de las aguas, vive en su medio acuático con sus hermanas y bajo la égida del Vodnik, duende de las aguas, Rey de dicho medio, especie de padre iracundo –odia al ser humano- y un tanto despótico de todas ellas. Rusalka, desilusionada, anhela tener una vida humana y sobre todo, ansía el amor, amar y ser amada por ese príncipe que caza en las inmediaciones del lago. Tanto el Vodnik como Jezibaba, cuyo conjuro le permitirá ser humana la desean la mayor de las desgracias. Y así será.

   La puesta en escena de Christof Loy nos hurta el lago, el elemento acuático, el cuento de hadas, cuya magia es fundamental en la ópera y tan reflejada está en la música. En su lugar, nos muestra los interiores de un viejo teatro, pues se nos dice que los sueños e ilusiones que evocan las ninfas o nereidas se simbolizan en el mundo del teatro. En fin. Las ninfas son bailarinas de ballet, Rusalka, por su parte está lisiada, lo que debe simbolizar su descontento. La Naturaleza, que es esencial en la ópera, está presente mediante una especie de roca. El conjuro librará a la protagonista de su lesión, pero Rusalka quedará muda y verá como sus sueños, su ingenuidad, se ven frustrados en el mundo de los humanos e incluso tendrá que presenciar cómo el príncipe se arroja, en su propia cara, en brazos de la princesa extranjera. El ballet del acto segundo se convierte en una orgía, pues el mensaje es que el amor puro de Rusalka se ve arrumbado por la superficialidad del sexo fácil que preside el género humano y en el que cae el propio príncipe seducido por los encantos de la princesa extranjera. En el último acto el montaje parece que no da para más, no supera el cierto estatismo de la trama y, lo que es más desilusionante, no estra en harina en la fuerte carga tardorromántica, fundamental en la obra, pues el amor de Rusalka y el príncipe sólo podrá cristalizar con la muerte, en otra dimensión, en el más allá, Es decir, igual que la pasión de Edgardo y Lucia, Tristán e Isolda, Aida y Radamés… En resumen, la puesta en escena de Loy nos priva del elemento mágico del bosque, el lago y sus criaturas y ni entra en el aspecto romántico, del amor que sólo cristaliza con la muerte y ¿qué nos ofrece a cambio? Muy poco, más allá de un movimiento escénico solvente y elaborado, así como una correcta factura. Más ruido que nueces, más vacuidad que verdaderas ideas y más superficialidad que hondura presiden el montaje.


   Lo mejor que puede decirse de la dirección musical de Ivor Bolton es que se aprecia un trabajo con la orquesta, que sonó aceptablemente, pero sin librarse de cierto exceso de decibelios en algunos momentos y sin rastro del refinamiento tímbrico y los colores de la orquestación de Dvoràk. La claridad expositiva del director británico no fue acompañada de verdadero vuelo, inspiración, calor, efusión, latido romántico, sentido del pathos y, en definitiva, pasión y emoción. Bien el coro femenino en el último acto, pero no le ayudó la amplificación.

   Notable resultó el trabajo vocal y escénico de la soprano Asmik Grigorian, cantante de estirpe; sin ir más lejos, su padre Gegam Grigoriam encarnó a Manrico en el Real hace dos décadas y a su madre Irena Milkeviciute le ví cantar Norma en el Teatro Calderón. Grigorian debe andar en puntas, como una avezada bailarina de ballet, algo nada fácil, y su compromiso y entrega interpretativa fueron impecables. En lo vocal, faltó magia a la maravillosa invocación a la luna del primer acto, cierto que no le ayudó la batuta, pero también es verdad, que la soprano se mostró un tanto reservona. En el acto tercero, Grigorian liberó totalmente su atractivo timbre de soprano lírica con rutilantes agudos, un punto débil la franja grave, bien es verdad y mostró un fraseo cuidado, pero falto de mayores sutilezas y matices dinámicos. De todos modos, su gran aria de este último acto y el dúo final fueron sus mejores momentos vocales de la noche. La desgracia en forma de accidente en los ensayos provocó, que esa lesión irreal que el montaje atribuye a Rusalka y que desaparece al convertirse en humana, resultara totalmente verdadera respecto al tenor americano Eric Cutler, que se vió obligado a cantar su parte con muletas y sirviéndose de distintos apoyos en los elementos escénicos. Ante todo, corresponde valorar el mérito de todo ello, por encima de un timbre de escaso interés (que no logra pasar la orquesta en muchos pasajes) y un fraseo ayuno tanto de variedad como de efusión, de lirismo envolvente y de acentos apasionados.

   Material de cierto fuste-tampoco exageradamente rotundo- el del bajo Maxim Kuzmin-Karavaev como Vodnik, aunque su canto fue de una exasperante monotonía. Dos veteranas, que acusan importante desgaste vocal, Katarina Dalayman y Karita Mattila afrontaron los personajes de la bruja Jezibaba –en este montaje una vieja y zafia taquillera- y la princesa extranjera. Mientras Dalayman no logró hacer remontar su interpretación mediante el elemento escénico, la Mattila, en su regreso el Teatro Real después de protagonizar la memorable Katia Kabanova de Janacek del año 2008, una de las mejores producciones vistas en el teatro desde su apertura, sí aprovechó en mayor medida su personalidad interpretativa como la princesa extranjera, que utiliza sus encantos y enorme poder erótico para robarle el príncipe en su cara a una atónita Rusalka privada del habla. Si exceptuamos alguna nota destemplada, buen trío de ninfas el compuesto por Julietta Aleksanyan, Rachel Kelly y Alyona Abramova. Muy seguro en lo vocal y profesional en lo escénico el barcelonés Manel Esteve como Guardabosques, que formó buena pareja con la pinche de Juliette Mars. Igualmente cumplidor el barítono valenciano Sebastiá Peris como cazador y a valorar, cómo no, tanto en su caso como en el de Esteve el mérito de cantar en un idioma de prosodia tan complicada para un español como el checo.

Fotos: Monika Rittershaus / Teatro Real

Autor:Raúl Chamorro Mena
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