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[C]rítica: Tafelmusik Baroque Orchestra ofrece un espectáculo músico-teatral en Toronto

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20 de enero de 2019

Por Giuliana Dal Piaz
Toronto. 17-I-2019. Trinity-St. Paul’s Centre. The Harlequin Salon. Concepción y creación: Marco Cera. Dirección musical y primer violín: Elisa Citterio. Dirección teatral: Guillaume Bernardi. Diseño del vestuario: Ivars Taurins. Realización del vestuario: Franca Simone. Artistas invitados: Roberta Invernizzi, soprano. Dino Gonçalves, actor. Tafelmusik Baroque Orchestra.

   Para la Tafelmusik Baroque Orchestra, el año empieza con un espectáculo multimedia, The Harlequin Salon, análogo a otros proyectos ideados por la contrabajista Alison Mckay, desde The Galileo Project hasta Tales of Two Cities: the Leipzig-Damascus Coffee Houses.

   En esta ocasión, el programa está dedicado a un específico período musical del barroco italiano, enfocándose en el pintor y empresario Pier Leone Ghezzi (1674-1755). Roma no era solo la capital del estado temporal de la Iglesia, sino la capital del mundo católico; en el siglo XVIII, a diferencia de lo que ocurría en las demás cortes italianas o europeas, no esistía allí un teatro de ópera o un teatro nacional. En las iglesias se tocaba sólo música sacra y un edicto de Papa Inocencio XI (1679) había prohibido a las mujeres cantar en las iglesias y los lugares públicos de todo el Estado Pontificio. Las partes sopraniles eran por lo tanto confiadas a los castrados, una auténtica potencia musical en la Italia central. La música profana se presentaba en los palacios de varias familias aristocráticas romanas, desde los Rúspoli, a los Colonna, los Chigi o los Borghese, durante frecuentes veladas musicales.

   Ghezzi también, pintor exitoso y económicamente holgado, apasionado de música, organizaba cada semana en su propio palacete un concierto privado, que apodaba Academia Musical, aprovechando la presencia en Roma de artistas de renombre. Tomaban parte en sus veladas compositores, instrumentistas, cantantes famosos, quienes –como escribe Marco Cera en su presentación del evento– «esperaban impresionar a los asistentes con nuevas composiciones o con sus propias capacidades musicales. Sin embargo, todo lo que recibían a cambio, era frecuentemente un nuevo invento italiano, una ‘caricatura’, arte de la cual Ghezzi era el primer, auténtico profesional». Durante el concierto, Marco Cera –oboista, a su vez, de plantilla del conjunto canadiense–, dibujante talentoso que encarna a Ghezzi, traza sobre un retroproyector escondido una copia de la caricatura que en su momento dibujara Ghezzi mismo; cuando termina, en la pantalla sobresaliente el escenario, su dibujo va desapareciendo, para dejar en su lugar la imagen del original, con la firma y las notas, a menudo irreverentes, del pintor romano.

   Para recrear la atmósfera de una de las Academias de Ghezzi, el escenario se transforma en un ambiente de época: durante la primera parte del concierto, sobresale a la izquierda el escritorio del pintor, con algunas plumas de ganso y un tintero (que Cera pretende estar utilizando), a la derecha un sillón antiguo y en el centro un atril «barroco». Durante la segunda parte del concierto, a la derecha del escenario está dispuesta, para la cena con los huéspedes importantes, una mesa redonda con adornos y accesorios de época. Omnipresente en escena, como Arlequín con su vestido multicolor y su máscara tradicional, se ve y se escucha al anónimo sirviente de Ghezzi, en calidad de narrador de la velada.

   La reconstrucción histórica incluye el vestuario que aparece en las caricaturas: ha participado en esta producción en un papel inédito Ivars Taurins –director del Coro de Cámara de Tafelmusik Baroque Orchestra y a menudo de la orquesta misma–, quien se descubre proyectista-vestuarista exitoso (el vestuario ha sido materialmente realizado por la excelente Franca Simone). He aquí entonces que los protagonistas de la velada, el oboista Marco Cera como Pier Leone Ghezzi, y la violinista Elisa Citterio como Antonio Vivaldi, llevan un banyan, especie de caftán de origen oriental, muy usado en la intimidad por artistas e intelectuales del siglo 18; el chelista Felix Deak como Giovanni Bononcini, y la extraordinaria soprano Roberta Invernizzi, primero como Faustina Bordoni con su robe volante, y después como el famoso y sofisticado castrado Carlo Broschi «Farinelli», llevan la ropa inmortalizada por las caricaturas, o por óleos de época. Es el caso de Invernizzi/Farinelli, que lleva el vestido eternizado en el retrato por Jacopo Amigoni, con la estrella de la Orden de Calatrava otorgada al cantante por el rey Felipe V de España.

   ¿Qué música anima esta Academia? Entre las piezas que seguramente están relacionadas con los tiempos y la vida de Ghezzi, abre el concierto la ouverture de L’oracolo del Fato, de Francesco Gasparini, maestro, entre otros, de Benedetto Marcello y Domenico Scarlatti, quien dirigía en Roma, alrededor de 1720, la Capilla de San Giovanni in Laterano, y que Ghezzi conoció durante una velada musical en casa del Cardinal Polignac. Siguen dos piezas por Antonio Vivaldi, la compleja y virtuosista Sonata en Do Menor para violín y bajo contínuo, RV 6, posiblemente presentada en Roma al Cardenal Ottoboni, pieza que Elisa Citterio interpreta de manera extraordinaria, y la Sonata en Sol Mayor para 2 violines, RV 71, en la que Geneviève Gilardeau acompaña a Citterio, interpretando –por cierto, ¡no como lo haría una aprendiz!– a una de las alumnas de Vivaldi en el Ospedale della Pietà de Venecia. «La caricatura que Ghezzi dibuja de Antonio Vivaldi es –escribe Cera– la más importante, auténtica y realista imagen del compositor veneciano. En ella vemos su gran nariz ganchuda (Gasparini le pone a Vivaldi el apodo de 'la Nariz' en una carta al amigo Pier Francesco Tosi), la barba partida, la frente inclinada, la boca en forma de corazón y la flameante cabellera sin peluca». Y abajo la nota: «El Cura rojo, compositor de música que ha escrito la ópera [en cartelera] en el Capránica en 1723».

   Venía de Venecia también la más importante soprano de la época, Faustina Bordoni, invitada a Roma por el Príncipe Colonna para que se exhibiera en varias academias musicales, y ésa era, para el público romano, la única oportunidad para escuchar a cantantes profesionales, en vez de los omnipresentes castrados, en los roles femeninos. Bordoni había estudiado con Gasparini y Marcello; a los 24 años ya era la reina de la ópera en Nápoles y para ella habían escrito compositores como Vinci y Pórpora. Sigue entonces el aria «Son prigioniera d’amore» [Soy cautiva de amor], de la ópera Poro de Nicola Porpora, y luego, reaccionando con espíritu a las propuestas amorosas de Arlequín, el aria «Non ti minaccio sdegno» [No te amenazo con mi disgusto], del Catone in Utica de Leonardo Vinci. A su gusto como Bordoni, Roberta Invernizzi despliega la espléndida voz cristalina y dúctil que la ha hecho famosa en el mundo entero como cantante de música barroca.

   La segunda parte del concierto empieza con la ouverture a la Parténope de Leonardo Vinci. El comentario a la caricatura, que Ghezzi dibuja de Vinci, dice: «Signor Vinci desde Nápoles: muerto en 1730, pudo recibir sepultura solo gracias a la generosidad de la hermana de Su Eminencia Ruffo, ya que sólo poseía tres monedas. Era un buen músico que componía con espíritu, pero era un hombre que apostaría hasta sus propios ojos».

   Los comentarios de Ghezzi podían incluso ser bastante sobrios, como en el caso de Giovanni Bononcini: «Signor Giovanni Bononcini, famoso tañedor de chelo y compositor de música». Lo representa vestido con elegancia, una peluca a la moda, espada y tricornio bajo el brazo. Es suya la Sonata primera para chelo y contínuo que el conjunto de cámara ejecuta con pericia. Vuelve Pórpora con el aria «Alto Giove» [Alto Júpiter], de la ópera Polifemo, interpretada por la soprano en calidad de Farinelli, así como el aria «Qual guerriero in campo armato» [Como guerrero en campo armado] de la Idaspe de Riccardo Broschi (el hermano compositor de Farinelli). La velada termina con el aria «Lieto così talvolta» [Así contento a veces], extraída de Adriano in Siria de Giovanni Battista Pergolesi, hermosa aria para soprano con «oboe obbligato», y con la ouverture de la misma ópera. En sus Memorias, Ghezzi escribe: «En Mayo de 1734, Pergolesi vino a Roma desde Nápoles para supervisar la puesta en escena de la ópera que le había encargado el Duque de Matalona. ¡La música era llena de espíritu y extraordinariamente vivaz!»

   Era considerable la fuerza vocal que requerían, mucho más que las arias escritas para cantantes mujeres, las compuestas para los castrados: era notorio, en efecto, que con la mayor amplitud de sus pulmones y su mayor mole, podían sostener notas más largas y coloraturas más complejas. Resulta por lo tanto increíble la manera de la que Roberta Invernizzi logra interpretar, sin esfuerzo aparente, ambos tipos de partituras: su voz, perfecta por timbre y tonalidad, límpida como agua de fuente, alcanza las notas más altas sin nunca perder suavidad, fuerza y dulzura. El aria de Pergolesi ha sido un duo soberbio entre el oboe y la voz femenina modulando «Lieto così talvolta/fra lacci ancor s’ascolta/cantar quell’usignolo...» [Así contento a veces/en la jaula aún se escucha/cantar el ruiseñor...], oareciendo escuchar realmente el trino del ruiseñor sobre las notas persuasivas del oboe.

   Es una lástima que el público canadiense no tenga frecuentemente la ocasión de escuchar a sopranos como Roberta, voces privilegiadas y maduras que representan un auténtico gozo para el oído. A las grandes virtudes de su voz, Invernizzi añade además –¡y no es poco decir!– una notable capacidad de actuación e ironía que la hace la auténtica protagonista del espectáculo, soportada por la impecable prestación musical del grupo de cámara de Tafelmusik.

   Confeso haber esperado una reacción de mayor entusiasmo de parte del público, siempre dispuesto a regalar con ovaciones las voces apenas algo conocidas: esta vez no ha mostrado, a Roberta Invernizzi y al espectáculo, la exaltada apreciación que he presenciado en ocasiones mucho menos merecedoras. ¿Ha parecido el concierto demasiado sofisticado? ¿Ha resultado el hecho de seguir el movimiento de la pluma de ganso en la pantalla, una distracción para la escucha? ¿No ha hecho del todo mella la narrativa de Arlequín, en un inglés con un acento italiano intencionalmente muy marcado (el actor Dino Gonçalves es excelente en el papel de la máscara de Bérgamo, pero no es siempre fácil comprender sus palabras y bromas mordaces...)?

   Por honestidad añado que la participación mayor –en todos los aspectos– del público, se realiza entre el viernes y el domingo, cuando la Sala Jeanne Lamon Hall registra el «todo agotado...».

Fotografía: Jeff Higgins.

Autor:Giuliana Dal Piaz
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